Una de las características más importantes de la adolescencia es el desarrollo de la inteligencia: el pensamiento infantil se transforma en un pensamiento reflexivo y despierta el interés en comprender los cambios físicos y fisiológicos que ocurren en el propio cuerpo, así como las sensaciones y las formas de interpretar la realidad, que en ocasiones producen inquietud, inseguridad y confusión.

Despierta en el adolescente un gran deseo de libertad que se manifiesta como una necesidad de cultivar su diferencia y afirmar sus propios valores. De ahí la oposición y el rechazo frecuente a las normas que hasta ahora le eran indiferentes.

Este periodo dialéctico convierte la adolescencia en la edad razonadora por excelencia; no obstante, la mayoría de los jóvenes chocan con una barrera que limita su desarrollo intelectual: la abrumadora cantidad de información que reciben constantemente a través de los medios de comunicación, una información con visos de veracidad, pero también de relativismo moral y generalmente manipulada.

La acción de los padres de familia en esta etapa es de vital importancia debido a que los jóvenes requieren de una orientación fundamentada en los valores, en el respeto a la dignidad de la persona, en el amor y la estabilidad matrimonial de sus padres. En efecto, una familia bien avenida ejerce una función modeladora y ejemplar que fortalece el carácter de los hijos. Los psicólogos reconocen que un hogar feliz es el mejor medio para educar a los niños y el mejor antídoto contra los vicios y las conductas delictivas.

La sexualidad es uno de los aspectos relevantes en el desarrollo de la adolescencia; la forma como se enfrente esta etapa de la vida va a depender del uso que los jóvenes hagan de su libertad. Es importante infundirles un espíritu de lucha y no de claudicación ni de mediocridad. Los padres de familia tenemos que actuar, formar y enseñar a nuestros hijos a vivir en una sociedad que, con increíble ligereza, a veces entiende la tolerancia como la aceptación de costumbres e ideologías que niegan o desprecian el valor de la vida y la dignidad humana.

Por desgracia, el Estado se ha apropiado -violando los derechos de los padres- de la educación de la sexualidad con el objetivo de “deconstruir” a la Familia y a la Sociedad, fomentando el sexo desenfrenado -free sex, vocablo más elegante-, la pornografía, el libertinaje y la promiscuidad.

En la Ciudad de México, por ejemplo, la autoridad “pensó” que para acabar con los embarazos en las adolescentes era necesario atiborrar a los niños de 5to y 6to de primaria y a los de secundaria con 20 millones de preservativos; y a dos años de tamaña proeza, el número de embarazos entre los adolescentes aumentó, así como las enfermedades de trasmisión sexual, la trata de personas, las violaciones, el alcoholismo y las adicciones. Ahora, un grupo de ginecólogos en el Distrito Federal pretende repartir anticonceptivos (que no son otra cosa que elevadas dosis de hormonas que alteran el funcionamiento natural del organismo) a las niñas “desde que comienzan a ejercer su sexualidad (10-12 años) para que puedan disfrutar sin temor, sin inhibiciones, el sexo seguro”.

Esto, que parece una broma perversa y de mal gusto, es la triste realidad que prevalece en nuestro país, adscrito a la política internacional antinatalista que ha decidido acabar con la pobreza abortando a los niños pobres.

Fuente: Yo influyo