Fernando de Magallanes fue el primer hombre del planeta en lograr una circunnavegación completa en 1522. Además de su conocimiento científico vanguardista y su arrojo ibérico, Magallanes contaba con un instrumento imprescindible que orientó todo su itinerario marítimo: la brújula.

En nuestras andanzas por el mundo, las personas contamos con una “brújula antropológica” que orienta nuestro itinerario existencial: la conciencia. Pero, ¿qué es?

En Oriente, Confucio la llamó “la luz interior para distinguir el bien del mal”. Filosóficamente, la conciencia es “un juicio práctico de la razón por el cual discernimos el bien y el mal”. El cristianismo le ha llamado el santuario del alma donde resuena la voz de Dios. La experiencia nos muestra que aunque a veces cuesta seguir la conciencia, es el camino para alcanzar la propia felicidad.

Pero esta brújula natural puede averiarse y su luz oscurecerse, por lo que hay que cuidarla.

Existen dos modos de averiar la brújula y dejarla inservible. Los dos pueden acosarnos en algún momento existencial. Por ello es muy útil identificarlos.

El primero consiste en pisotear la conciencia en la vida práctica. Pienso en los reyes Enrique VIII de Inglaterra y Felipe II de España, parecidos en el exterior y diferentes en la intimidad.

Enrique VIII era un rey bienintencionado; incluso escribió un libro para defender y difundir por Europa la pureza de la fe mientras Lutero la distorsionaba. Pero cuando años después su legítima esposa Catalina de Aragón no le daba un hijo, cambió de opinión. Ya no le “convenía”, en términos políticos, seguir su conciencia. No dejar sucesor era dejar el poder real en otra familia. Cómplice también de su propia sensualidad –para entonces ya tenía aventurillas–, tensionó la brújula de su conciencia en grado extremo y pidió al Papa que le concediera el divorcio y legitimara su matrimonio con su amante Ana Bolena.

Ante la negativa del Pontífice en salvaguarda de la doctrina cristiana, claramente señalada en el Evangelio (Cfr. Mt, XIX, 9), Enrique VIII no solo rompió con su fe –y con su propia conciencia–, sino que obligó a todos sus vasallos a doblegar su conciencia según las sábanas reales y mutar la religión, adaptándola a las convenencieras circunstancias. Nació así el anglicanismo como una religión a la carta. El rey había tomado del menú lo que le apetecía del cristianismo, despreciando el resto, empezando por la confesión. También había roto su conciencia, que ya solo estaría atenta a satisfacer sus caprichos; por ejemplo, eliminando a quienes disintieran de su opinión (Santo Tomás Moro) y tomando otras seis esposas.

Felipe II, por mandato de su padre Carlos V, se casó con la reina María Tudor, hija (católica, por cierto) de Enrique VIII. La estrategia política y cristiana era astuta. Aquello aumentaría la influencia política de España y además incidiría en retornar a la fe católica a Inglaterra. Con un ligerísimo inconveniente marital: él tenía 25 años y ella 39, y además estarían lejos entre sí. Al pasar algunos lustros, Felipe II no solo era el monarca más poderoso del mundo, también había incurrido en algunos deslices románticos con hermosas jóvenes cortesanas. No tenía por qué dar cuentas a nadie, pero su conciencia le reclamaba aquellas infidelidades cara a Dios. Sabemos que acudió siempre con el humilde franciscano que había escogido como confesor, para presentarse ante el tribunal divino de la misericordia. Confesar sus miserias personales ante Dios, era para Felipe II el único camino para ser fiel a la propia conciencia, mientras que Enrique VIII procuró a toda costa neutralizarla. No es extraño que fuera tan desdichado, porque un componente verdadero de la felicidad es obedecer la propia conciencia.

El otro camino para desvanecer y desdibujar la conciencia, muy popular actualmente, se llama relativismo, y consiste en decir que no se puede distinguir el bien del mal por ser imposible alcanzar la verdad ante tantas opiniones diferentes en el mundo y en la historia en torno al bien.

El relativismo tiene su parte de verdad, valga la paradoja. La realidad es muy compleja y prácticamente todo cuanto juzgamos de ella es relativo: si es mejor estudiar en tal o cual universidad; si es mejor una política constitucional, económica u otra; si es mejor un sistema pedagógico o tal otro; si Sofía es mejor que Mari Fer… Todo es opinable y en buena medida, relativo. Habrá razones para inclinarnos más hacia unas realidades prácticas, pero jamás un juicio inobjetable y menos aun infalible.

