El “Principio de placer y de realidad” de Freud explica las relaciones subjetivas de las personas con el mundo objetivo.

Lo expuso con simplicidad. Un niño recién nacido –en un caso normal– vive en un mundo espectacular de placer: le dan de comer y lo cargan cuando llora, duerme y se despierta cuando quiere. El mundo existe para satisfacer sus necesidades y caprichos. Poco a poco los padres le enseñan los horarios de sueño; así las cosas, lo van educando conforme a la realidad. Llega el destete, penoso pero necesario, y no suele querer ir a la escuela el primer día (y quizá nunca, si le dieran a escoger). Debe hacer tareas y asistir a los entrenamientos, si no quiere que lo dejen en la banca a la hora del juego.

Lo anterior expresa cómo el niño debe adaptarse a la realidad y no la realidad a sus deseos.

Todo proceso educativo debe llevar este componente operativo. Así funciona el mundo. Un joven maduro es aquel que sabe armonizar con sabiduría práctica lo que quiere con lo que debe (“vida lograda” le llaman los filósofos aristotélicos como MacIntyre) y sobre todo, con lo que quieren y deben hacer los demás (sociabilidad).

Pero en el contexto postmoderno y proteccionista, en ocasiones uno descubre que los padres y a veces nosotros, los maestros, (principalmente para no ‘guerrear’ con padres ‘conflictivos’: “total, yo nada más lo tendré un año; ellos lo soportarán toda la vida”), no estamos dispuestos a asumir los costos que el razonable principio supone, cuando los chicos –como es lógico– ofrecen resistencia. Y preferimos ceder y simular que es la realidad la que está al servicio de sus deseos. “Hijos tiranos, padres obedientes” se intitula un libro del profesor Jesús Amaya.

Referiré un caso ilustrativo, entre varios. Tenía un alumno de primaria al que no acertaba cómo tratar. Era quejoso y blandengue, irritable e irritante. Transcurrieron los meses y un día descubrí la causa. Encontré a madre e hijo en la cafetería. ¡Figúrate la imagen! El niño estaba jugando con toda su atención puesta en un dispositivo electrónico, gesticulando y moviendo los brazos de emoción, mientras la madre le acercaba una cucharada de comida y le rogaba con tono dulzón: “Ándale papitooo, que se te enfría la comida”. Y el niño persistía en su dispositivo y a regañadientes abría la boca.

Me quedé helado. Comprendí entonces por qué jamás el chico cedía y era tan complicado. Subjetivamente, el niño estaba convencido de que la realidad estaba a sus pies para atenderlo, y familiarmente lo estaba. Por eso se enfadaba cuando en la escuela (y en la vida) eso no sucedía. Me he arrepentido de no habérselo advertido a la madre; por eso lo hago ahora a otros padres.

Acertamos cuando orientamos a los niños hacia la realidad, en la que el que no trabaja no come y el que no se cuida, se enferma.

Quien es maleta se queda en la banca y el que no sabe, no obtiene el empleo. El que no supera obstáculos ni lucha por encarnar las virtudes, no persevera en sus relaciones interpersonales; el que no respeta las reglas de tránsito, “porque le gusta correr”, se estrella.

Erramos el camino educativo cuando les satisfacemos los caprichos a los niños y adolescentes con funestas consecuencias en todos los niveles antropológicos, y cuando los educadores principales, los padres, van en dirección opuesta a los secundarios, los profesores.

No en balde el segundo libro del profesor Amaya se llama “Los hijos tiranos llegan a las empresas”, y un tercero, fuerte pero nada ajeno a las clases media y alta: “Hoy tirano, mañana Caín”.

Es elocuente el decálogo difundido por  una comisaría de policía de Washington, tras su experiencia en casos de delincuencia juvenil:

Manual para formar delincuentes:

1. Comience desde la infancia dando a su hijo todo lo que pida, así crecerá convencido de que el mundo entero le pertenece.

2. No le dé ninguna educación espiritual. Espere que alcance la mayoría de edad para que pueda decidir libremente.

3. Cuando diga palabrotas, ríase; esto lo animará a hacer más cosas graciosas.

4. No lo reprenda nunca ni le diga que está mal algo que hace, podría crearle complejos de culpabilidad.

5. Recoja todo lo que él deje tirado: libros, zapatos, ropa y juguetes; hágaselo todo, así se acostumbrará a cargar la responsabilidad sobre los demás.

6. Déjele leer todo lo que caiga en sus manos. Cuide que sus platos, cubiertos y vasos estén esterilizados, pero deje que su mente se llene de basura.

7. Dispute y riña a menudo con su cónyuge en presencia del niño, así no se sorprenderá ni le dolerá demasiado el día que la familia quede destrozada para siempre.

8. Déle todo el dinero que quiera gastar, no vaya a sospechar que para disponer de dinero es necesario trabajar.

9. Satisfaga todos sus deseos, apetitos, comodidades y placeres. El sacrificio y la austeridad podrían producirle frustraciones.

10.        Póngase de su parte en cualquier conflicto que tenga con sus vecinos, profesores, etc. Piense que todos ellos tienen prejuicios contra su hijo y que de verdad quieren fastidiarle.

 

Jorge Quesada Pérez es docente y estudia posgrado de Historia
en la UNAM.

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