Juan Pablo II, en su discurso a la Comisión Pontificia de las Ciencias de 1996, explicaba la compatibilidad entre la Teoría de la Evolución en sus grados más serios de exposición y el dato de la creación enseñado por la Biblia. En realidad, no decía nada nuevo. Pío XII, en los años 40’s en su encíclica “Humani genere”, ya lo había aclarado en un documento de 1909 de la comisión bíblica pontificia, en el que hizo una alusión semejante. En el siglo XIX, 20 años después de la publicación de “El origen de las especies” de Darwin, León XIII lo enseñaba. Como argumenta Mariano Artigas –doctor en física, filosofía y teología (tras ordenarse sacerdote)–, en “Las fronteras del evolucionismo” (2004), no hay ningún problema de compatibilidad entre el cristianismo y la teoría de la evolución, siempre y cuando: a) se haga una correcta interpretación de la Biblia y b) no se extraigan de la teoría de la evolución conclusiones que superen a la biología experimental, procedentes de una filosofía materialista1.

Entonces, ¿de dónde ha surgido este lío de creacionismo vs evolucionismo de tanto eco? Es un problema complejísimo, pero intentando simplificar las cosas, hay dos vertientes:

1) La primera radicó en la interpretación luterana del Génesis. Los luteranos-calvinistas, al separarse de la Iglesia Católica, establecieron el principio de interpretación literal de la Biblia. Así, el relato de la creación explica que todo lo creó Dios en 6 días, “literalmente”. No es difícil preguntarse, si para nosotros y para el autor sagrado también (hagiógrafo), los días dependen del astro solar y fue hasta el tercer “día” que Dios creó los astros, entonces ¿cómo se contabilizaron los primeros dos días?

El asunto se fue complicando para esta interpretación luterana literal. Los datos científicos indicaban que los homínidos tenían miles de años y la tierra millones. Mientras que los teólogos protestantes, siguiendo las genealogías de la Biblia, calculaban la aparición del hombre y de la creación en unos 6 000. La cuestión parecía irreconciliable.

Siguió la cruzada en la educación. Los luteranos norteamericanos dieron la batalla legal para impedir que se enseñara la teoría de la evolución en algunos estados del país. O que por lo menos, se dedicara el mismo número de horas al “Creacionismo” que al “Evolucionismo”. En los 60’s y 80´s generaron grupos de “Creacionismo científico”, con científicos de verdadero renombre. Aunque desde su ciencia hacían aseveraciones “teológicas” más fuertes de las que su método biológico permitía afirmar.

(La Iglesia católica, en cambio, desde sus orígenes, junto a la interpretación literal ha expuesto tres grados más de interpretación para toda la Biblia, descritos en el Catecismo de la Iglesia Católica nn. 115-120, con una cita de San Agustín. Por eso, en la creación, los “días” pueden ser perfectamente compatibles con grandes períodos geológicos, y cuando el Génesis dice que “del barro de la tierra Dios insufló y creó al hombre”, la interpretación no excluye que aquello haya sido a partir de un homínido anterior al “homo sapiens”. Lo que el dato revelado ratifica inequívocamente es que: a) Dios es el creador del cosmos y b) Dios intervino de manera particular al crear al hombre, varón y mujer, a su “imagen y semejanza”; es decir, con alma racional.)

2) La otra vertiente del problema fue el materialismo ateo. El mismo Darwin había afirmado que sus ideas no tenían por qué herir los sentimientos religiosos de nadie. Sin embargo, algunas corrientes del evolucionismo pretendieron interpretar su teoría como autosuficiente y explicativa de TODA la realidad. Ya no hacía falta apelar a Dios para explicar el surgimiento del ser humano. Es decir: de observaciones biológicas sobre las mutaciones dentro de las especies, y sobre los mecanismos –como la selección natural– que explican la evolución de los seres vivos, extrapolaron conclusiones más allá de la biología para defender posturas de una filosofía materialista, más coherentes con su ateísmo.

