Somos una sociedad de consumo no sustentable que se ha vuelto víctima de lo inmediato. Estamos rodeados de propaganda que nos invita a consumir tanto como podamos en el menor tiempo posible y nos hemos olvidado del tiempo que la naturaleza necesita para restablecer el balance idóneo en el planeta.

No basta con iniciativas menores como instalar focos ahorradores o una siembra de árboles. Eso es parchar los problemas en lugar de enfrentar su origen. ¿Qué pasaría si cada individuo adoptara una actitud más solidaria con el planeta y combatiera la causa de los problemas en vez de solo sus síntomas? Se daría un paso fundamental hacia la sustentabilidad. Los ciudadanos jugamos un rol muy importante a través de las decisiones que tomamos día a día. Bien lo decía Julio Cortázar en su libro El Perseguidor: “En realidad, las cosas verdaderamente difíciles son todo lo que la gente cree poder hacer a cada momento”.

Hay personas capaces de renunciar a una recompensa mayor si esta implica realizar un esfuerzo constante, prefiriendo aquello que se puede conseguir de manera rápida y fácil, como ejemplifica el siguiente caso del psicólogo austriaco Walter Mischel, quien en 1962 condujo uno de los estudios más reveladores en la historia de la psicología y de la educación.

El estudio consistía en llevar a un niño a una habitación, en la cual inmediatamente entraba un investigador que le regalaba un malvavisco; al dárselo, le decía que si era capaz de aguantar las ganas de comérselo hasta que regresara dentro de 15 minutos, le regalaría otro. Esperar y esforzarse un poco significaba el doble de ganancia.

Los resultados fueron sorprendentes: coincidió que, en general, aquellos niños que no se comieron el malvavisco antes de 15 minutos, eran los que tenían buenas calificaciones en la escuela y mantenían una relación sana con sus demás compañeros. Por el contrario, los que comieron el malvavisco antes de los 15 minutos, iban peor en la escuela y mostraban ciertos problemas de comportamiento. Ante estos resultados, el psicólogo se aventuró a predecir cuáles niños tendrían un exitoso futuro como profesionistas y padres de familia, lo que se comprobó al paso de los años con una impresionante exactitud.

Tal parece que el estudio, que se ha replicado en diversas ocasiones y partes del mundo, no deja lugar a duda: más allá de su desempeño académico o condición socioeconómica, lo que determina el futuro de una persona es su capacidad para controlar sus impulsos, saber esperar y ser constante al perseguir un objetivo. Un minúsculo grado de voluntad hace la diferencia y marca los patrones de conducta de toda una vida.

Si lo pensamos un poco, como sociedad nos vemos reflejados en estos niños. Conocemos la situación de nuestro planeta, así como los beneficios de un estilo de vida sustentable, pero preferimos la ganancia inmediata. Lo cierto es que no es suficiente con poner parches, se requiere un verdadero compromiso. ¿Estamos dispuestos a enfrentar los problemas del planeta ahora en pos de un mejor futuro?

Soy un convencido de que este cambio vendrá, lo que me preocupa es cuándo. Espero que no suceda hasta que la naturaleza se encargue de recordarnos de mala manera que somos un elemento más del gran sistema natural. Estamos a tiempo de tomar cartas en el asunto.

En siglos pasados, las grandes revoluciones fueron armadas. Este siglo se llevarán a cabo con otro tipo de acciones. Hacer las cosas de manera distinta que los demás cuando sabemos que es lo correcto, es en sí mismo un acto revolucionario.

Quiero terminar con una frase de Howard Zinn: “Pequeños actos, multiplicados por millones de personas, pueden transformar el mundo”.

 

Alejandro Robles es exalumno del Colegio Miraflores.

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