Muchas mujeres nos preguntamos: ¿cómo lograr que el hombre que amamos nos sea fiel? Y creemos encontrar la respuesta reduciendo el amor conyugal al aspecto sexual; postura consecuente con la ola de erotismo que invade todos los campos de la vida moderna.

No podemos engañarnos; hablar de fidelidad es hablar de un verdadero amor que nada tiene que ver con un romanticismo barato ni con el simple placer sexual. El sexo no “causa” el amor. El sexo no es más que sexo, y si no hay amor antes, no lo habrá después; lo que puede haber es más tensión y más incapacidad para amar.

Solo el amor auténtico nos permite descubrir en la otra persona a quien nos importa y nos afecta. Se busca su bien y se lucha por sacar lo mejor de ella.

Quien ama percibe al otro como una aventura digna de vivirse. Cuando amamos nos perfeccionamos en cuanto seres humanos; cuando no amamos, no nos interesa el verdadero bien del otro y nos reducimos a una condición de casi animal.

Frecuentemente se habla del amor como si fuera una simple atracción erótica, sin considerar que el auténtico amor requiere madurez y olvido de sí. Los esposos deben compartir todo generosamente, sin reservas o cálculos egoístas. Es a través de la vida matrimonial que aprendemos a amar a la vez que enseñamos al otro a amar y viceversa.

La actual crisis matrimonial puede darnos un saldo positivo: el de esclarecer cuál es la esencia del amor conyugal. Si contemplamos al matrimonio como una máquina de fabricar satisfacción mediante la búsqueda directa del propio placer, lo estamos condenando al fracaso. Para que el ejercicio de la sexualidad en el matrimonio favorezca el amor conyugal, es necesario que el trato corporal íntimo sea expresión de un amor profundo, personal y genuino. Solo así se produce una verdadera entrega entre los cónyuges; es decir, el obsequio mutuo y completo de su ser, lo que implica necesariamente la posesión del propio ser y el control sobre la voluntad, afectos, pasiones y apetitos.

Quien ama de verdad a su cónyuge, no lo ama por lo que recibe, sino por él mismo, dichoso de poderlo enriquecer con el don de sí. El acto conyugal, por tanto, no se limita al aspecto sexual; es fuente de relación personal e íntima entre los esposos.

¿Hay relación entre la búsqueda egoísta del placer sexual y la infidelidad conyugal?

La infidelidad conyugal no constituye un hecho aislado más o menos relevante, sino que configura una manifestación de una forma de vivir la vida. La búsqueda del bienestar sin esfuerzo y del placer como fin, deja su huella en todos los ámbitos de la existencia, y particularmente  en el tema de la sexualidad.

Hoy el sexo es omnipresente y susceptible de consumo. Existe una especie de consenso general que reduce la sexualidad a mera fuente de placer. El YO se impone a toda costa a través del placer y no le importa lo que el amor es, solo atiende a sus intereses, caprichos y apetitos. Y un amor  conyugal en el que todo se observa bajo el prisma del placer, carece de recursos para vivir la fidelidad. La infidelidad no responde a una cuestión de sábanas y encajes sino a una postura egocéntrica que siempre justifica la búsqueda del placer.

¿La continencia periódica conduce a la infidelidad conyugal?

El uso de métodos anticonceptivos se ha generalizado y los casos de infidelidad han crecido como espuma, por lo que no existe relación entre esos dos aspectos.

Para asegurar la fidelidad, los esposos deben aspirar a conquistar una mayor categoría y madurez de su amor recíproco. Las relaciones conyugales se pueden calificar como satisfactorias cuando incrementan el amor entre los esposos.

En este sentido, los métodos naturales llevan a adoptar la perspectiva del otro, lo que constituye la clave del verdadero amor y de la exigencia del matrimonio.

El ejercicio de la continencia periódica lleva consigo toda una manera de entender y vivir el amor, y el ejercicio de la sexualidad, que trae consigo los siguientes beneficios:

a)  Aumento de comunicación en lo relativo a la sexualidad, mejorando también el diálogo en torno a otros tópicos.

b) Asunción conjunta -en plano de absoluta igualdad- de todas las decisiones referentes al trato íntimo.

c)  Incremento en el autodominio del propio ser y de la sexualidad.

d) Ayuda inestimable para salir de uno mismo y adoptar la perspectiva del otro.

e)  Menor dependencia del placer puramente corpóreo, que por eso se torna más pleno y personal.

La conquista de la felicidad entraña una notable paradoja: cuanto más se empeña uno en conseguirla, transformándola en objeto explícito e inmediato de búsqueda, más parece alejarse de nuestras manos.

Lo único que puede  garantizar la fidelidad dentro del matrimonio, es el amor y la entrega mutua.

El verdadero amor supone libertad y ésta implica autodominio. Hay que aprender a amar y enseñar al otro a amar. Hablar y escuchar a la pareja, cuidar los detalles de cariño, contarse sus miedos, alegrías, expectativas; conocerte y conocerlo para emprender juntos la maravillosa aventura de acrecentar el amor, que es lo que realmente garantiza la fidelidad matrimonial.

María Fernanda Talayero es exalumna del Colegio Miraflores de México.

 

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