El extremismo de la ideologización de la biología palpita hoy.
Es el simpático ateísmo misionero de famosos como Dawkins o Dennett, quienes organizan campañas, congresos, rituales ateos y revuelven las visitas papales; engendrarían risa si no descubriéramos que su proselitismo para convertir a todos al ateísmo no es una broma.

Lo que hacen es utilizar el prestigioso carrusel de la ciencia biológica para vender filosofías materialistas en la feria del mundo, mismas que el método experimental de la biología no permite afirmar. En efecto, ¿cómo pueden negar la espiritualidad del alma o la existencia Dios, que por principio son realidades espirituales, si la biología que es su supuesto punto de apoyo, habla solamente de la realidad material experimentable? ¿Cómo la “creación” puede negarse desde la ciencia experimental, o sea, que trabaja con experimentos? Es obvio que les importa más la ideología que la ciencia, pero se presentan como científicos puros. Ese es el problema. Después de todo, los científicos son humanos ordinarios y como tales, toman posturas existenciales –antes que intelectuales– frente a Dios.

El ser humano es especial. Por mucho que algunos verdaderos biólogos –como Gould– insistan en que el ser humano no es más que una ramita insignificante del árbol evolutivo que debemos destronar de su pedestal, el ser humano sí tiene una particularidad.  La verdad, para ser el hombre un “retoño evolutivo insignificante” que solo difiere genéticamente 2% con respecto del chimpancé, es bastante considerable que tenga experiencias estéticas, que se pregunte por el sentido de la vida y opere con autodeterminación –o sea libertad, incluso hasta poder suicidarse, hecho impropio de los animales–, que tenga ideas y actos volitivos (¿qué rayos son las “ideas” y los actos de la voluntad – el querer –?; ciertamente,  hay actividad cerebral cuando razonamos y queremos, pero ¿están las ideas en las neuronas o tienen un “algo” de inmaterialidad propia de la espiritualidad2?). Este “burdo animal” es el único que tiene experiencias religiosas y autoconciencia, que construye y destruye civilizaciones, y se plantea cuestiones morales. Todo esto grita la espiritualidad humana.

Los biólogos ideologizados con filosofía materialista, suponen que todo esto surgió espontáneamente a partir de elementos bioquímicos; le llaman “Emergentismo”. Pero, ¿cómo pueden brotar de la materia efectos espirituales? Este salto cualitativo de la espiritualidad humana es más complejo que mera biología… Filosóficamente, un “efecto” espiritual, alma racional, exige una “causa” espiritual que lo esclarezca. Es ahí cuando el dato revelado por la fe es tremendamente más explicativo. Dios, que es espíritu puro, infundió directamente el alma espiritual en la creación del hombre, varón y mujer.

De ahí que el cristianismo –con una correcta interpretación de la Biblia–, y la biología –rigurosa en sus conclusiones y liberada de ideologías– sean perfectamente armónicos.  Juntos nos ofrecen una comprensión más amplia de la realidad, especialmente del ser humano. En efecto, el cristianismo asevera que Dios creó el cosmos con sus leyes, creó al hombre que conoce el cosmos con su razón y es el autor principal de la Sagrada Escritura, inspirada por el autor sagrado. Por ello, cuando hay sinceridad intelectual, descubrimos la perfecta armonía entre la ciencia empírica, la razón filosófica y la fe revelada. Juntas son un fontanar inagotable de verdadera sabiduría.

 

1Además del extraordinario libro de Artigas, para la educación básica, bien pueden ser útiles los videos de “Goya Productions” sobre la Evolución, así como “La película de la vida” de José Ramón Ayllón.

2Este fue el tema que el neurofisiólogo, Premio Nobel de Medicina, J. Eccles, y el filósofo de la ciencia más importante del siglo XX, Karl Popper, estudian en su libro “El yo y su cerebro”, y ambos niegan el materialismo, explorando la necesidad de la espiritualidad humana para explicar los fenómenos espirituales.

 

Jorge Quesada es Filósofo, docente y estudia posgrado en la UNAM

jose.jorge.quesada10@gmail.com/@jjorgequesada

Compartir