Al iniciar otro año escolar, me viene a la pluma lo que decía Heráclito: “Nadie se baña dos veces en el mismo río.” El río en este caso es el colegio: el mismo –siempre cambiante– de tantos años. ¡Tanto tiempo aprendiendo con los jóvenes!

Volveré a clase y los alumnos que encuentre se parecerán poco a los que se fueron de vacaciones. Me pregunto si los que me demostraban un singular apego, seguirán siendo encantadores o habrán adoptado el aire displicente y de perdonavidas que preludia la llegada de la ‘edad del pavo’.

Y los que parecían eternamente agotados, con la barbilla pegada en el pupitre y los párpados a media asta, ¿habrán recuperado la normalidad? No parece fácil, la adolescencia no se cura con sol de playa y bronceador.

¿Y los pequeños? Para ellos cada curso es una eternidad, y las vacaciones, una especie de quitamanchas que elimina, sin dejar rastro, los recuerdos desagradables del año anterior.

A mí, sin embargo, lo ocurrido en los últimos diez o quince años se me amontona y confunde en la memoria sin orden ni concierto. Los adultos somos como rocas siempre idénticas a sí mismas –si acaso algo más erosionadas cada día– en medio de la corriente de un río que se renueva implacable.

El colegio que encuentre a mi regreso habrá mejorado un poco; siempre mejoramos, gracias a Dios. Habrá ordenadores más potentes; los niños estrenarán libros llenos de colorido, que –me temo– habrán subido de precio. Los bolis y los rotuladores cumplirán su cometido sin fallos ni intermitencias, y los cuadernos aun no tendrán ‘churretes’.

¿No es fascinante ese breve rito anual de inaugurar un cuaderno recién comprado? Uno se frota las manos en el jersey para no mancharlo, y muy despacio, con especial mimo, escribe su nombre y apellido en las tapas. Es un gesto viejo y lleno de sentido. Cuando veo con qué pausa y primor dejan su firma los alumnos, pienso que se están diciendo a sí mismos: “Este año será diferente; será un año sin borrones ni tachaduras.”

Y sin embargo, estoy casi seguro de que dentro de pocos días el bolígrafo de Maica depositará un borrón azul en la primera hoja, Ignacio tachará con furia un error del que no conviene dejar la menor huella y Pilar llenará su cuaderno de corazones
–dibujados en un ataque de languidez, sin darse cuenta–, o escribirá declaraciones de amor en inglés, dirigidas a un tal Nacho.

¡Maldita experiencia de adulto que siempre nos lleva a profetizar catástrofes! ¿Y si ocurriera lo contrario? ¿Si los tres consiguieran mantener limpios sus cuadernos? ¿Por qué no puede ser este el curso en que Rocío demuestre lo que vale o el año del milagro que en repetidas ocasiones se ha propuesto lograr Eduardo?

Hace algunos años Mercedes me contaba –llena de pasión– sus ambiciosos planes, las metas que iba a conseguir y de las que estaba supersegura.

“Se lo prometo –repetía una y otra vez–, ya verá cómo cambio este año.”

Ella no se acordará, pero aquel día confundí la prudencia con la cautela o con el cinismo. Tendría que haberme solidarizado con su entusiasmo, para luego, en todo caso, matizarlo un poco. Sin embargo, solté esa frase típica de adulto resabiado:

“Mira, Mercedes, no te hagas ilusiones…”

¡Naturalmente que hay que hacerse ilusiones! ¿En qué estaría yo pensando?

También los mayores deberíamos ser capaces de estrenar un cuaderno nuevo cada año, cada mes o cada día, con la fe y con la amnesia envidiable de los niños. Lo que nos frena es la experiencia. Mejor dicho, las tristes experiencias de los viejos fracasos que nos van cargando de tristeza la mochila y si uno se descuida, acaban por aplastarnos o por inhabilitarnos para cualquier tarea original o creadora.

Pero la experiencia no debe ser un lastre, sino un motor. No un freno, sino un estímulo para recomenzar con más ímpetu y sabiduría. Hablo, por supuesto, de todos los campos de la vida, pero especialmente del terreno espiritual, de la perenne batalla que hemos de sostener por ser mejores y en la que siempre hay que estar recomenzando.

Escribamos nuestro nombre y apellido en las tapas, que los borrones ya no están y el día que hoy empieza es otra vez el primero.

Y a quien le venga la tentación de apelar a la experiencia como coartada para pactar con la mediocridad, puedo contarle lo que me dijo mi amigo Heinz Kloster el día de su noventa cumpleaños:

“Mira hijo mío, la experiencia demuestra que no conviene fiarse de la experiencia. Al fin y al cabo, cuando uno tiene experiencia de verdad, ya no es capaz de recordar ni la experiencia que tiene.”

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