Este año se publicó la quinta versión del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM por sus siglas en inglés), un instrumento que clasifica las enfermedades y diagnósticos (valga la redundancia) según la decisión y consideraciones de los miembros de la Asociación de Psiquiatría Americana (APA).

Uno de los cambios más importantes que contiene es, sin duda, el criterio que se refiere al manejo del desorden conocido como pedofilia, pues se dejó de considerar un desorden parafílico, es decir, se le quitó la etiqueta de “enfermedad mental”; situación que trae importantes consecuencias y riesgos, sobre todo para los menores que son el objeto de deseo de las personas que sufren de este desorden.

Dentro del grupo de enfermedades mentales, las relacionadas con el área sexual han implicado históricamente una serie de debates realizados desde la psicología, la antropología, la biología e incluso desde el ámbito jurídico; esto indica la complejidad del tema, ya que no pueden ser estudiadas fuera de su contexto social y cultural.

Este es el caso de la pedofilia, considerada un trastorno de la conducta sexual o parafilia, que consiste en la excitación o placer sexual obtenido a través de actividades sexuales con niños o niñas, que pueden abarcar desde la observación, exhibición, tocamiento o violación. Se diagnostica en personas mayores de 16 años que realizan cualquiera de las conductas mencionadas en niños menores de 13 años.

Una distinción importante para poder comprender la pedofilia o paidofilia es distinguir a las personas que la padecen, pero que no necesariamente incurren en buscar la actividad sexual con niños, de aquellos que si lo hacen, lo que se identifica como  pederastia. Esto significa que no todo pedófilo es pederasta, ni todo pederasta es pedófilo. Esta información se vuelve fundamental cuando se enfrenta una problemática que va más allá de un desorden psicosexual, pues va de la mano la seguridad física y mental de miles de niños en el mundo que se ven involucrados en casos de abuso sexual.

El tema no es algo que pueda tratarse en pocas páginas, pero sí es posible señalar que la preferencia sexual por un niño o niña, más allá de cualquier acuerdo de las asociaciones de salud mental o jurídicas, no va acorde con el sentido de la naturaleza humana, ni biológica, ni antropológica, ni social; fuera de cualquier relativismo desde el que se le mire, la pedofilia implica una condición desadaptativa necesaria de tratamiento psicológico y en ocasiones psiquiátrico, por el bien de la propia persona que la padece y de los riesgos sociales que esto implica.

El hecho de que no se considere problemático que un adulto desee sexualmente a un menor, los expone a situaciones de riesgo inminentes de abuso sexual; se sabe que en muchas ocasiones el adulto seduce o convence al niño o niña del acto sexual sin ser necesariamente “violento” u “obligatorio”. Debemos tener claro como profesionales de la salud y como padres que cuando un adulto se siente sexualmente atraído hacia un menor existe siempre el riesgo, pues el deseo es el inicio del movimiento hacia la acción, y es muy difícil que un deseo de esta naturaleza pueda quedarse siempre en fantasía.

Como padres de familia, conocer esta condición es esencial en el proceso de educación y formación de los hijos, pues algunos datos refieren a la Ciudad de México como una de las ciudades con mayores índices de abuso sexual infantil (Secretaría de Prevención y Participación Ciudadana de la Secretaría de Gobernación), señalando que, en la mayoría de los acosos, el perpetrador del abuso es una persona conocida por el niño.

Algunas recomendaciones que pueden ayudar a detectar de manera oportuna y/o disminuir el riesgo de abuso sexual infantil son:

•  Hablar del tema con los hijos desde temprana edad– abordar pláticas sobre sexualidad, respeto y límites es la mejor prevención.

•  Monitorear las conductas de los hijos– cualquier cambio en su conducta, estado de ánimo o hábitos sin algún evento evidente que los cause puede ser sintomático de un abuso o inicio de este.

•  Mantenerse cercano al ambiente y actividades escolares– para conocer las medidas de seguridad y valores que pone en práctica la institución.

•  Conocer las redes sociales que usan los hijos– hablar sobre ellas, sobre qué hacen cuando se conectan, con quiénes chatean, etc. No es indispensable estar en su grupo de amigos virtuales (aunque es opción), pero sí estar al pendiente de posibles vínculos con abusadores en la Red.

•  Creerle a su hijo cualquier tipo de sugerencia o denuncia explícita– no importando a quién señale como abusador, es necesario otorgarle el beneficio de la duda, es mejor iniciar un proceso de investigación que resulte falso, a lamentar no haberlo hecho.

•  No estigmatizar– un niño que ha sufrido abuso sexual tiene todas las condiciones y posibilidades para salir del problema con la debida ayuda profesional y familiar. Es necesario romper el mito de que el niño tiene, a partir del abuso, una condición inamovible que le llevará a sufrir conflictos sexuales, o aun peor, de que  invariablemente se convertirá en pederasta en el futuro.

En caso de detectar un problema de abuso sexual, debemos acercarnos de inmediato a las autoridades competentes y buscar un apoyo psicológico para el niño y la familia.

Mtro. Carlos Becerra, especialista de TAD (THINK · ACTION · DEVELOPMENT), docente de posgrado y terapeuta titular del Instituto de Terapia Cognitivo Conductual.

Mtra. Desiree Carlson Sanroman, especialista de TAD (THINK · ACTION · DEVELOPMENT) y directora en Latinoamérica de Corazón en Movimiento.

www.tad.org.mx,   ThinkTad,   @ThinkTad

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