“Estoy harta de hacer que la infancia de mis hijos sea mágica”, así empieza Binmi Laditan a describir lo que parece un episodio biográfico de la mayoría de las mamás que conozco, incluyéndome.

En su artículo, publicado en Huffingtonpost, nos invita a imaginar la cara que pondrían nuestras abuelas y bisabuelas si vieran la presión que las madres de hoy en día nos autoimponemos: “Pensarían que estamos enfermas: ¿Desde cuándo ser una buena madre significa pasarse los días haciendo manualidades complicadas para los niños, convirtiendo sus habitaciones en portadas de revista y vistiéndoles a la última moda, siempre combinados?”

No es probable que las madres modernas queramos más a nuestros hijos de lo que nuestras bisabuelas querían a los suyos. Simplemente, como aclara Laditan, nos sentimos obligadas a demostrarlo con ridículas y caras fiestas de cumpleaños repletas de cupcakes caseros con 18 toppings diferentes y un sinfín de regalos: “En los últimos años, me he visto metida en ese modelo paternal de ‘cualquier cosa que hagas, yo puedo hacerla mejor’.”

La autora debió quitarse un peso de encima cuando comprendió que no tenemos por qué hacer que la infancia de nuestros hijos sea mágica. La razón es lógica: La infancia ya es mágica de por sí, incluso cuando no es perfecta: “Mi infancia no fue perfecta y no éramos ricos, pero me lo pasaba muy bien en mis cumpleaños porque mis amigos venían. Lo importante no eran los regalos, ni la decoración al detalle, ni nada de eso. Nos bastaba con explotar globos, correr por el patio y comer tarta. Bastante simple, pero mágico. Es lo que recuerdo de esos momentos.”

Qué diferentes eran las navidades de antes. Laditan las describe tan bien que me hizo revivir aquellos tiempos: “En Navidad, mis padres nos compraban dos regalos a cada uno, teniendo en cuenta que éramos cuatro niños y que sus ingresos eran limitados (…) Lo que nos hacía realmente felices era meternos en una cama los cuatro pensando que podríamos oír a Papá Noel colarse por la chimenea. Era muy divertido intentar aguantar toda la noche despiertos, cuchichear, reírnos juntos y desear con ansia que se hiciera de día. Era mágico. Nunca sentí que me faltara algo.”

Era otra época, jugábamos con los niños del vecindario hasta la hora de cenar. Ahora no es seguro que los niños anden solos en la calle. Pero, incluso cuando estábamos en casa, jugábamos por nuestra cuenta. No necesitábamos que mamá fuera una entretenedora: “… hacíamos fortalezas con mantas, veíamos la televisión, bajábamos por las escaleras con almohadas. Nuestros padres no eran los responsables de nuestra diversión. Si se nos ocurría murmurar las palabras mágicas ‘estoy aburrido’, en un momento nos daban una lista de tareas.”

Nuestros padres no eran unos desobligados, más bien, sabían cuáles eran sus verdaderas obligaciones. Se ocupaban de cubrir nuestras necesidades y estaban ahí siempre que necesitábamos algo, pero no eran nuestra principal fuente de diversión. Como una iluminada, Laditan abrió mis ojos: “Hoy en día, se hace creer a los padres que lo que beneficia a los hijos es estar constantemente con ellos, mano a mano, cara a cara: ¿Qué necesitas, cariño mío? ¿Qué puedo hacer para que tu infancia sea increíble?”

Los padres no son los que hacen que la infancia sea mágica. Está claro que los casos de violencia y abandono sí pueden arruinarla, pero, en general, la magia es algo inherente a la edad: “Ver el mundo desde los ojos inocentes de un niño es mágico. Jugar con la nieve en invierno cuando tienes cinco años es mágico. Perderse entre los juguetes tirados por el suelo es mágico. Recoger piedras y guardarlas en el bolsillo es mágico. Andar con un palo es mágico.”

Los padres no tenemos la responsabilidad de crear y proporcionarles a nuestros hijos momentos mágicos cada día. De hecho, con eso no les hacemos ningún bien.

Hoy en día, la mayoría de las mamás trabajamos y eso nos causa cierto complejo de culpa que buscamos resarcir de algún modo. Sin embargo, entretener a los hijos para que no se aburran nunca, cual payasos de circo, o cumplir todos los que suponemos que son sus deseos, como hadas madrinas, no es sinónimo de pasar tiempo de calidad con ellos.

Laditan no niega la importancia del tiempo que se pasa en familia, pero “una cosa es concentrarse en pasar tiempo juntos y otra cosa muy diferente es concentrarse en la construcción de una actividad. Esta última puede concebirse como algo forzado, con un objetivo predeterminado, mientras que la primera es más relajada y natural. Los padres se sienten tan obligados a crear experiencias que se puede palpar la enorme presión que soportan.”

Binmi Laditan comparte un recuerdo con el que muchos podríamos identificarnos: “Me han dicho que cuando tenía cinco años fuimos a Disneylandia. Yo no me acuerdo de haber ido, pero he visto las fotos borrosas de aquel momento. En cambio, lo que sí recuerdo de esa edad es un disfraz de pirata que me encantaba, coger ciruelas del árbol de enfrente de mi casa, las rocas que me gustaba escalar y mi perro, con el que jugaba en las escaleras del portal (…) El lugar más mágico de mi infancia no era ningún parque de atracciones; era mi casa, mi cama, mi patio, mis amigos, mi familia, mis libros y mi propia mente.” ¿Lo ven? Muchas veces gastamos energía, recursos y tiempo sin sentido.

Las consecuencias de hacer de la vida de los niños una gran producción es que se convierten en el público y crece su apetito por el entretenimiento. Las preguntas que se hace Laditan y que todos los padres modernos deberíamos hacernos, son: ¿Estamos criando a una generación de personas incapaces de encontrar la belleza en el mundo que les rodea? ¿Queremos enseñar a nuestros hijos que la magia de la vida es algo que viene en un envoltorio precioso, o que la magia es algo que cada uno tiene que descubrir por sí mismo?

¿Qué se necesita para que la infancia de nuestros hijos sea mágica? “Una infancia sin las manualidades de Pinterest puede ser igualmente mágica. Una infancia sin viajar en vacaciones también puede ser mágica. La magia de la que hablamos, y la que queremos que nuestros hijos experimenten, no sale de nuestra creatividad, no consiste en eso. La podemos descubrir en la tranquilidad de un arroyo, en el tobogán del parque y en la risa inocente de una nueva vida.”

No se trata de descubrir el hilo negro, sino de redescubrir el valor de la sencillez: “Estamos constantemente escuchando que los niños de hoy en día no hacen suficiente ejercicio; pero, quizás, el músculo que menos ejercitan es la imaginación, ya que intentamos encontrar desesperadamente la receta para algo que ya existe.”