A cuenta de la brutal pelea ocurrida recientemente en Madrid entre los ultras del Frente Atlético y los del Riazor Blues, que provocó la muerte de “Jimmy”, un seguidor del Deportivo de 43 años con dos hijos, hablaron el doctor en psicología de la Universidad Carlos III de Madrid, Guillermo Fouce, y Patricia Ramírez, psicóloga de salud y deporte, para explicar qué pasa por la cabeza de los radicales cuando se ensartan en hechos violentos o vandálicos.

Una desvirtuada escala de valores, el deseo de encajar en el grupo y la búsqueda de poder, son algunos de los factores mentales que llevan a los más radicales a la violencia extrema para conseguir sus fines.

“Se animan y retan unos a otros hasta llegar a hacer cosas que no se atreverían a hacer solos. El colectivo reparte beneficios entre los más violentos, de tal manera que el que muestra mayor violencia tiene un estatus mayor”, remarcó Fauce.

“Lo que causa la violencia es una falsa creencia de cómo defender a tu equipo (causa, ideal, grupo…), que no se frena en la brutalidad y anula la individualidad para crear una voluntad común, fácil de seguir sin hacerse preguntas”, resaltó Patricia Ramírez.

La espiral de violencia, explicó la psicóloga, parte de la necesidad de contrarrestar con agresividad la inseguridad o las frustraciones; problemas de autocontrol que impiden al cerebro activar los mecanismos que diferencian entre lo que se desea y lo que se debe hacer; carencia en el sistema de valores y confusión bien/mal; además de trastornos antisociales de la personalidad.

Los rasgos de uno de estos trastornos, la psicopatía, permiten entender cómo una persona puede actuar de forma violenta contra otra debido a problemas como la falta de empatía, la impulsividad o la búsqueda de riesgos y desafíos, añade.

Aclara la especialista en salud y deporte que “detrás de la violencia se pueden encontrar trastornos de la personalidad, pero ello no la justifica”.

Para obtener poder a través de la violencia no solo es necesaria la fuerza bruta, sino también la organización y predisposición para cometer estas agresiones, lo que lleva a diferenciar dos tipos de actos violentos: La violencia planificada o predatoria, en la que se prepara una determinada situación para hacer daño, y la conducta violenta espontánea, relacionada con el estado individual de cada persona.

Fouce advierte el papel facilitador que en estas acciones ejercen el alcohol y las drogas, a lo que Ramírez añade: “La actuación de estas sustancias en el lóbulo frontal, donde se encuentran los límites y las normas sociales, permiten a una persona ser más graciosa, pero también aumentar la agresividad en un individuo violento”.

Aunque este tipo de conductas se suelen relacionar con personas jóvenes, la participación de adultos en actos violentos puede estar ligada a la dificultad para escapar de la dinámica de grupo o la necesidad de dar ejemplo como líder del mismo.

Por ello, aunque estos comportamientos se diluyen con la edad, según explica el doctor Fouce, “algunas personas se convierten en dirigentes que suelen actuar en segunda línea para guiar a los jóvenes violentos”. En todo caso, agrega Ramírez, “tener hijos y una determinada edad no te da ni la madurez ni los límites”.

El objetivo, señalan estos dos expertos, no solo es trabajar con estos radicales la empatía, sino romper su creencia de que lo que están haciendo está bien y eliminar la vinculación de la agresividad a la percepción de beneficios en la sociedad, uno de los cuales sería que la gente haga lo que ellos quieran debido al miedo que provocan.

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