Croisset decía que “la lectura es el viaje de los que no toman el tren”, y Dickinson, que “el libro es la mejor nave para viajar lejos”.

La experiencia de leer se equipara con la del viaje: el más personal, cómodo, inmediato, económico y fantástico de todos.

Sin embargo, son diferentes las vivencias, las circunstancias, las emociones y los destinos, que pueden ser reales o –en el caso de la lectura– imaginarios.

Para viajar hay que trasladarse y para leer no.

A través de la lectura, viajamos a lugares lejanos o exóticos, como la Vetusta de Clarín, el Misent de Chirbes, la Tierra Media de Tolkien, el colegio Hogwarts de Rowling, el Macondo de García Márquez, el Londres de Dickens, el Tokio de Murakami, aunque también puede ser el cercano e íntimo Comala de Rulfo.

Viajar y leer son experiencias que pueden complementarse para tener mayor conocimiento de un destino.

En el caso de México, con su fascinante realidad cotidiana, han sido muchos los talentos que lo han descrito.

No hay género literario o periodístico que no se haya ocupado de nuestro país. La realidad mexicana pasada, presente y futura, ha sido causa de textos de ensayo, novela, teatro, cuento, etc.

Desde el reportaje hasta la enciclopedia, México es la razón de textos memorables que son motivo para leer con gusto y provecho, y nos ayudan a entender mejor nuestra circunstancia.

Son muchos los intelectuales, escritores e investigadores extranjeros que se han ocupado de México, pero son menos que los mexicanos.

Son muy buenas posibilidades los textos mexicanos: La visión de los vencidos de Miguel León Portilla, El laberinto de la soledad de Octavio Paz, El llano en llamas de Juan Rulfo, Instrucciones para vivir en México de Jorge ibargüengoitia, Noticias del Imperio de Fernando del Paso, Los de abajo de Mariano Azuela, La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes, La presidencia imperial de Enrique Krauze y Días de guardar de Carlos Monsiváis, entre muchos más.

AHOGAMIENTO SECUNDARIO

Si un niño cae al agua, aunque sea rescatado de inmediato… ¡no bajen la guardia!

Entre 15 minutos y 72 horas después existe riesgo de ahogamiento secundario, una lesión pulmonar similar a la del ahogamiento que puede ser mortal si no se trata a tiempo. Dicha lesión se puede producir cuando el pequeño queda inconsciente bajo el agua, y aunque se reanime y expulse la mayoría del líquido que traga, “algo queda y permanece” dando lugar al posterior problema respiratorio.

SÍNTOMAS

La mejor forma de prevenir un ahogamiento secundario es estar muy alerta a las señales que se presenten.

Tras el susto, los padres deben permanecer tranquilos, pero es imprescindible observar al menor y ante el más mínimo síntoma, trasladarlo a un centro médico para que sea examinado.

Los síntomas más frecuentes son: dificultad para respirar, tos intensa e intermitente, cansancio y decaimiento inu- sual, vómito, piel fría y pálida, y comportamientos extraños, como dificultad para hablar o pérdida de memoria.

CÓMO PREVENIR.

Se aconseja extremar precauciones:

  • Asegurarse de que la alberca cuenta con medidas de seguridad para que los pequeños no puedan acceder con libertad. Lo más conveniente es el cercado perimetral de al menos 1,2 metros de altura, que no sea posible escalar.
  • Observar a los niños en todo momento cuando estén en el agua o cerca de ella. El ahogamiento puede producirse en tan solo unos minutos y un bebé puede ahogarse en 30 centímetros de profundidad.
  • Recordar que los padres son los responsables de vigilar al pequeño. No dejar esta labor a nadie más.
  • Respetar las señales de las banderas en la playa y extremar precauciones con los menores.

Se considera que el ahogamiento secundario es la segunda causa más frecuente de muerte accidental en niños, tras los accidentes automovilísticos.

Entre el 40 y el 50% de los casos se trata de niños de meses a 4 años, siendo más común en niños de 1 y 2 años de edad.