M. Salud Conde Nieto

Hoy quiero hablarles de cine. O más bien, a través del cine hablarles de la vida.

A mí me gusta el cine, pero voy muy poco porque no me queda tiempo; pero, bueno, hablando de cine, una de las películas más premiadas de este tiempo es Boyhood, que en español se llama Momentos de una vida. De eso les quiero hablar, de Boyhood y de los momentos de una vida.

La película narra las diferentes etapas en la vida de un niño, luego adolescente y joven, y su familia, durante varios lustros; fue filmada a lo largo de doce años. Son momentos de la vida de Mason y de su recorrido vital familiar, de sus conflictos, crisis, fracasos, alegrías. Son –ciertamente- momentos de una vida. Pero ¿cuáles no lo son? Todos son momentos de una vida. En la vida de Mason y en la nuestra, la tuya y la mía, todos son momentos de una vida porque la vida está hecha de momentos.

La vida de Mason, por necesidades de la propia narración, se cuenta a través de instantes representativos de su desarrollo vital: crisis familiares, cambios de colegio, mudanzas, graduación, etc. Pero los momentos que no aparecen en escena son tanto o más importantes; aquellos que, llanamente, ocurren como causa o consecuencia de los otros en una interminable cadena. Son cosas de todos los días, como las que nos ocurren a todos a diario.

La lección es vivir a plenitud y dar a cada momento su importancia, darle su profunda ligereza. No hay nada más importante que cada momento, éste y el que sigue, hoy y mañana, en el colegio y fuera de él, los trascendentes y los que parecen pasar de puntillas. De ellos depende nuestra felicidad y nuestra vida; de cada uno de nuestros momentos que te invito a disfrutar como lo que son: un regalo de Dios.

“Un día comunica al otro el mensaje y una noche a otra declara sabiduría…”.

Salmos 19, 3.

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