¿Qué hace tan especial a Marrakech que cada día recibe miles de visitantes y que Yves Saint Laurent eligió como lugar para vivir?

A primera vista supondría sus palacios. Decorados con finas maderas del África, mármoles de tonalidades brillantes, pinturas exquisitas, terminados detallados, jardines interiores con árboles frondosos, tomas de agua y fuentes sencillas, hacen que su arquitectura llamen la atención.

O quizás son sus mezquitas. Las hay de siglos pasados. Las hay austeras, modernas. Siempre cerca. Siempre llamando a la oración. Todas cumpliendo un objetivo, albergar la casa del Islam.

¿Será su gente? Amable, risueña, su piel pintada de colores como los colores del olivo. Ataviados con ropa llamativa, con turbantes, con bordados. De su boca salen palabras y sonidos que no se entienden, se confunden, pero sus sonrisas los suavizan. El árabe, a veces, se sustituye con sonidos guturales, más dulces, más entonados. El francés también se habla.

La comida podría ser. La combinación de sus frutos: dátiles, chabacanos, cacahuate. De sus especies. De sus olivos. De sus semillas. De sus pescados. De su cordero. Se sirven en “tajines”, platos redondos cuya tapa es un cono alegrado artesanalmente, hacen de cada platillo un deleite al paladar.

A lo mejor son sus callejones. Estrechos, curvilíneos. Ruidosos por el timbre de las motos que los circulan, de los burros con su carga, de las carretas jaladas por hombres delgados y fuertes, de la gente que la camina, del comerciante que grita, de la mujer que compra.

¿Y si fuera el color terracota de la ciudad entera? ¿El verde de sus olivos? ¿El alto de sus palmeras, la variedad de sus flores, la fruta que cuelga, sus jardines bien cuidados, el cantar de los pájaros?

O sus cafés abarrotados de hombres en camisa saboreando un té verde endulzado o un cafecito cortado, sentados ordenadamente en líneas verticales para ver así a la gente que transita, que saluda.

Seguro es, la Plaza de la Medina. Metros cubiertos por mercancía a la venta, puestos de comida, de jugos y frutos. Del encantador de serpientes. De la mujer que predice la buena ventura. Del tinte de henna. Del changuito que saluda. Del tambor que produce una música pegajosa. Del que baila. Del que llega.

Hoteles magníficos. Lujosos; grandes, pequeños albergan al viajero, lo cubren con atenciones, lo halagan con servicio, lo cuidan con profesionalismo.

Marrakech es cosmopolita. Es una ciudad de Marruecos. Un lugar del continente olvidado. Un lugar del África que merece la pena visitar y por qué no, hasta saborear.

Marilú Ricalde.

Compartir