«En la vida terminamos siendo los libros que leemos y los amigos de los que nos rodeamos», decía Ikram Antaki (1947 – 2000).

De ser cierto, hay libros que no podemos dejar de leer y cuanto antes mejor; uno de ellos es El manual del ciudadano contemporáneo, de esta autora siria, quien adoptó la ciudadanía mexicana y residió aquí hasta su muerte por una razón que no podrás creer: en 1975, según sus propias palabras, se propuso viajar «hasta el fin del mundo». Abrió un compás y colocó uno de los extremos en su ciudad natal y la otra en el punto más alejado posible, el cual resultó ser México.

Nacida en la ciudad de Damasco, Ikram fue nieta del último gobernador turco de Antioquía, quien tuvo el valor de salvar a miles de armenios durante el genocidio en Turquía, que ahora, a cien años de distancia, ha vuelto a levantar ámpula.

Siendo portadora de un apellido cuyo linaje se extiende hasta el siglo XI de nuestra era, a los ocho años, Ikram tenía un cuaderno donde anotaba todos los títulos de los libros que pensaba escribir cuando fuera mayor. Sin duda, le valió nacer en el seno de una familia amante de los libros y el conocimiento. Durante su juventud viajó a Francia para estudiar literatura comparada, antropología social y etnología del mundo árabe.

Sus opiniones solían ser poco ortodoxas. Hay que tener valor para opinar algo tan “políticamente incorrecto” como que la generación de jóvenes que participó en el movimiento estudiantil de 1968 había sido la más pobre intelectualmente en el México del siglo XX. Afirmaba también que la democracia no tenía lugar en la familia ni en la escuela y que los plebiscitos eran un invento del fascismo.

Entre los veintinueve libros en español, francés y árabe escritos por Ikram Antaki, quien que no se consideraba escritora, sino maestra, se encuentra El manual del ciudadano contemporáneo. Si al menos la tercera parte de los mexicanos leyéramos esta obra, nuestro país podría realizar un viraje hacia un mejor destino.

“Un día nos volvimos por fin un país ideal: instalamos la razón en lugar del delirio y el derecho en lugar del abuso, entendimos el papel unificador, dignificador, del estado; protegimos la república, que es la madre, para poder amar la democracia, que es la hija; domamos las pasiones políticas y definimos y vivimos los valores comunes.

Los maestros volvieron a ser los arquitectos, los húsares del país; el último mentiroso emigró a la Cochinchina y el último ladrón fue encerrado en el reclusorio.

Dimos lugar y respeto al trabajo y entendimos que el conformismo puede disfrazarse de revolución. Despreciamos el recurso de la violencia. Los medios de comunicación prefirieron ser antipoder, a ser un nuevo poder abusivo. Un día nos pusimos a construir una civilización original y tolerante, y dejamos de utilizar como bandera deshecha aquella que otros, en el pasado, hicieron…»

 – El manual del  ciudadano contemporáneo,  Ikram Antaki.