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El grito de Independencia

A principios del siglo XIX, en la Nueva España existía un descontento contra España, surgido de la opresión que la monarquía ejercía en todos los ámbitos de la vida de la Colonia, la discriminación de los peninsulares sobre los criollos, el sistema de castas existente, así como su política mercantilista, que restringía seriamente el comercio, limitando el desarrollo económico del Virreinato.

 

Después de la usurpación de la monarquía española por José Bonaparte, empezó a abrirse un clima apropiado para iniciar las independencias hispanoamericanas. José I representó dentro de la tradición monárquica peninsular a un rey intruso e ilegítimo. Por esta razón, la crisis provocada por la invasión de Napoleón en España fue la justificación que permitió a los americanos intentar su independencia, pero por el camino del rey, de la religión, de la tradición democrática española y del orden. Éste era, sin duda, el único camino para buscarla.

 

El movimiento de independencia comenzó el 2 de octubre en San Juan de los Lagos, pero fueron descubiertos. Esa vez la suerte estaba echada, todo se precipitó, la corregidora Josefa Ortiz de Domínguez alertó a Ignacio Pérez y a Aldama de que la conspiración había sido descubierta; avisaron a Allende, y en Dolores, fue don Miguel Hidalgo y Costilla quien en medio de su soledad decidió iniciar la lucha inmediatamente. Primero pusieron en libertad a los presos, aprehendieron a los españoles que se encontraban en la población y se dio el “Grito de Dolores”, hoy celebrado como el “Grito de la Independencia”. El nacimiento de una nación estaba ocurriendo.

 

Erróneamente se celebra el 15 de septiembre como el Día de la Independencia, y se reconoce la fecha como en la que dio inicio el movimiento armado por la soberanía de la nación. En la madrugada del domingo 16 de septiembre de 1810, el cura Hidalgo acudió al atrio de la iglesia de su parroquia en el pueblo de Dolores, seguido de un grupo simpatizante. Llamó a misa y exhortó a los feligreses a que se uniesen a él y le ayudasen a defender el reino porque querían entregarlo a los franceses. Aseguró que ya se había acabado la opresión y ya no habría más tributos, que a quienes se alistasen con caballos y armas les pagaría un peso diario, y a los de a pie, cuatro reales. […] Y con el grito ¡Mexicanos, viva México!, ¡”Viva la Virgen de Guadalupe”!, ¡Viva Fernando VII! y ¡Muera el mal gobierno!; Hidalgo incitó al pueblo a levantarse contra los españoles. Todo esto pasó desde las cuatro de la mañana del día diez y seis que llegó a Dolores, hasta las once de la misma mañana […]”.

 

Las metas de Hidalgo de ir contra el “mal gobierno” y acabar con el “pago del tributo” fueron bien recibidas por los indígenas, que en su mayoría se movían en un ambiente de necesidad, miseria, ignorancia y opresión. Resultaron muy razonables y a tono con el espíritu predominante en aquel momento, porque se suponía que servirían para quitarles el poder a los ‘gachupines’ que, según creían muchos, deseaban entregar el reino a los franceses. La revolución de Hidalgo ofreció como principal aliciente repartir más equitativamente la riqueza. Consideraba que el pueblo estaba obligado a contribuir con sus armas y caballos a la santa causa. La valentía de la insurgencia y la lucha por la libertad significaron para las masas la oportunidad de ganar riquezas o empleos que jamás habrían tenido en otras circunstancias.

 

Hidalgo necesitaba una bandera válida y atractiva para el pueblo indígena y mestizo, en el cual recaería el peso de la lucha. Por eso, se decidió en Atotonilco por la imagen de la Virgen de Guadalupe, desde entonces fuente de identidad nacional.  Ella: la protectora del indio Juan Diego, la madre de todo el mestizaje, con ella de su parte, ¿quién podría vencerlos? La imagen guadalupana, vinculada a la tierra, por tradición representaba una especie de patria sin definición. La guadalupana en las manos de un sacerdote, convertiría la causa en santa.

 

La guerra de independencia pudo terminar con el triunfo de los Insurgentes en noviembre de 1810: La mañana del 30 de octubre, ochenta mil insurgentes sin disciplina militar se enfrentaron a las fuerzas realistas en el Monte de las Cruces, en la zona que actualmente se conoce como La Marquesa, en el Estado de México.

 

La victoria fue total, los realistas se retiraron en desbandada y la Ciudad de México estaba indefensa. Sin embargo, Hidalgo se detuvo en Cuajimalpa y tras deliberar durante un par de días, optó por retroceder la mañana del 2 de noviembre. Existen dos versiones por las cuales Hidalgo no tomó la capital:

 

La primera es que, obsesionado por la masacre de la que fue víctima la población en Guanajuato tras ser capturada por el ejército insurgente – la cual le restó gran parte del apoyo de los mestizos y los criollos al movimiento-, Hidalgo tenía la certeza que no podría controlar el saqueo, el asesinato y la violación que se suscitarían en la capital una vez tomada por su tropa.

