En tiempos como éstos, en los que hasta la lengua es rehén del interés político, es oportuno recordar que las reglas no son un mero artificio que deba modificarse a capricho. Conocer su razón de ser ayuda a no caer en la infructuosa tentación de pretender quedar bien con ‘todos y todas’.

El idioma español describe el género como una propiedad o cualidad, primordialmente de los sustantivos, por la que unos son masculinos y otros femeninos.  El tercer género que usamos, el neutro, no es para los sustantivos ni adjetivos, sino para los demostrativos, el artículo, el pronombre personal de tercera persona y algunos otros pronombres.

El habla y la escritura, a su vez, son servidoras, instrumentales, medios para alcanzar un fin: la comunicación, y también es acuerdo, uso social, lo que conlleva diferencias entre los pueblos a la hora de calificar lo bien o malsonante.

  • ¿Quién entabla la comunicación? Los comunicantes: emisor y receptor, con un código común, el mismo lenguaje.
  •  ¿Quiénes son los comunicantes? Los individuos, las personas en su calidad de tales, nunca una autoridad o cargo. Por ello, las respectivas Academias fijan el habla para entendernos mejor y de forma correcta, pero no promueven cambios en los comportamientos ni pueden obligar a ellos y, por eso, sus normas no son jurídicas.

Para la efectividad de la comunicación, de nada sirve ahondar en la noche de los tiempos indoeuropeos y luego griegos y latinos en busca del origen de la distinción de géneros. Para nosotros, ‘coche’ es masculino y ‘pimienta’ femenino, mientras que para los franceses es justo al revés. La historia ha decantado los géneros en las lenguas que los tienen y así han quedado.

Los niveles de discriminación que la mujer soporta en tantas sociedades no son efecto de ninguna gramática.

El uso generalizado de los masculinos para referirnos a personas de ambos sexos no es un lenguaje sexista, sino que está fijado y mantenido por el principio de economía. Cuando, por ejemplo, en español decimos ‘todos debemos ser más amables con los ancianos’, ¿a quién se le ocurre pensar que, de esa instrucción, quedan excluidas las mujeres?, ¿alguien necesita leer ‘todos y todas’, ‘ancianos y ancianas’, para entender lo que se ha querido decir?

El contexto –entendido como todas las características que rodean, conforman y complementan al texto– en el que se produce el acto comunicativo es una parte de éste, y no menor. Si el contexto es claro, no hay discriminación, y no la hay porque ninguna mujer la sentiría como tal.

Asociar el género masculino a algo superior es una memez mayúscula, que llevaría, por ejemplo, a pensar que los franceses tienen en baja consideración los vehículos privados a motor –femenino para ellos– y en alta estima la pimienta –masculino para ellos.

El desgaste y pérdida de energía que conlleva promocionar el uso simultáneo de los dos géneros en expresiones como ‘todos y todas’, ‘los alumnos y las alumnas’, “los mexicanos y las mexicanas”, etc., es de tal calibre que no sólo viola el principio de economía sino también el de ‘no estupidez’. En el habla normal, de la gente y correcto, hemos resuelto estas situaciones sin discriminar ni ofender a nadie.

De igual modo, el que haya sustantivos que no tienen género masculino (por el momento), no obedece al convencimiento de una inferioridad del hombre para determinadas actividades. Por eso, el varón puede ser turista, cronista, electricista, taxista, periodista o artista.

Para más muestras de la inocencia del lenguaje, hombres y mujeres pueden ser sastres, conserjes, estudiantes y, desde luego, pueden ser adjetivados como amables, jóvenes, valientes o cobardes. Vocablos todos ellos en los que la ‘e’ final del singular parece simbolizar la absoluta independencia del habla del común en relación con consideraciones sexistas.

Para evitar la ofensa y la discriminación por razón de sexo, hay que educar y legislar.

La especulación sobre el lenguaje puede ser entretenida, mas no eficaz para el fin perseguido aquí y ahora, amén de afear, en el caso del español, una de las lenguas más prolíficas y literarias del mundo.

Rafael Barba Vara es licenciado en Derecho y profesor, labor ejercida entre otros centros superiores, en la Universidad Alfonso X ‘el Sabio’ de Madrid.