Los nuevos programas de “educación” sexual tienen sus raíces en experimentos científicos fraudulentos.

Durante el desarrollo de su sexualidad, los niños pasan a través de lo que se conoce como el período de “latencia”. Acontece antes de la adolescencia y se caracteriza por una falta de interés en los asuntos relacionados con
la sexualidad.

Este período es importante porque permite que los niños presten atención y aprendan fácilmente muchas materias útiles para ellos y que son propias de su edad.

Si en esta etapa se les da instrucción sexualmente explícita, el desarrollo normal sufre enormemente al desviar la curiosidad normal y sana que el niño, y más tarde el adolescente, siente hacia un tema tan importante como son los asuntos sexuales.

En las últimas décadas ha surgido una nueva ideología en nuestra sociedad que enseña que los niños tienen capacidad sexual desde que nacen, por lo que exponerlos a los temas sexuales a la más temprana edad es “normal” y “beneficioso”. El resultado de este tipo de razonamiento es que en muchos países se han implementado programas completos de “educación” sexual desde preescolar.

Es cierto que los humanos somos seres sexuados, no desde el nacimiento, sino desde la misma concepción. La sexualidad es una dimensión básica que caracteriza a la persona en su totalidad. En el sexo radican las características que constituyen a las personas como hombres y mujeres en el plano biológico, psicológico y espiritual, lo cual juega un papel muy importante en su evolución individual y en su integración en la sociedad.

Sin embargo, el tipo de “educación” sexual que se pretende inculcar a nuestros hijos es que los niños tienen “derecho” a tener relaciones sexuales, e inclusive, que estas relaciones, aun con adultos, son “beneficiosas” para ellos.

Los nuevos programas de “educación” sexual tienen sus raíces en experimentos científicos fraudulentos, así como en actividades inmorales y hasta crueles por parte de algunos investigadores. El primero fue Alfred C. Kinsey, seguido por sus colaboradores y colegas, Wardell B. Pomeroy, Clyde E. Martin y Paul Gebhard. Sus estudios moldearon las actitudes y creencias en lo que concierne a la sexualidad humana, y pasaron a formar parte de los actuales programas de “educación” sexual.

Hace 50 años Kinsey era un famoso experto en taxonomía. A pesar de que tenía un conocimiento mínimo de la sexualidad o de la psicología, consideraba las relaciones sexuales entre animales un “modelo” para el comportamiento sexual humano. Según el “Informe Kinsey sobre los Hombres” (publicado en 1948), “el llevar a cabo todo tipo de actividad sexual es liberarse del condicionamiento cultural que la sociedad impone, y que lleva a hacer distinciones entre lo que es normal o anormal, aceptable o inaceptable en nuestra sociedad”.

Kinsey no tomaba en cuenta que las normas morales sobre la sexualidad se fundan en la naturaleza humana, es decir, en aquello que conduce al ser humano a su verdadero bien, algo que una reflexión serena y objetiva puede descubrir. Por lo tanto, la moral en materia de sexualidad (como en cualquier otra dimensión de la vida humana), no es simplemente el producto de la vida social, sino que es una realidad inscrita en el ser mismo del hombre. Kinsey opinaba que todas las relaciones o formas de expresarse sexualmente son sanas, y que si una de ellas fuera anormal o inferior a las otras, esta sería la relación sexual entre personas de distintos sexos.

Al separar la sexualidad del amor y de la transmisión de la vida, terminó reduciéndola a una mera interacción física para obtener placer o “desahogar tensión”. Esta empobrecida visión de la sexualidad termina despersonalizando al propio ser humano, cuya felicidad radica en el amor.
Promoción de la pedofilia

De todos los conceptos desarrollados por Kinsey, el más preocupante es el que justifica las relaciones sexuales con niños (pedofilia). Opinaba que los niños están predispuestos a la actividad sexual desde el momento en que nacen, y que la actividad sexual entre menores y adultos está incluida en los “desahogos sexuales”. Según él, los resultados son desfavorables solo cuando las autoridades o los padres le hacen creer al niño que este comportamiento es incorrecto.

Esta ideología olvida la más elemental psicología, al no considerar que el niño y el adolescente necesitan madurar afectivamente antes de estar listos para entregarse a sí mismos total, responsable y amorosamente. Y que el desorden sexual lleva a la frustración y a problemas tales como las enfermedades de transmisión sexual, embarazos fuera del matrimonio, familias destruidas y niños traumatizados.

