Los seres humanos nunca dejamos de aprender. No obstante en este proceso de aprendizaje continuo que es la vida, existe un periodo esencial: los años que pasamos en los salones  de clases.

Kant dijo que el ser humano es lo que la educación hace de él y ésta debe buscar ser creadora de libertad.

Los niños poseen una vitalidad nata, pero en ocasiones, es en las mismas aulas donde se termina por paralizar esa frescura mental.

El objetivo debería ser despertarles la curiosidad, que reflexionen sobre lo que tienen ante ellos y  fomentar su capacidad de asombro para que ese progreso mental continúe.

Ken Robinson es un escritor y educador británico, reconocido en temas como la calidad e innovación educativa y la creatividad. Una de sus frases más famosas es: “La creatividad se aprende igual que se aprende a leer”, entendiendo que es algo que se puede practicar y mejorar.

Una anécdota ilustrativa de Ken Robinson refiere la visita a un colegio en el que se encontró con una niña de seis años. Al preguntarle qué dibujaba, la niña le respondió: “La cara de Dios.”

Desde luego que esto sorprendió a Robinson, quien argumentó: “Nadie sabe cómo es su cara.”

La niña respondió, sin dejar de dibujar: “Mejor, ahora ya sabrán cómo es.”

Todo esto llevó a Robinson a exponer que un niño cree en su talento y no tiene el más mínimo miedo a equivocarse.

Salimos de fábrica sin los estigmas que más tarde perseguirán la vida de la persona adulta; parece que debe haber algunos cambios en la educación según la entendemos hoy en día.

De la misma anécdota, Robinson extrae otra enseñanza: si no estás preparado para equivocarte, nunca acertarás. Y no se llegará a la originalidad tan anhelada en carreras como la arquitectura, el diseño o la mercadotecnia, donde mucho de lo que se produce termina por ser la copia de la copia, cuando los profesionales se mueven en una zona de seguridad.

Ken Robinson hace una crítica al sistema educativo en el que el alumno, en general, encuentra más incentivos para quedarse callado en clase que para participar y correr el riesgo de equivocarse. Esto se acentúa más en las culturas latinas como la nuestra, donde el valor de la percepción social es muy importante.

Es contradictorio, ya que sin importar si se trata de los primeros niveles escolares o la universidad, se pide al alumno que innove, pero hacerlo no le asegura obtener buenos resultados escolares. Y desgraciadamente, esto trae consecuencias en toda la vida de las personas, muchas que se mantienen en trabajos que no les interesan realmente, sólo para ser aceptadas y productivas.

Robinson asegura que el verdadero fin de la educación es descubrir en qué somos verdaderamente buenos y darnos las herramientas para potenciar ese talento, porque todos tenemos alguno, sólo hace falta descubrir cuál es.

Como dijo Pascal Bruckner, habría que preguntarnos: ¿cómo queremos que sean nuestros hijos cuando se enfrenten al mundo imperfecto y problemático de mañana?

Es algo que entra directamente en nuestro campo de responsabilidad, no lo olvidemos. Permitamos a nuestros niños y