yer por la mañana, volví a consulta con mi otorrino. Déjenme compartirles que es un precioso amigo del alma, desde hace cerca de 30 años. Además de ser GUAPÍSIMO, con permiso de la maravillosa mujer que tiene, es un médico sensacional. Fui a que me sopleteara el equipo otorrinolaringológico, porque ayer me sentía como Bob Esponja cuando lo están exprimiendo. La aureola se me deslizó hasta el nivel de los ojos y comenzó a encogerse con tal enjundia, que la cabeza me reventaba del dolor.

Cuando tocamos el tema de la fibromialgia, porque una de sus hermanas también la padece, le conté que me habían mandado una taza de agua de seltzer al despertar, todas las mañanas, antes de ingerir nada más. Abrió sus ojitos, arqueó las cejas y me dijo:

– ¿Estás loca?

– Pues… sí, eso ya lo sabemos, ¿lo agrava el agua de seltzer?

– No, no lo agrava. Simplemente me parece que no te va bien tomar eso todos los días. Cada zona del cuerpo tiene un PH especial que debe mantenerse así, el cuerpo es una máquina perfecta y con eso, rompes el balance de acidez y alcalinidad natural, amén de los cálculos que puedes comenzar a formar.

– Yo los cálculos, ni en la preparatoria…ah, mmm, no, espera…si me quitaron la vesícula hace como 10 años porque estaba llena de ellos…ok, son los únicos cálculos que sé hacer – respondí con una gran sonrisa.

Él no sonreía, estaba muy serio y me pidió que, saliendo de ahí, cruzara a la siguiente torre y buscara a una doctora, médico internista especialista en metabolismo, su funcionamiento y síndromes. Caray, pero de verdad que soy una consentida. Yo buscando alguien que me ayudara con el mío desde hace algunos días y que me llevan de la mano con ella. Me sigue sorprendiendo la magnificencia celestial con este tipo de situaciones y no puedo más que agradecer siete y setenta veces por esto.

Obediente como soy –sí, si soy obediente, solo hay que conocer la entonación adecuada para decir o pedir las cosas y yo seguiré instrucciones al pie de la letra. Si te equivocas… corre–, me crucé a la siguiente torre de consultorios.

Llegué al consultorio de la Dra. Álvarez y pregunté si podía recibirme. Me abrirían un espacio en ese momento, solo me pidieron que tuviera un poco de paciencia y así fue. Comenzamos –por enésima vez en estos últimos meses– con la historia clínica. Yo tengo una versión corta: anoté todo, con excepción de las ETS y VIH, porque son las únicas que no me constan. Soltó una carcajada y me dijo:

– Vamos por pasos, no te adelantes. Para comenzar, necesito los antecedentes clínicos de tus papás, tus abuelos paternos y maternos y tus hermanos.

Bueno…volví a pensar que la versión corta era completamente adecuada, pero guardé silencio y esperé a que comenzara el interrogatorio. Paciencia, paciencia. Necesito seguir ejercitándola.

– Antecedentes de cáncer, quiénes y de qué tipo.

– Abuelo materno, próstata. Abuela materna, páncreas. Abuelo paterno, hasta en el acta de nacimiento.

– Mmmm… ¿cuál fue el principal?

– No recuerdo, creo que fue de colon. También la hermana mayor de mi mamá, páncreas.

– ¿Antecedentes de problemas cardiacos, hipertensión, accidentes cardiovasculares cerebrales?

– Papá, infarto y accidente cardiovascular cerebral a los 44 años Mamá, infarto fulminante a los 54 años, Hermano, animalito consentido de Dios, infarto a los 42 años.

– ¿Enfermedades mentales?

– ¿Solo tengo que responder papás, abuelos, hermanos?

– Sí.

– Entonces no, no hay antecedentes. Ya libramos una.

– ¿Artritis reumatoide, enfermedades reumáticas, algún tipo de parálisis?

– No.

– ¿Hipotiroidismo, hipertiroidismo (y no sé cuántos ismos más)?

– No, creo que no.

– ¿Diabéticos, hipoglucémicos, hiperglucémicos…?

– Mi abuela materna, diabética; mi mamá hipoglucémica y los vivos nos ponemos de un humor negro cuando no comemos.

Y así continuó el interrogatorio durante algunos minutos más, con otra serie de preguntas que me sorprendieron porque jamás me las habían hecho en consultas de medicina alópata.

De ahí, pasamos al cuarto de la verdad: báscula, cinta métrica, toma de presión y así. A pesar de ser encantadoramente delicada, aplicó los conocimientos adquiridos en esa materia seriada que llevan todos en el ramo de la medicina: Apachurramiento I, Apachurramiento II, Apachurramiento III y así, hasta llegar al seminario de tesis… ooooooootra vez me estaban maltratando, pero, estoicamente, guardé silencio.

– ¿Te duele?

– Pues sí doctora, pero ni modo de que me ponga a llorar, usted sígale para que terminemos con la tortura lo antes posible.

– ¿Qué le hiciste a tu cuerpo?

POOOINGGGG ¿Cómo? ¿Qué le hice a mi cuerpo? Pffff. No podía hacerme mensa. No se trataba de anfetaminas o regímenes por demás absurdos. Tampoco soy afecta a los productos químicos y ni a la gama light. Pero sí debo reconocer que durante años enteros he sido poco disciplinada. Se me olvida comer porque no tengo sensación física de hambre, menos cuando estoy de vacaciones y cuando debo trabajar o cumplir con ciertas responsabilidades, se me va el tiempo. Sobre las horas de descanso… y también reconozco que dormí un promedio de cuatro horas al día durante casi más de siete años. No puedo quejarme, mi cuerpo pudo haber hecho una reclamación infinitamente más violenta.

Hipócrates decía: “Que tu alimento sea tu medicina y que tu medicina sea tu alimento”. Cuánta razón tenía. Hace once días, con una crisis de movilidad patética, comenzamos una parte del tratamiento enfocado solo en la alimentación. Me quitaron todos los lácteos, todas las harinas y todas las azúcares. Cuando desperté al quinto día de haber comenzado y por primera vez en mucho tiempo –en realidad no sé cuánto –, abrí los ojos sin dolor alguno:

– ¡En la torre! Ya me morí y no me di cuenta. –

Comencé a pasarme las manos por el cuerpo… y me di cuenta de que estaba viva y podía moverme, de que estaba reaccionando bien al tratamiento y las articulaciones comenzaban a funcionar de nueva cuenta. Yo, la rebelde, la de la deliciosa herencia del pan con mantequilla, sobre todo cuando se disfruta en familia y el producto es de Dos Pinos, tengo que reconocer que mi vida es más fácil y amable sin ello.

También debo agradecer infinitamente a Dios por el diseño y construcción de esta fabulosa y noble máquina que comienza a recuperarse de los excesos de 45 años, tan solo cinco días después.

No se necesitan grandes proezas ni sucesos extraordinarios para contemplar los milagros que acontecen cada día ante nuestros propios ojos. Esto, un pequeño, dulce y suave bebé, el canto de los pájaros, las lavandas floreciendo y un espectacular atardecer, entre tantas cosas que perdemos de vista, inmersos en el estrés y la rutina del día a día, son ejemplos claros de que vivimos rodeados de milagros y, aun así, nos quejamos.

La magnífica Audrey Hepburn decía: “Cualquier persona que no crea en los milagros, no es realista”.

Que la vida te dé lo que necesites y con visión 20/20. Que sea un día espectacular para cada uno de ustedes.

Gabriela Fernández Dada

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