La gente piensa que la moral es el sexto Mandamiento, que la decencia se reduce a la reglamentación sexual. Lo que importa es ser una persona “decente”, cumplir con la castidad y eso es todo.
Una moral reducida al mínimo.

 Para ser persona decente basta con no tener amante. ¿Qué clase de moral es esta? Cristiana no, por supuesto. Y ahí estamos, muy “decentes” pero muy inmorales.

Una familia puede decirse “honorabilísima” si el señor triunfó sobre su adversario comercial sumiéndolo en la más dolorosa de las quiebras, hace maniobras para no pagar a los obreros el salario que estipula la ley o defrauda al cliente con un producto de baja calidad. La “respetable” señora se dedica a cumplir con sus compromisos sociales y sonríe a todas las personas que por dentro aborrece. A los hijos varones se les da permiso de parrandear y volver a casa a la hora que quieran y en el estado que sea, mientras que a las hijas se les “amarra” para que lleguen vírgenes al matrimonio (con un hombre de buenos dineros), y no importa si ellas se han dado maña para ser ya solo “vírgenes a medias”. Eso sí, toda la honorable familia muy bien vestida con ropa de firmas caras. Y comen con pulcritud aunque vomiten maledicencia contra el prójimo. Lo respetable consiste en parecer.

La moral es amor

Son diez los Mandamientos, no se pueden reducir solo al sexto, y para colmo, ese aplicarlo solo a las mujeres. En buena ética, el precepto de caridad es un mandato muy superior al de la castidad. Mas, la gente “decente”, o no lo sabe –porque ignora totalmente la esencia del cristianismo– o lo ha olvidado.

¿De qué le sirve a una persona preocuparse de no caer en la impureza si duerme muy a gusto luego de calumniar a otra? ¡Qué falta de proporción padece en su conciencia!, ya no distingue entre lo grande y lo pequeño.

La pureza no es toda la moral. No se le haga sinónimo de moralidad. Nadie se sienta bueno porque cumpla con el sexto, pues ¿qué ha hecho con los otros nueve Mandamientos? ¿A nadie le remuerde su cobardía, su ausencia de generosidad o su vida estéril? ¿Dónde están valores como la veracidad, la valentía, la
honradez, el amor al prójimo, la humildad y la generosidad?

Existe una jerarquía sagrada en el bien.

La caridad es primero, lo capital, lo principal. La humildad es otra virtud excelsa, pues sin ella resultan falsas todas las demás. La valentía es condición para cumplir nuestros deberes. La diligencia en hacer el bien es imprescindible, pues quien lleva una vida infecunda es radicalmente un inmoral. Así que la pureza, aunque es una bella virtud, viene a ser de quinta o sexta categoría. ¿A razón de qué se atreve a monopolizar la atención y postergar virtudes más excelentes hasta abolirlas?

El desorden arbitrario en la jerarquía de valores es el culpable de la ruina de nuestro país en muchos sentidos. La enfermedad que sufrimos es la del odio, la indiferencia y el desa-
mor. Carecemos del ímpetu que da el amarlo todo y entonces nos dedicamos a destruir.

Caridad significa “amor” en griego. Se le
adoptó en este idioma para que la palabra “amor” no fuera a confundirse con sexo, y aquello de “Amaos los unos a los otros” no fuera a malinterpretarse como “acostaos los unos con los otros”. Todo el Decálogo se cifra y consiste en una sola palabra: Caridad. O lo que es lo mismo: “AMA”.

El que ama no ofende, no roba, no mata; por el contario: ayuda, consuela, cura, protege, acaricia, enseña. El que ama no se suicida, no consume drogas, no se alcoholiza, no se menosprecia. El que ama busca la verdad, el saber, cuida su cuerpo, agiganta su espíritu para valer cada día más, se entrega a empresas grandiosas, se realiza realizando obra fecunda para dejar un rastro luminoso de su paso por la tierra. El que ama a Dios, cuida de su viña para dejar el mundo un poco mejor de como lo encontró, se esfuerza en que otros también amen al Señor, y se preocupa de que todos los instantes humanos apunten y se encaucen hacia la felicidad perdurable.

Hermosa, hermosísima es la moral porque es amor. ¿Por qué minimizarla al sexto Mandamiento, perdiendo de vista su esencia de fuego, su esencia de amor?

De poco nos valdrá jactarnos de nuestra pureza si tenemos el corazón vacío de afectos. Le preguntan a Cristo: “¿Quién será el mayor en el reino de los cielos? Y Él responde: “Aquel que tenga mayor caridad”.
Y añade: “Sea quien fuere”. Por eso en otra ocasión, echando en cara a los fariseos, escribas y sacerdotes su falta de amor, los increpa durísimamente: “¡Os precederán hasta las prostitutas!”. Tanto amas, tanto vales.

Así ha establecido el Señor claramente la jerarquía de las virtudes morales. Y con sus actos todavía lo confirma: perdona a la adúltera, conversa con la samaritana que ya había cambiado varias veces de marido y se deja ungir los pies por Magdalena, la ramera. No les justifica que pequen, pero perdona fácilmente el pecado de lascivia. En cambio, la soberbia y la falta de caridad lo encolerizan.

Es la caridad humilde la reina de la ética. Somos buenos en la medida de la generosidad con que se ama cada quien a sí mismo, con que amamos a los demás y amamos sobre todo a Dios. Somos malos en la medida de la ausencia de amor. ¡Mídete con esa norma! Conócete de verdad, ausculta tu corazón para saber qué tanto amas. Esa es la moral. Vales en la medida de tu amor.

No te sientas bueno o buena porque no te entregues a relaciones ilícitas; eso es poco, poquísimo. ¿Tu amor se reduce a tu cónyuge y a tus hijos? ¡Hum, qué mal andas! El amor ha de ser universal. Cuando hagas crecer en ti el amor, las demás virtudes se te darán por añadidura. Serás valiente, generoso/a, fértil, humilde y hasta puro/a. Preocúpate, pues, con todas tus fuerzas, por ir conquistando tu alma para que en ella no quede ningún terreno donde se agazapen el rencor o la indiferencia. Ve incendiándote un poco más cada día hasta que seas una antorcha, un sol de amor.

No te dejes engañar por la pseudomoral burguesa que olvidó lo mayor por lo menor.
La caridad no se reduce a una limosna. Da en el blanco de la ética: ámate de veras, ama a los otros seres humanos y a los animales, y a las plantas, y a las rocas, y a los astros. Entonces será el amor y no el odioso deber el que te dicte las acciones generosas.

No te conformes con ser persona “decente”. Sin el AMOR, ninguna virtud vale. La moral no consiste en: “No hagas esto” o “No hagas lo otro”; sino en positivo: “Haz lo mejor que puedas, todo el bien posible”. Esas cuatro letras son lo suficientemente fuertes para colgar de ellas nuestros destinos.

Fuente: “Que mis palabras te acompañen”, Ed. Debolsillo.

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