Para todos los padres de familia, elegir la escuela de los hijos es motivo de tensión. ¿Cómo saber cuál es la mejor escuela?

Sin duda alguna, es una decisión difícil porque la escuela se convertirá en el “segundo hogar” de nuestros hijos, pero no olvidemos que nuestro hogar siempre será la “primera escuela”.

Actualmente existen innumerables opciones educativas y tenemos acceso a todo tipo de escuelas: tradicionales, constructivistas, laicas, con enseñanza religiosa, diferenciadas, mixtas, internacionales, biculturales, etc.

Pero aunque encontráramos “la escuela perfecta” que cubra todos los requisitos que consideramos necesarios, no podemos delegar la responsabilidad, porque la escuela –por muy buena que sea– siempre tendrá un papel subsidiario.

La educación de los hijos es derecho y obligación de los padres.

En Audiencia General, el Papa Francisco señaló que es “momento de que los padres y las madres regresen de su exilio y reasuman plenamente su papel educativo”, pues “si la educación familiar reencuentra el orgullo de su protagonismo, muchas cosas mejorarán para los padres inciertos y los hijos decepcionados”.

Educar es promover el crecimiento integral del otro, es una ciencia y un arte.

Como arte, no existen reglas fijas, ya que cada caso es diferente, pero a la vez es una ciencia y como tal, es necesario conocerla y dedicarle horas de trabajo.

Nadie conoce ni quiere, como los padres a sus hijos, por lo que nadie mejor para brindarles las herramientas que necesitan para alcanzar la felicidad.

Algunos autores han observado con acierto que la actual crisis de la familia refleja un saldo positivo: el aclarar cuál es la esencia y la misión de la familia en la sociedad.

La familia es el mejor ambiente para el nacimiento, crecimiento y educación de los hijos, pues en ella se establece el equilibrio necesario para la persona, se contrarrestan las influencias negativas del ambiente y se aplican los grandes principios morales a la vida diaria.

La familia es el lugar privilegiado de enseñanza viva porque es el entorno donde los valores se aprenden de modo concreto y vivencial.

Los valores y virtudes no pueden ser transmitidos por la sola enseñanza académica, deben hacerse vida. No es lo mismo oír mil explicaciones que vivir las virtudes en lo concreto de la vida familiar cotidiana.

Nunca olvidemos que en la familia se lleva a cabo la pedagogía más eficaz para la inserción activa y responsable de los hijos en la sociedad.

La familia es el ámbito apropiado para el desarrollo más profundo de la persona. Las actitudes radicales ante la vida,  la orientación moral y religiosa, el uso responsable de la libertad y en general, el cultivo de la personalidad, se da principalmente en el seno familiar. Es ahí en donde los hijos reciben las primeras herramientas para su desarrollo personal.

La familia cristiana tiene como tarea insustituible la de hacer crecer entre sus miembros, no sólo la vida física, sino también la vida de Dios. Los padres se convierten en verdaderos evangelizadores cuando ellos son los primeros que viven e invitan a sus hijos a vivir la fe.

El amor, la comunicación, la aceptación, la confianza y la educación que dan los padres a los hijos, desde el momento del nacimiento y durante su infancia, adolescencia y juventud, se verán reflejados a lo largo de toda la vida de los hijos y esto ninguna escuela lo puede suplir.

En las manos de los padres de familia están los hombres y mujeres que mañana saldrán al mundo y hoy, más que nunca, se necesita que sean cristianos coherentes que transformen a la sociedad, una tarea que, como padres, merece la pena esforzarse por cumplir.

“La familia es el hospital más cercano, la primera escuela, el grupo de referencia para los jóvenes y el mejor asilo para los ancianos”. Papa Francisco.