“Vosotros sois la luz del mundo. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”.

Mateo 5, 14-16.

Todos en algún momento hemos querido ser invisibles; que pareciera que no estamos ni somos, pero no es posible. Estamos y somos, aun en los momentos en los que quisiéramos decir “trágame tierra”. Somos, en las buenas y en las malas; es inevitable. Gracias a Dios, así es y forma parte de nuestra dignidad como personas y de nuestro misterio como seres humanos.

Y si no podemos desaparecer, es porque tenemos una dimensión fundamental y desafiante de la que hay que tomar plena conciencia: la que ven los demás, nuestra imagen y nuestro ejemplo. Es inevitable, aunque volteemos para otro lado; no importa nuestra edad, si tenemos dinero o no, lo que sabemos o ignoramos, es igual para todos: los demás nos ven y eso se convierte en nuestro mensaje. Mientras más genuino y espontáneo, mejor. Y es tan importante que generalmente pesa más que lo que decimos. Así de simple: las palabras convencen, el ejemplo arrastra.

En la sociedad vemos confusión; en la política, corrupción; en la familia, desunión; en el colegio, indisciplina; en la calle, crimen; en los estadios, violencia; en el antro, exceso; en la iglesia, falta de vocaciones. Parece que nada ni nadie se salva, y los ejemplos populares, lejos de ayudarnos nos confunden. ¿No hay salida? ¡Claro que la hay! Es el ejemplo; no el de los demás, sino el nuestro. El ejemplo somos nosotros, nuestro mejor yo. ¿Por qué no hay más sacerdotes ni monjas, por qué no hay más políticos honestos, mejores maestros, familias felices, calles confiables, antros serenos, partidos seguros, etc.? Quizá porque las autoridades no hacen lo que tendrían que hacer; es algo que siempre se podrá señalar, pero seguramente porque nosotros no hacemos lo que tenemos que hacer.

El ejemplo se da al ser tal cual somos, sabiendo qué somos. No crear una imagen, sino ser la imagen. Si somos, la imagen se da naturalmente; si no somos, se nota, es algo artificial, construido, aprendido, y el mundo necesita de personas que sean, no de gente que parezca. Y de preferencia, ser nuestra mejor versión.

Todos tenemos momentos buenos y malos, es natural. Procuremos que los buenos sean más que los malos. El mundo quiere y necesita más ejemplos que explicaciones.

¿Queremos más sacerdotes? Seamos comprometidos, rectos, comprensivos, inspiradores. ¿Queremos más monjas? Seamos felices, amorosas, alegres. ¿Queremos mejores maestros? Seamos más pacientes, maduros, enterados. ¿Queremos mejores padres? Seamos cercanos, comprensivos, dedicados.

El buen ejemplo nos inspira al bien, nos hace madurar y crecer,  es el reflejo de la belleza interior que nos da paz, que es sencilla y nos llama a todos, que nos seduce y fascina, que no busca agradar sino ser, que es simple y auténtica, que dice lo que piensa y siente, que es feliz porque agradece la vida y se encomienda a Dios.

No hay vuelta de hoja, el mejor servicio que podemos hacer en esta vida es el ejemplo.  Di lo que creas mejor, recomienda lo que te parezca óptimo, aconseja lo bueno, pero lo importante es cómo vives. La clave es y será el ejemplo, y aunque suene a viejo: el buen ejemplo.

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