“… aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas…y vienen los pájaros a anidar en sus ramas” San Mateo 13, 31-35.

Me gusta mucho la parábola del grano de mostaza. Creo que explica muy bien a qué nos dedicamos en el colegio: a sembrar pequeñas semillas que, con el favor de Dios, dan enormes frutos, “tan grandes que las aves del cielo vienen a anidar en sus ramas”.

¿Se imaginan a alguien sembrando pequeñas semillas por todo Emilio G. Baz? Pues así es como me imagino que andábamos hace treinta años para poder construir el colegio. Todos los días sufríamos, trabajábamos, pedíamos, luchábamos, rezábamos, pero en realidad sólo sembrábamos.

Tuvimos que resolver carencias, deudas, invasiones, agresiones, manifestaciones, críticas, bloqueos, amenazas y crisis, aunque solo eran los malos tiempos y la dura tierra en la siembra.

La construcción del Colegio Miraflores fue una hazaña de la fe, la voluntad y el trabajo. Más de tres años tardamos en construirlo, hasta que por fin, hace tres décadas se fundó en sus instalaciones de La Herradura, con la ilusión de ser una institución educativa que sirviera eficazmente a la formación integral de niños y jóvenes. Este colegio ha sido heredero de la misión y tradición eucarística, mariana y educativa de las Esclavas de la Santísima Eucaristía y de la Madre de Dios.

Una meta alcanzada y a la vez, el principio de un nuevo camino que nos ha llevado a un nivel pedagógico de excelencia, a la creación de otros colegios y a la difusión del mensaje de amor de Dios Nuestro Señor, a través de la educación y de las obras sociales. Como la semilla de la que habla el Evangelio, una parte ha caído en tierra buena y ha dado fruto.

Ciertamente, no todo ha sido fértil y esto es humano. No podemos decir que todo ha florecido y que a partir de mañana, toca cosechar. Dios no actúa así. La semilla crece en silencio, con la oración y el trabajo diario; una siembra y maduración silenciosa mas no solitaria: muchas personas generosas y comprometidas han hecho posible esta obra, las llevamos siempre en nuestro corazón y están en nuestras oraciones. Gracias a ellas, a la guía de la Madre Trinidad y a las bendiciones de Dios Nuestro Señor y de la Virgen María, hemos logrado estos primeros treinta años.

Hoy, más que nunca, recordamos las palabras de nuestra Madre Fundadora: “…ruego encarecidamente que todas nosotras, presentes y futuras, a quienes se dignó nuestro Señor comunicar e imprimir en nuestro corazón y alma, el deseo intenso de enseñar, seamos las verdaderas hijas imitadoras de aquella celestial Madre y Maestra a la que nos encomendó nuestro Salvador”. Ahora, treinta años después, lo entendemos mejor. Y seguimos sembrando porque no podemos dejar de hacerlo.

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