El cóctel de relativismo y economicismo ha sustituido las convicciones morales por meras convenciones sociales.

Chateaubriand mantuvo un juicio sereno sobre la Revolución Francesa, a pesar de haber sufrido en propia carne los excesos de aquella revuelta que cambió la fisionomía
de Europa.

El escritor y político francés sostiene en sus brillantes ‘Memorias de Ultratumba’ que aquella revolución no se gestó en ningún libro o persona concreta, sino en una sociedad que avanzaba al mismo tiempo hacia las luces y hacia la corrupción. “Por eso –añade–, pueden verse en la Revolución Francesa tantos principios excelentes como consecuencias funestas. Los primeros derivan de una teoría ilustrada, las segundas, de la corrupción de las costumbres”. Pero la sentencia de Chateaubriand va todavía más lejos en su análisis al concluir que las razones más profundas estaban en una “incomprensible mezcolanza de crímenes injertados en un tronco filosófico”.

Ese ‘tronco filosófico’ del que habla el genio francés no ha cambiado, solo ha evolucionado hasta la actualidad y así nos brilla el pelo (o la calva). En ese tronco coinciden con igual fuerza y desde hace tiempo dos males: el relativismo moral y el economicismo. Es complejo saber cuál es peor, pero en cualquier caso, es francamente difícil plantear cualquier regeneración política si se dan la mano, que es exactamente lo que está sucediendo en la actualidad.

El relativismo, por un lado, ha provocado un vaciamiento generalizado de las convicciones. Dudar de que la verdad existe, que en eso consiste el relativismo, lleva en primer lugar a destronar la verdad (o a dudar de todo) y en segundo término, a inventar otra verdad más cómoda y complaciente, aunque sea falsa y comprometa la conciencia. Es precisamente lo que ha puesto de moda el relativismo imperante en Europa desde mitad del siglo XX –especialmente desde el Mayo Francés–, aunque el tronco filosófico se remonta, nada más y nada menos, que a Descartes y a su ‘duda metódica’. Eso para otro día. Y ha calado hasta los tuétanos, no solo en la política, sino en todos los rincones sociales.

Vayamos a lo práctico, que se entiende mejor. Sin una verdad es muy complicado defender cualquier cosa, también los valores morales. Y sin valores morales tampoco se sostienen los principios. ¿Para qué tener convicciones si no se apoyan en nada verdadero? Ni el esfuerzo ni la virtud tienen sentido en una vida imbécil. Tampoco defender la vida, vaya por Dios, si es más fácil liquidarla en un plazo o con una excusa porque el niño no se ‘entera’. Eso es el aborto, ni más ni menos, a pesar de todas las chorradas que se escuchan y solo una minoría se atreve a denunciar. ¿O son muchos pero temen decirlo? ¿Qué otra cosa si no justifica el hedonismo como principio vital? Y así un largo etcétera.

Pero es precisamente ese mismo relativismo moral el que nos siguen ‘vendiendo’ desde todos los ángulos –también el político– como el mejor salvoconducto intelectual para superar el ‘mal radical’ que implican las verdades absolutas. El pensamiento político, tan acomodaticio él, juega con el mismo pensamiento débil en el que se escudan los intelectuales de lo fácil, cuya doctrina impregna tantos libros, llena programas enteros de televisión, contamina muchos guiones de películas y sirve de puesta en escena en las obras de teatro. El fin es el mismo: evitar que el atormentado hombre actual, que ya no cree en nada, pueda vivir sin problemas en su feliz tránsito para recuperar la ‘inocencia perdida’.

Esa es la razón de que tantas convicciones que se apoyaban en ‘valores de siempre’ hayan acabado en meras convenciones sociales. Se trata, a lo sumo, de aparentar que uno es bueno, no de serlo de verdad. Esto último cuesta demasiado y estamos aquí para otra cosa.

El otro foco de infección social es el economicismo, como apuntaba previamente, que no es otra cosa que dar tal primacía a los criterios económicos, que todo queda relegado a ellos. La economía, está claro, es importante, pero no tanto como para anular lo demás: representa proporcional y cualitativamente muy poco en las aspiraciones humanas. Basta con observar las asignaturas de bachillerato para hacerse una idea.

El excesivo peso de los factores económicos, por tanto, es una contaminación más en una sociedad que funciona a duras penas desde el punto de vista ético. Como decía el filósofo francés del misterio, Gabriel Marcel, en una de las frases que le ha hecho célebre, “es más importante el ser que el tener”, lo que no quiere decir que no haya que tener. Desde ese punto de vista, sí se podría hacer un elogio de la riqueza, nunca un fin sino un medio. Ahora bien, de ahí al pensamiento de Thomas Jefferson, que sostenía que “el principio de las naciones fuertes es el dinero, no la moral”, hay un trecho de vértigo.

Mezclen ese cóctel de relativismo y economicismo y tendrán una realidad bastante aproximada de lo que sucede en la actualidad en la sociedad. Quizá se vea entonces con más relieve la necesidad de un rearme moral, del que depende en última estancia la regeneración política.

El economicismo y el relativismo muestran en el fondo un miedo atroz a instalarse sobre verdades estables y principios firmes. El hombre contemporáneo huye de la verdad como de la pólvora por una razón muy sencilla: la verdad compromete. Es la principal razón para el escudo de la duda (que no deja de ser otra forma de conformismo). Y paralelamente, todo responde a un sistema apañado para la codicia, en la que se nutre la corrupción. Relativismo y economicismo son dos arterías de un mismo tronco filosófico: sustituir el bien y el mal, la dignidad y la degradación, lo verdadero y lo falso, no por lo que el hombre o las cosas son establemente, sino por la conveniencia del momento.

Claro, todo esto, que es muy preocupante en el ámbito social, se traslada también al ámbito político (y del político al social). Pero no lo duden, de esos polvos vienen estos lodos, como dice el refrán. Han aparecido numerosos casos de corrupción política, es cierto, pero alimentados sin duda desde el mismo vaciamiento moral que se ha instalado en la sociedad desde hace tiempo y que alimentan los propios dirigentes políticos.

Me quedo para concluir con otra frase de Chateaubriand, esperanzadora: “Los momentos de crisis redoblan la vitalidad de los hombres”.
Fuente: Hispanidad.com. Extracto de “Regeneración política, sí, pero sobre todo regeneración moral“.

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