Las investigaciones de Kinsey fueron manipuladas para que los resultados pudieran reafirmar su ideología, aunque no tenían una verdadera base científica. ¿Qué lo motivó a actuar así? Según Paul Robinson, uno de sus biógrafos, Kinsey se dedicó en su trabajo a “socavar las normas tradicionales de la sexualidad”, quizás debido a su aversión hacia los principios judeo-cristianos en los cuales se basan.

Las investigaciones de Kinsey consistieron de dos partes principales: 1- Datos de las “historias sexuales” de cerca de 18,000 personas; 2- Experimentos sexuales realizados en cientos de niños de dos meses a casi 15 años de edad.

La información no solo fue manipulada, sino que los entrevistados en la primera parte de la “investigación” no representaban a la sociedad, porque fueron deliberadamente escogidos precisamente por presentar conductas consideradas depravadas. Un gran número eran criminales culpables de agresiones sexuales, pedófilos (que abusaban sexualmente de los niños) y exhibicionistas. Alrededor del 25% eran ex-reclusos o presidiarios, la mayoría de los cuales se inclinaba hacia los actos sexuales ilícitos. Kinsey y sus investigadores observaron y tomaron notas sobre varios “experimentos” filmados que mostraban diferentes tipos de comportamientos sexuales aberrantes.

Las investigaciones llevadas a cabo con niños consistieron en actos sexuales perpetrados por un grupo de nueve personas adultas. Algunas de ellas fueron “entrenadas” para “demostrar” que los niños pueden “disfrutar” del placer sexual igual que cualquier adulto. No existe documentación alguna sobre quiénes eran los niños o de dónde provinieron. A pesar de que los experimentos carecían de validez científica, los conceptos de Kinsey hicieron su aparición después en los cursos de “educación” sexual.

La Dra. Reisman, co-autora del libro “Kinsey, Sexo y Fraude”, recientemente pidió que el Congreso de los EE.UU. llevara a cabo una investigación acerca del Informe Kinsey, pues es hora de que la comunidad científica “reexamine el grupo de investigadores de Kinsey y lo denuncie como una fuente de fraudes y mentiras”.
Los amargos frutos de las “investigaciones” de Kinsey

Existen abundantes evidencias de la relación entre las ideas de Kinsey y los programas educativos que promueven ciertas organizaciones, como la Federación Internacional de Planificación de la Familia o IPPF, la cual cita a Kinsey y a su colega Wardell Pomeroy al enseñar que no existe un solo modelo de comportamiento sexual, sino muchos diferentes y todos son “aceptables”.

Otras organizaciones que adoptaron los conceptos de Kinsey son la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO); su Centro Regional de Educación Superior para Latinoamérica y el Caribe (CRESALC); el Consejo de Información y Educación Sexual de los EE.UU. (SIECUS); y Paternidad Planificada (Planned Parenthood, la filial de la IPPF en los EE.UU), fundada por Margaret Sanger, quien declaró que “el lecho matrimonial es la influencia sexual más degradante… una institución decadente, un desarrollo reaccionario del instinto sexual”.

La Guía Didáctica de Educación en Población de la UNESCO para primer grado proclama que “el miedo y la vergüenza… y los tabúes y prejuicios ¿de qué sirven?”, para crear la falsa impresión de que todo tipo de control del apetito sexual es malo, especialmente si dicho control es promovido por instituciones religiosas. Lo cierto es que más que de miedo y vergüenza, se trata del pudor que la naturaleza ha puesto en los niños para protegerlos de forma natural contra el uso equivocado y prematuro de la sexualidad. Bajo la delicada y respetuosa guía de sus padres, el niño debe aprender a apreciar y a respetar su cuerpo sin caer en ninguno de los dos extremos: una vergüenza neurótica con respecto a su sexualidad, ni un concepto hedonista (es decir, solo para el placer).

La Guía de UNESCO para sexto grado afirma: “Las relaciones sexuales sirven también para demostrar amor, para obtener placer y divertirse un poco, para desafiar autoridades y principios…”; y en su Guía para séptimo, octavo y noveno grado, añade: “Adoptar patrones de comportamiento sexual sin reflexión… sin comparar diferentes puntos de vista, es renunciar a la capacidad de acción independiente que cada ser humano tiene.” Enseñan a los niños que la heterosexualidad no es sino una de las muchas opciones que tienen a su disposición y que puede ser abandonada fácilmente.

Los autores crean la falsa impresión de que el valor supremo es la independencia y que aceptar las normas morales sobre la sexualidad es actuar sin pensar. Lo cierto es que los seres humanos somos interdependientes, nos realizamos como personas en la convivencia humana, la independencia absoluta ni es buena ni realista para el ser humano.

