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Visita del papa Francisco a Cuba: cómo fue crecer en un estado oficialmente ateo

Solo cuando salí de Cuba y viví mi primera Semana Santa entendí cuán alejada había estado mi vida de la religión. Crecer en un país ateo me hizo tener una realidad muy distinta a la mayoría de los países de América Latina.

 

Recuerdo que una amiga, bajo el sol primaveral de Londres, me explicó que en la Pascua se celebraba la resurrección de Cristo.

 

Puede parecer insólito, pero yo no tenía ni idea.

 

Para los que crecimos en Cuba en los 80 la religión era prácticamente inexistente. En la escuela jurábamos lealtad al comunismo y nuestro «rezo» diario era ser como el Che.

 

No recuerdo que en ninguna clase de historia ni de cultura general nos hablaran de religión.

 

De hecho, una de las frases más repetidas en esa época era de Carlos Marx: «La religión es el opio de los pueblos».

 

Años después, en la universidad, cuando los profesores de filosofía hacían referencias al Catolicismo o el Islam, los alumnos aparentábamos saber, apenados de admitir las lagunas en el tema. Para mí era más fácil entender «la concepción científica materialista del universo». La Constitución cubana había declarado con esas palabras el carácter ateo de la isla en 1976.

 

Tiempos difíciles

 

Así que mientras crecí, ni en mi casa, ni en la escuela, ni en la TV se habló de religión.

 

Y si te estás preguntando qué pasaba en Navidad, te cuento: cena familiar la noche del 24 y fiesta esperando el 1 de enero, aniversario de la Revolución. Ninguna mención a Cristo y cero árbol de Navidad.

 

Claro que no todas las familias cubanas eran así.

 

Muchos religiosos tuvieron que esconder sus creencias si no querían perder sus puestos de trabajo o ser expulsados de la universidad. Otros la pasaron muy mal, aunque de eso no se hablaba.

 

Mis dos abuelas, por ejemplo, nunca más volvieron a la iglesia. Antes de la revolución, ambas iban a misa los domingos.

 

Pero las dos se escondían en el pecho sus medallitas de santos: mi abuela materna la Caridad del Cobre, la patrona de Cuba, y la paterna, de San Judas Tadeo, porque según ella concedía milagros.

 

Incluso recuerdo que los niños de mi barrio solíamos jugar a buscar fantasmas en la iglesia, porque el mito era que estaba embrujada.

 

Volver a la Iglesia

 

Cuando cayó el muro de Berlín, algunos de esos vientos de cambio se sintieron en Cuba.

 

Recuerdo cómo a principios de los 90, el Partido Comunista admitió como miembro al primer católico. ¡Aquello fue un acontecimiento!

 

Durante los años duros de crisis económica conocidos como periodo especial, mi abuela volvió a la iglesia. De cada visita regresaba con latas de carne, de atún y medicinas.

 

Recuerdo que cada domingo las colas en la iglesia del barrio – que ya no parecía estar tan embrujada- eran de varias cuadras. Y mis padres empezaron a llevarme a la Misa del Gallo el 24 de diciembre.

 

El papel de las iglesias fue muy importante en aquellos momentos.

 

En 1992 Cuba modificó su Constitución y dejó el ateísmo como política oficial para convertirse en un Estado secular. Y en diciembre empezaron a aparecer árboles de Navidad en las tiendas estatales.

 

Que Cuba se abra al mundo

 

Lo que nunca imaginé pasó en 1998. Un papa hablando de fe en la Plaza de la Revolución.

 

Juan Pablo II hizo varias cosas inéditas: pidió que Cuba se abriera al mundo, nos permitió escuchar por primera vez a clérigos críticos de la realidad cubana en misas que fueron trasmitidas por TV, y nos devolvió la Navidad.

 

A partir de ese año volvió a ser un día feriado.

 

Ahora Cuba es un país con libertad religiosa y la iglesia Católica ha sido protagonista de los cambios más recientes.

 

Las iglesias cristianas se multiplican, y los que creen en las religiones afrocubanas y otras como el Islam lo practican abiertamente.

 

El país ha pasado del silencio religioso a la aceptación nacional, hasta el punto de reciclar viejas consignas políticas ahora con mensajes de apoyo al cristianismo para recibir al papa Francisco.

 

Sin dudas un cabio radical impensable en mis años de ateísmo militante.

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