Cuando los japoneses reparan piezas de cerámica rotas, enaltecen la zona dañada rellenándola con oro. De esta manera, los objetos que podían haber acabado en la basura renacen con más belleza. Eso es una gran ironía en esta época del “usar y tirar”.

El kintsugi o Kintsukuroi es una antigua técnica japonesa para reparar objetos de cerámica con la resina del árbol de la laca y polvo de oro. Lejos de intentar ocultar los bordes y grietas rotos como si fueran defectos, estos se destacan, acentúan y celebran, ya que se han convertido en la parte más fuerte de la pieza. La vasija es más bella de este modo, rota y reparada.

Esta técnica, que comenzó a practicarse en Japón a finales del siglo XV, añade un nuevo nivel de complejidad estética a las piezas reparadas y las convierte en verdaderas obras de arte, logrando que sean aun más valoradas que las que nunca se han roto.

Muchas ideas pueden tomarse de ese gesto simple. En primer lugar, que la fragilidad y la imperfección no son motivo de vergüenza. No hay razón para ocultarlas. Llevemos esta imagen al terreno de lo humano, al mundo del contacto con los seres que amamos y que, a veces, lastimamos. ¡Cuán importante resulta el enmendar! Cuánto, también, el entender que los vínculos dañados pueden repararse, fortalecerse y enaltecerse con los hilos dorados del amor.

No hay una sola familia ni relación humana en la que nunca se den situaciones que lastiman sus vínculos. Para reparar el daño es preciso aceptar, tomar conciencia, hacerse cargo, usar la palabra para entenderse y cambiar lo que haya que cambiar. En este caso, los hilos de oro se forman con cariño, humildad, paciencia, constancia y perdón. Para eso hace falta tomar una postura activa: la acción, el impulso reparador; porque reparar es una acción.

A pesar de que uno de los más grandes ideales de la tradición occidental es la búsqueda de la perfección y de la eternidad, nuestra cotidianidad gira en torno a lo contrario: Lo incompleto, lo desgastado, lo roto y lo inacabado suelen causarnos vergüenza, desprecio, nostalgia y tristeza.

Los occidentales podemos aprender algo muy simple de la cultura japonesa milenaria: No ocultar ni desechar la fragilidad y la imperfección, sino por el contrario, esforzarnos para reparar, enaltecer y enriquecer lo dañado, al añadirle algo tan valioso que aumente su belleza y resistencia en el caso de los objetos materiales, así como su virtud y resiliencia —capacidad de recuperarse—  en el caso de los seres humanos.

Los japoneses creen que cuando algo ha sufrido un daño y tiene una historia, se vuelve más hermoso. Con las almas pasa lo mismo.

Además de la técnica del kintsugi, en la cultura japonesa encontramos corrientes estéticas como el wabi-sabi (que produce ambientes caracterizados por su simpleza rústica al combinar el minimalismo con la calidez de los objetos provenientes de la naturaleza), y el mono no aware (la compasión por las cosas, la piedad que sentimos cuando escuchamos o vemos cualquier acontecimiento, por simple que parezca, como ver un pájaro que ha caído de la rama y yace muerto en la tierra). Estas expresiones puramente estéticas del arte japonés celebran la estética de la imperfección y de la impermanencia. La fugacidad, lo incompleto y el desgaste son centrales en ese modo de concebir la belleza. Los espacios, objetos y textos creados a partir de estas ideas tienen un factor emotivo muy fuerte.

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