En aquel camión de pollos, azul, viejo y desvencijado, nos llevaron con todo nuestro equipaje a lo que sería nuestro hogar por una semana: “Huistongo”, una pequeña comunidad ubicada en el estado de Hidalgo.

Era mi primer año de misiones con la Universidad Anáhuac y no sabía en qué consistiría mi labor. Tenía un conflicto al no saber cómo explicarle a un niño que vive en condiciones de pobreza, que Cristo lo ama, y esperar que eso le sirviera de consuelo, en vez de enfocar mis esfuerzos en hacer algo que pudiera mejorar su calidad de vida.  Me cuestioné  si era honesto predicar cosas de las que yo misma dudaba y mostrarme como un ejemplo de fe; sobre todo, no me sentía capaz de aconsejar a la gente sobre cómo debía vivir su vida sin considerar su contexto cultural, social y económico.

Durante esa semana aprendí que si la Iglesia realiza su labor de manera adecuada y sensible, puede servir como un agente que potencialice el desarrollo social dentro de una comunidad, al inculcar valores como el respeto, el perdón, la solidaridad y el amor; en lugar de enfocarse solo en los aspectos restrictivos de una pedagogía basada en el castigo. La figura confiable de un buen sacerdote en torno a la cual se construye una comunidad unida por el amor y la fe, permite que la Iglesia sea un espacio de apoyo, un punto de unión y de construcción de identidad para una comunidad.

Fue para mí una revelación descubrir el poder que ejerce la espiritualidad sobre la psique humana y la ayuda que esta representa para las personas. Los dos años siguientes regresé de misiones, pero a pesar de que seguía enamorada de ellas y de que consideraba a la Iglesia como un factor de desarrollo para la comunidad, sentía que yo también podría hacer algo de utilidad práctica para la gente.

En 2009 ocurrió un cambio importante en mi vida al graduarme del Colegio Miraflores y entrar a la universidad para estudiar la carrera de Psicología.  Una de mis mejores amigas decidió estudiar Medicina y me habló acerca de las Misiones Médicas, en las que un grupo de estudiantes va a un pueblo y ofrece consulta médica y medicamentos sin costo. Me pareció que era una oportunidad para ir de misiones y seguir aprendiendo acerca de las tradiciones y la cultura del pueblo, además de hacer algo de mayor ayuda. Rogué para que me permitieran ser parte del grupo, propuse ayudar a montar los consultorios, llevar la lista de espera de la gente, atender a los niños… Sugerí  la utilidad de que un equipo de médicos contara con una psicóloga.

He asistido a las misiones durante siete años, de los cuales, los últimos cuatro he ofrecido ayuda psicológica a los pacientes. Esta labor me ha permitido integrar mi parte espiritual, humana y profesional, así como mirar de cerca la problemática de violencia que se vive en México y atender un buen número de casos emocionalmente fuertes.

Uno de los más impresionantes que me ha tocado a lo largo de mi trabajo es el de una mujer en un estado notable de ansiedad. Su hija menor de 6 años había sido abusada sexualmente por un primo suyo de tan solo 12 años y no sabía qué hacer. Mientras ella narraba su historia comencé a experimentar un tremendo enojo, no solo por las circunstancias que atravesaban esta mujer y su familia, sino porque lamentaba que en ese momento, por mi edad, experiencia y recursos como psicóloga, no pudiera ayudarla de la forma que ella necesitaba.  Imaginar el martirio que vivían esta mujer y su hija, pensar en sus limitados recursos para acceder a ayuda profesional, era desolador.

Regresé a mi casa con el corazón tocado por una niña que ni siquiera conocía, pero que había dejado en mí una huella profunda y permanente.  Ese día se abrió en mí un nuevo mundo: la realidad del abuso sexual en los niños. Es un problema mucho más frecuente de lo que imaginamos en todos los niveles socioeconómicos, aunque es ignorado porque las víctimas viven el abuso con culpa y vergüenza, como un secreto que los come por dentro.

Ese mismo año, por azares del destino, conocí a una persona que había diseñado un curso de detección y prevención del abuso sexual en niños, cuyo objetivo es instruir a los menores para identificar situaciones de abuso y saber que no deben permitirlo ni guardar el secreto. Los niños muchas veces permiten el abuso porque son manipulados y amenazados por el agresor, y guardan silencio por años.  Por eso se me ocurrió que el lugar perfecto para aplicar este curso era en las misiones. Me capacité a fin de obtener mi licencia de certificación para impartirlo en las comunidades.  En los últimos dos años he dado el curso “Escudo de Dignidad” a 45 niños en las misiones, así como una plática sobre el tema a los padres.

Cuando alguien que ha sido víctima de abuso sexual en la infancia no tiene la intervención adecuada, tiene altas probabilidades de repetir el patrón y abusar de otras personas, así como de desarrollar una serie de patologías que pueden ir desde la esquizofrenia hasta la sociopatía. De modo que al prevenir un caso de abuso sexual se evitan muchos más.

Todos aquellos aspectos que como sociedad no atendamos se nos van a regresar en forma de problema. Esto lo podemos observar en la violencia que sufre nuestro país y en el número tan alto de secuestros, violaciones y asesinatos. Generar condiciones de vida óptimas para el desarrollo de las familias mexicanas, no solo consiste en mejorar su calidad de vida desde el punto de vista material, sino en propiciar un entorno libre de violencia en el que se respete  la dignidad de todas las personas desde su infancia. De lo contrario, seguiremos sufriendo  las consecuencias de los problemas que como sociedad estamos creando por nuestra propia negligencia.

 

Maite Belausteguigoitia Ibarrola
es exalumna del Colegio Miraflores de México generación 2009 y estudia Psicología en la UIA.

 

 

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