 

La segunda fue el deseo de que su opinión prevaleciera sobre la de Ignacio Allende, su principal estratega militar y a la vez su principal contrincante político dentro del movimiento, quien incluso amenazó con dimitir si no se tomaba la ciudad. La primera escisión dentro del movimiento se había producido. Menos de un año después, traicionados, ambos morirían ejecutados.

 

El carácter social y restaurador del movimiento de independencia se confirmó el 29 de noviembre de 1810, cuando Hidalgo publicó el decreto sobre la Abolición de la Esclavitud y el Pago de Tributos, poniendo especial énfasis en la reivindicación de los indios.

 

En su obra “El Laberinto de la Soledad”, Octavio Paz escribe: “La guerra se inicia como una protesta contra los abusos de la Metrópoli y la alta burocracia española, pero sobre todo, contra los grandes latifundistas nativos. No es la rebelión de la aristocracia local contra la Metrópoli, sino la del pueblo contra la primera. De ahí que los revolucionarios hayan concedido mayor importancia a determinadas reformas sociales que a la Independencia misma: Hidalgo decreta la abolición de la esclavitud; Morelos, el reparto de los latifundios. La guerra de Independencia fue una guerra de clases y no se comprendería bien su carácter si se ignora que, a diferencia de lo ocurrido en Suramérica, fue una revolución agraria en gestación. Por eso el Ejército (en el que servían “criollos” como Iturbide), la Iglesia y los grandes propietarios se aliaron a la Corona española. Esas fuerzas fueron las que derrotaron a Hidalgo, Morelos y Mina. Un poco más tarde, casi extinguido el movimiento insurgente, ocurre lo inesperado: en España, los liberales toman el poder, transforman la Monarquía absoluta en constitucional y amenazan los privilegios de la Iglesia y de la aristocracia. Se opera entonces un brusco cambio de frente; ante este nuevo peligro exterior, el alto clero, los grandes terratenientes, la burocracia y los militares criollos buscan la alianza con los restos de los insurgentes y consuman la Independencia”.

 

Después de once años de guerra, en 1821 la Nueva España dejó de serlo y se convirtió en México, de acuerdo con el Plan de Iguala que derivó en Los Tratados de Córdova, en los que el proyecto entre Iturbide y Guerrero establecía como primer punto ofrecer el trono de México al rey de España: Fernando VII, con lo que se pretendía regresar al dominio español. Ante la negativa y el rechazo de otro gobernante europeo que decidiera tomar el mando de la nación, no quedó otra posibilidad más que ser independientes. En palabras de María Luisa Aspe Armella: “la Independencia de México nace a la intemperie porque no era ni lo buscado ni lo querido”, diferente a la independencia proclamada en otros países.

 

El 16 de septiembre de 1810 se inició una nueva época para México, desde entonces ha tenido que librar duras batallas y derramar sangre, sudor y lágrimas para conservar su Identidad y su Independencia; el camino no ha sido fácil: dictaduras, malos gobiernos, líderes mesiánicos, traiciones, egoísmos, grandes corporaciones, imperios, potencias extranjeras.

 

Muchos en algún momento han conspirado contra México, que ha logrado prevalecer a través de su mayor riqueza: esos hombres y mujeres no hacen ruido ni buscan gloria; los que no se espantan de nada, que aguantan, pero no soportan; los trabajadores; los que ante la adversidad se ponen de pie y aprietan los dientes; los que no se vencen ante las crisis, los terremotos y los huracanes; los que laboran sus campos y construyen sus ciudades; los maestros que forman; los doctores que curan; los empresarios que crean empleos; los que creen en su nación e invierten en México; los que participan en el diálogo y en la crítica constructiva; los buenos funcionarios públicos; los estudiantes que se preparan con ahínco; los abuelos que cuidan a los nietos y aconsejan a los hijos; los mexicanos que creen en la verdad y la justicia.

 

Asimismo, esos héroes anónimos como los bomberos, los periodistas, los carteros y las enfermeras; los técnicos especializados que nos dan luz, agua y todos los servicios que nos son cotidianos; esas personas solidarias en los tiempos difíciles; aquellas que están con la sonrisa en los labios y ofrecen soluciones a los problemas que enfrentamos; esas parejas de enamorados que deciden construir aquí su hogar y formar una familia; los millones de niños que con asombro leen la historia de su nación y orgullosos acuden a rendir honores a la bandera; los que día a día dan todo por sus seres queridos y por su Patria; los que cada generación hacen la más excepcional de sus obras, convirtiendo su vida diaria en el más digno ejemplo; esos que siempre son más: los buenos mexicanos. ¡Viva México!

 

aegm.

 

 

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