La vida solo es injusta cuando, evitándonos el sufrimiento,  no nos deja crecer.

“Qué injusta es la vida” es quizá la frase más popular en boca de miles de personas todos los días. De alguna manera, el tema de la justicia está presente siempre: en alguna tía que comenta que la vida ha sido injusta con ella, en  un vecino que dice que en el trabajo han cometido con él alguna injusticia, en el juzgado alguien reclama que se haga justicia con el abusador…

El punto clave es: ¿Con qué cordel medimos nuestras vivencias y las ajenas como para decir que la vida es injusta? La vida no acordó ningún trato, contrato o acto jurídico con nosotros para reclamarle justicia.

¿Sabes? La vida es como ese juego llamado “La búsqueda del tesoro”. En forma permanente nos ofrece pistas para indicarnos qué camino debemos seguir, pero a veces nos aferramos a tomar atajos que nos llevan al acantilado, y por experiencia propia puedo decir que la vida está llena de adversidades. El dolor se mete en cuanto rincón del alma puede, y el sufrimiento –de vez en cuando– se hace el distraído y se olvida de que es un huésped que no ha sido invitado. Pero aun así, la vida tiene sentido y es inmensamente bella.

La belleza muchas veces se desdibuja, ¡es cierto!, pero no significa que no siga allí, aferrada a la vida.

Te comparto algunos principios que me han sido útiles frente a la idea de la injusticia:

1. El poder del asombro.

Cuando dejas de preguntarte una y otra vez: “¿Por qué a mí?” y empiezas a decirte “¿Para qué me pasa esto?”, o “¿Qué hago ahora con este dolor, pérdida, sufrimiento, pesar o angustia?”, comienzas a descubrir el poder del asombro. El asombro es la habilidad para reconocer lo que eres capaz de hacer en medio de la adversidad. Es ese camino de fe que eliges seguir y te conduce a la luz, no a la oscuridad de la lamentación.

Vives el poder del asombro cuando tu hijo pequeño, que no entiende de economía y desempleo, te pide un disfraz para el colegio y pese a tu situación, tomas cartulinas, tijeras, telas, pegamento y te quedas toda la noche sin dormir para que él lleve el mejor disfraz que puedas darle. Sientes este poder cuando en vez de paralizarte porque tienes pocos alimentos en casa, tomas un poco de esto y otro poco de aquello, y presentas a la mesa un almuerzo espectacular hecho con restos que en otros tiempos hubieras desperdiciado.

Tal vez no tenías idea de que eres una mujer poderosa, pero tu súper poder se llama asombro. Para que este poder no se agote, cada vez que sientas que estás a punto de pronunciar la palabra injusticia, recuerda: dentro de ti está la solución.

2. ¡Salta!

León Joseph Suenens relató: “Una noche estalló un incendio en una casa. Mientras ascendían las lenguas de fuego, padres e hijos se lanzaron fuera y presenciaron horrorizados el espectáculo dantesco. De pronto se percataron de que faltaba el más pequeño, un niño de cinco años que aterrorizado por el humo y las llamas, se había refugiado en el piso superior. Todos se miraron. No había la menor posibilidad de ingresar en la casa que estaba transformada en un horno al rojo vivo. Por una ventana abierta se escuchaba al pequeño que pedía ayuda. Su padre le gritó: ‘¡Salta!’. El niño no veía más que humo y llamas, pero oyó la voz del padre y contestó: ‘¡Papá, no te veo!’. El padre respondió: ‘Yo sí te veo y con eso basta. ¡Salta!’. El niño saltó y fue a parar sano y salvo a los brazos de su padre”.

Cuando en medio del dolor no ves nada por el humo de la desesperanza, ¡salta!  Las llamas del sufrimiento y de la tristeza pueden rodearte, pero salta a los brazos de la fe. Ahí está Dios que te ve y se manifiesta a través de una mano amiga que te ampara y de tu hijo que te sonríe con su carita sucia de chocolate. Dios te está viendo, con eso basta.

3. Dolores de parto, dolores de crecimiento.

Los niños suelen quejarse de leves dolores en los miembros que los médicos llaman ‘dolores de crecimiento’, pues cuando los músculos y tendones comienzan a desarrollarse generan pequeñas molestias.

En el parto, el útero experimenta diversas contracciones que producen un nivel de dolor importante.

Cuando la vida se torna difícil y por ello la consideras injusta, piensa que te está dando la oportunidad de renovarte y crecer hasta alcanzar un estado mejor: “El dolor es el precio que pagamos por estar vivos. Cuando lo comprendamos, nuestra pregunta ya no será: ¿por qué tenemos que sentir dolor?, sino: ¿qué hacemos con nuestro dolor para que se convierta en un sufrimiento significativo y no sea sin sentido y vacío? ¿Cómo podemos convertir todas las experiencias dolorosas de nuestra vida en dolores de parto o en dolores de crecimiento?”  Harold S. Kushner.

Eres tú quien comete la injusticia contra ti mismo, cuando le pides a la vida que te libre de todo aquello que te hace crecer y te enriquece espiritualmente.

Ante las ‘injusticias’ de la vida: asómbrate, salta y crece.

¡La vida te espera!

Marta Martínez

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