Al madurar intelectualmente, los jóvenes tiene la oportunidad de reflexionar sobre las razones por las cuales se les han enseñado las normas morales sobre la sexualidad. De manera que no es actuar sin pensar, sino actuar con responsabilidad. Pero para estas organizaciones, ser “responsable” equivale solo a utilizar anticonceptivos, especialmente preservativos. Aunque por regla general, no se informa a la juventud sobre el porcentaje de falla del condón, los posibles efectos secundarios de cada método anticonceptivo o los riesgos físicos y psicológicos del aborto.

Donde más claramente podemos ver la influencia de Kinsey es en la enseñanza de SIECUS, bajo el liderazgo de la Dra. Mary S. Calderone. En 1983, Calderone escribió que “la capacidad sexual del niño debe ser desarrollada del mismo modo que su capacidad innata para caminar o hablar…” no obstante, lo que la persona humana necesita desarrollar no es su “capacidad” sexual, sino su capacidad de amar, bajo cuyo control y guía debe estar la sexualidad. Con esta mentalidad no debe sorprendernos que se esté adoctrinando a los niños sobre la sexualidad a edades cada vez más tempranas.

El Informe sobre Salud Mental y Educación Sexual de Paternidad Planificada (publicado en 1979), afirma que “ni las creencias religiosas, ni las normas de moral deben desviar al niño del propósito primordial de descubrirse a sí mismo (léase: experimentar sexualmente con su cuerpo), afirmar su yo (léase: hacerse independiente de toda norma moral), y su auto complacencia (léase: colocar el placer por encima de la responsabilidad y del amor auténtico)”. Esta organización coloca al placer sexual por encima del amor y de la vida, no al servicio de estos. “Las relaciones sexuales son demasiado importantes como para estar quitándoles su valor con los sentimientos”, asegura su doctrina.

Lo que resulta difícil de creer es que nuestra sociedad parece estar a punto de aceptar la pedofilia como una “orientación sexual” más. En un artículo, la Dra. Joan A. Nelson escribe a favor de un “modelo” de relaciones sexuales entre adultos y niños, en el que dichas relaciones sean consideradas “aceptables” y hasta esenciales para el desarrollo “saludable” del menor. Lo que la Dra. Nelson considera dañino es “la condenación por parte de la sociedad”, en vez de los efectos de estas grotescas e inmorales relaciones con niños.

Puesto que muchos sexólogos y las instituciones con las cuales ellos trabajan han aceptado como un hecho las “necesidades sexuales” de los niños, y organizaciones como la Asociación para el Amor entre Hombres y Niños (NAMBLA) están trabajando para legitimar este tipo de relaciones, podemos ver la posibilidad en el futuro no lejano de que se acepte la pedofilia como una “orientación sexual”. Promueven la idea de que los niños son objetos de placer, aconsejan cómo tener relaciones sexuales con niños sin ser arrestados, informan sobre los lugares alrededor del mundo donde hay prostitución infantil y dan una lista de clubes para los que practican la pedofilia. Posiblemente en los EE.UU. y otros países “desarrollados” surgirán científicos, educadores en materias sexuales y editores que simpaticen con este movimiento y lo apoyen, como lo han hecho con otros movimientos.

La IPPF y sus filiales (incluyendo otras organizaciones que promueven el control de la población), consideran que la “adolescencia abarca a los jóvenes de 10 a 19 años. Creen que estos adolescentes tienen “los mismos derechos que otros clientes en el campo de la salud y la sexualidad: el derecho a elegir si desean tener una vida sexualmente activa o no; a la información; a la anticoncepción; al aborto sin condiciones de riesgo; a la protección contra las enfermedades; a la confidencialidad…”

Todos los sectores de la sociedad deben darse cuenta de lo que está sucediendo para poder proteger a las nuevas generaciones. La integración positiva de la sexualidad en el ser humano es algo necesario y laudable. Pero dicha integración no se logra por medio de programas de “educación” sexual que incitan a la promiscuidad burlando la moral sexual. Al contrario, dichos programas destruyen el desarrollo armónico y psicosexual del niño y del joven, exponiéndolos prematura e inmoralmente a esta delicada dimensión de la persona humana.

Ver el artículo completo en:
http://vidahumana.org/educacion-sexual/item/699-el-fraude-de-kinsey-y-sus-consecuencias-para-la-sociedad. Más información: www.cwfa.org/kinsey.asp y www.drjudithreisman.org.

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