Sin embargo, hay un núcleo de principios prácticos que sí podemos conocer con verdad y sin error. Las verdades absolutas son muy pocas, pero son trascendentales para el buen desarrollo de la propia biografía, para una vida familiar feliz, para toda la sociedad y para buscar a Dios. Y son principios éticos; es decir, los conocemos naturalmente con la brújula de la conciencia.

Esos principios han sido descubiertos por las tradiciones culturales y religiosas más importantes de la historia, y han sido plasmados en sus textos pilares, tanto en Oriente como en Occidente; los irás encontrando si te das a la tarea de leer (yo lo voy haciendo poco a poco) los textos pilares de diversas culturas, como: Aforismos de Confucio, el Antiguo Testamento, el Códice Florentino que describe la vida moral de los mexicas, los Diálogos de Platón y los libros éticos de Aristóteles, el De Officcis de Cicerón, el Corán, y desde luego, vale la pena leer diariamente uno o dos capítulos del Nuevo Testamento y acabarlo completo al menos una vez al año.

En todos ellos descubrimos tres principios éticos fundamentales: HAZ EL BIEN Y EVITA EL MAL, y otro que llamamos la regla de oro: NO HAGAS A OTROS LO QUE NO QUIERES QUE TE HAGAN A TI. De este principio se desprenden, por ejemplo, los mandamientos de la ley de Moisés: no mates, no robes, no mientas, no seduzcas a la esposa el vecino, etc. ¡Porque no nos gustaría ser víctimas de ninguna de estas acciones! Ama a Dios, honra a tus padres, respeta la propia integridad sexual, etc., ¡Son acciones de las que nosotros queremos ser protagonistas! Y finalmente, NO HAGAS UN MAL PARA ALCANZAR UN BIEN.

Las culturas pilares tienen algunos ejemplos: “No digas palabras ofensivas contra otro” (hindú); “No he causado miseria y hambre a otros”, “Ama a tu esposa con devoción toda tu vida, alegra su corazón” (El libro de los muertos, Egipcio antiguo); “Mansedumbre” (shu); “Lo que tú no quisieras que te hagan, no lo hagas tú a otros” (Confucio, Entretienes 15, 23); “Ves, Tor, obtuviste desgracia cuando golpeaste mujeres” (Escandinavo antiguo, Hárbarthsljóth, 38); “El hombre bueno y sensato quiere a su esposa y la protege” (Homero, Ilíada IX, 340); “¿Ha seducido él a la esposa del prójimo?”, “¿He trazado fronteras falsas?” (Babilonio antiguo, lista de pecados); “Habla con bondad, muestra buena voluntad” (Babilonio, Himno a Samás); “Un comportamiento apropiado hacia los hermanos y padres es el camino de la bondad” (Chino antiguo, Analectas I, 2); “Ama a tu prójimo como a ti mismo” (Antiguo Testamento, Levítico IXX, 18); “Debes cuidar a tus padres” (en Grecia, Epícteto III, 7); “Por temor a un hombre no debo dejar que los dioses me castiguen” (Sófocles, Antígona v. 460); “Lo primero en lo referente a la justicia es que nadie debe hacer el mal a otro”, “Debes morir antes que escoger actos infames” (Cicerón, De Officiis I, 7); “No matéis a vuestros hijos por miedo a la pobreza […] Y no cometáis adulterio. Y no quitéis la vida que Dios ha declarado sagrada, si no es por una razón justa […] Y no toquéis los bienes del huérfano […] Y dad la medida completa cuando midáis, y pesad con una balanza justa […] Y cumplid todos los compromisos” (Corán, Sura 17, 22-38);“En verdad te digo, si el grano no muere, queda infecundo; pero si muere dará fruto abundante. El que ama su vida la pierde” (San Juan, XII, 24).

Se pueden consultar las citas anteriores y el argumento en tres ensayos importantísimos: La abolición del hombre y Mero cristianismo, ambos de C. S. Lewis, y En busca de una Ética Universal, un nuevo modo de entender la ley natural, trascendental texto de la comisión teológica internacional, 2009.

En definitiva, la encrucijada actual nos muestra cuán importante es tener en buen funcionamiento la brújula del bien y del mal: la conciencia. Debemos seguirla con sinceridad y formarla para que siempre esté bien calibrada. Es la única manera de llegar felizmente a buen puerto en el periplo de la vida.

Jorge Quesada Pérez es docente y estudia posgrado de Historia en la UNAM.

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