Una mañana de abril de 2007 tuve la grata experiencia de ver a mi hijo de once semanas de gestación a través del ultrasonido. Siempre es sorprendente el avance tecnológico que nos permite observar a un bebé dentro del vientre materno.

Al salir del consultorio, las noticias de la radio giraban en torno a las reformas propuestas en la Asamblea Legislativa del Distrito Federal, relativas a la despenalización del aborto antes de las doce semanas de gestación.

Los argumentos que oí esa mañana no eran diferentes de los que continuamente utilizan los partidarios del aborto. Pero yo sí era diferente: con once semanas de embarazo, acababa de ver a mi bebé y de escuchar su latido cardiaco; ¿podía creer que se trataba tan solo de una masa de sangre y de células sin vida, y asimilar que su futuro no le importara nada a las autoridades de esta ciudad?

No juzgo a las mujeres que por diversas circunstancias deciden abortar, porque muchas desconocen la verdadera dimensión del aborto y sus consecuencias, engañadas con falsas teorías de liberación que atentan directamente contra su dignidad.

Lo que sí juzgo es la actuación de la sociedad y del gobierno que no ofrecen alternativas a las mujeres que han concebido a un hijo no deseado (como asistencia social o adopción) ni tampoco han sabido educar en el ejercicio de la sexualidad responsable.

Es preciso facilitar a nuestros niños, jóvenes y adultos, una educación plenamente humana que englobe el significado de la sexualidad, ayudándoles a integrarla en un comportamiento personal e interpersonal que tenga en cuenta la importancia humana de la sexualidad y las responsabilidades que implica, tanto con quien se comparte el propio cuerpo, como en relación a la persona que puede empezar a existir a partir de la propia actividad sexual.

No cabe duda de que los enemigos de la vida son, por una parte, la ignorancia de los procesos biológicos prenatales (aun de los médicos) y una sorprendente ausencia de valoración de la vida humana, y por la otra, una falta de honestidad profesional de algunos médicos y empresas que han convertido al aborto en un negocio muy rentable.

Viví el proceso de discusión y aprobación legislativa estando embarazada. Cuando mi bebé cumplió doce semanas de gestación, pasó de ser un puñado de células sin vida a ser sujeto de protección legal, por lo que no pude dejar de preguntarme: ¿Existe diferencia entre mi hijo intrauterino de 11 semanas y el de 12 semanas de gestación?, ¿Es un ser diferente?, ¿Vale menos una persona a las 11 que a las 12 semanas de vida? Definitivamente, la respuesta a estas preguntas es: NO.

La vida comienza desde la fecundación y a partir de ese momento cada ser humano inicia un proceso de continuo desarrollo, renovación y perfeccionamiento orgánico que dura toda la vida.

Existe la certeza médica de que desde el momento de la unión de las células femenina y masculina, el embrión posee características estructurales y funcionales distintas a las de su madre, ya sea en una etapa unicelular o en sus diversas fases de división. En todas esas fases el embrión se comporta como un sistema orgánico con identidad propia, metabolismo propio, sistema inmunológico propio, ácidos nucleicos y tipo de sangre propios y diferentes a los de la madre. Desde el primer instante se pueden conocer (por diagnóstico molecular) muchas características del bebé, como son sexo, enfermedades congénitas, color de piel, estatura aproximada, etc.

A partir del momento de la fecundación, el niño concebido no forma parte del cuerpo de la madre, sino que tiene su propio ADN, único y original, completo y diferente al de sus padres.

Necesitamos conocimientos firmes y claros que nos saquen de un laberinto de confusión. No se trata de un tema trivial que dependa de la opinión de la mayoría, sino del más fundamental derecho humano: el derecho a la vida.

Debe quedar claro que la vida de la persona humana inicia desde el momento de la concepción. La vida del embrión es humana en todas sus fases, por lo que durante los nueve meses de gestación, lo único que puede desarrollarse es un ser humano.

El ciclo de transmisión de la vida humana es completamente personalizado; no es una cuestión de “química”, sino un proyecto de amor personal. Cuando una mujer está embarazada, su cuerpo se prepara para el cuidado del hijo. Si se aborta voluntariamente, este hecho deja una marca de estrés y de ruptura interna mucho más fuerte que el golpe de una separación natural.

El aborto provocado es un drama para el cerebro de la mujer y tiene un impacto de tal magnitud, que en psiquiatría es conocida la depresión que se produce después.

No hay que perder de vista que los vínculos naturales (el enamoramiento, la unión corporal, la maternidad, la paternidad, la familia, etc.) son muy fuertes en cada persona y, por lo tanto, no hay mayor violencia contra la mujer que el aborto que corta el vínculo entre madre e hijo.

Hoy mi hijo tiene cinco años y no puedo dejar de pensar en todas aquellas mujeres que sin darse cuenta se han privado voluntariamente de la alegría de ser madres. Algo muy serio sucede cuando los propios gobernantes son los que confunden delito con derecho y promueven año con año, marchas conmemorativas de homicidios masivos de seres inocentes.

Guardo la esperanza de que al igual que en otros momentos nefastos de la historia humana, la sociedad rectifique el camino y que la etapa que vivimos hoy, quede en el recuerdo como un pasado vergonzoso en el cual no se respetó la vida humana en toda su dimensión.

María Fernanda Talayero González es exalumna de la generación 99 del Colegio Miraflores de México.

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