Hace tres años acepté una invitación única: acompañar a María Ruiz Miguel a un campamento para ciegos y débiles visuales en Napa Valley, Ca. Fue así como comencé a adentrarme en su mundo; un mundo marcado por la rubeola contraída por su madre durante el embarazo, que le ocasionó una serie de discapacidades motoras, debilidad visual y problemas auditivos.

El primer paso para inmiscuirme en su profundo universo fue hacerle una pregunta: “¿Qué ves de mí?”. Ella respondió serena: “Puedo ver que estás vestida de rojo, tienes el pelo largo y oscuro, pero no puedo ver tu cara ni tus gestos. A veces esto hace que yo no sepa si la gente está enojada conmigo, porque no puedo leer su rostro.” Escucharla es un privilegio porque es una persona sensible, inteligente, creativa, curiosa  y sumamente divertida.

María es una guerrera que pelea en varios campos de batalla: El primero es su cuerpo, que encierra  las discapacidades con las que lucha día con día. El segundo, un mundo que no ha evolucionado lo suficiente como para ser incluyente; que a través de sus sistemas sociales e ideológicos y su estructura misma, discrimina y margina a las personas con alguna discapacidad. Por último, María demuestra su valor y su poder al subir al escenario para ser la voz de todos aquellos que no tienen la posibilidad de expresar el dolor y la injusticia que viven en un mundo intolerante; desde su silla de ruedas mueve al público con su testimonio.

Tuvimos que pasar por aviones, escalas y carreteras para llegar a Enchanted Hills Camp.  El campamento contaba con alrededor de 60 participantes (campers) y 20 consejeros (counselors). Me pusieron a cargo de una cabaña para personas con necesidades especiales en la que además de María, –por estar en silla de ruedas–,  se hospedaban tres niñas con retraso mental.

Entre los campers existían diversos grados de discapacidad visual. Me sorprendía conocer a alguien y días después descubrir que era ciego. Entonces le pregunté a una enfermera que me ayudaba en la cabaña con el cuidado de las niñas: “¿Cómo sé quién es ciego?”. Ella me respondió: “Maite, aquí todo el mundo es ciego”. Sentí escalofríos en la piel.

Los primeros días tomé muy en serio mi rol de cuidadora y les hacía todo a las niñas: limpiaba la mesa, les traía de comer… Ingenuamente pensaba que hacía bien mi trabajo hasta que mi jefa me llamó la atención: “Maite ¿qué estás haciendo? No tienes que ayudarlas tanto, ellas pueden solas. El objetivo de este campamento es que empiecen a construir su independencia”. Fue en ese momento cuando me di cuenta de que llevo dentro los prejuicios que tanto critico. Mi sobreprotección escondía una imagen desvalorizada de las niñas, según la cual yo pensaba que no podían hacer las cosas igual de bien que yo. Aprendí a hacerme a un lado para observar sus  capacidades sin enfocarme en sus discapacidades.

Cuando hablaba con los ciegos los miraba a los ojos sabiendo que ellos no me veían a mí. ¿Qué nace cuando se cruza nuestra mirada con la de un ciego?  Tal vez nos ven como sonidos y olores articulados que constituyen una presencia. Es en los vericuetos de este desencuentro donde se construyen los encuentros.

Esta experiencia fue fascinante porque me permitió contemplar la forma como se desenvuelven los ciegos en determinados escenarios. En cuanto a la imagen corporal, me sorprendió analizar cómo se relaciona una persona con su cuerpo cuando carece de una imagen visual de sí misma, y la construye a través del rastro que dejan los dedos en la piel. ¿Dónde queda el pudor cuando uno no puede percibir la mirada del otro ante la propia desnudez? Un ciego no puede descifrar las palabras que gritan los ojos cuando juzgan.

¿Cómo baila alguien que nunca ha visto bailar? Durante el baile de clausura se arreglaban para lucir una imagen que nadie veía,  podían pasar la noche entera buscando a su pareja y no encontrarla. Tal vez el baile de los ciegos es el más original porque no existe imitación, ni pose, ni intenciones… Solo existen cuerpos que se mueven libres y sin censura por el sonido que los rodea.  Viajan errantes por la pista, hasta que súbitamente se topan con otro cuerpo y se preguntan quiénes son. Si lo desean ambos, se toman de las manos y bailan un rato sin moverse de lugar para no perderse de su pareja hasta que se separan y siguen su camino, esperando que otra vez esta búsqueda accidental les lleve a otro cuerpo.

¿Cómo se explica un ciego la discriminación al color de piel si no entiende los colores?  Tal vez todos deberíamos de jugar a ser ciegos un día, dejar de mirar para no juzgar, conocer el mundo sin la pesadumbre de la opinión y la influencia de otros, dejar de estar a la altura de las imágenes que nos proyecta la sociedad. Tal vez así, inmersos en esa ceguera temporal, podamos ver mucho más allá.

Los ciegos fueron grandes maestros para mí. Podría hablar de muchas cosas que aprendí con ellos, pero la que más destacó es la singularidad que existe en cada persona. Antes de analizar a alguien en función de su discapacidad, es necesario anteponer su condición de persona; antes que nada es un ser humano y debemos relacionarnos desde esa postura común.

Maite Belausteguigoitia Ibarrola  es exalumna de la generación 2009 del Colegio Miraflores de México y estudia Psicología en la UIA.

Compartir