Este verano hice el servicio social de la universidad en una ONG de derechos humanos para grupos indígenas en Chiapas. Esta organización ofrecía una visita de tres días a la ‘Casa del Migrante’ en Ixtepec, en donde las labores consistían en ayudar en cualquier tarea que se ofreciera dentro del albergue, desde cocinar y limpiar la casa hasta atender a los migrantes.

En cuanto me plantearon esta propuesta pensé en hacer todo lo que estuviera en mis manos para lograrla, ya que había más personas dispuestas a ir, que lugares disponibles. Finalmente, después de mi lucha, de una serie de eventos afortunados y del apoyo de algunas personas, el cual agradezco profundamente, las cosas se acomodaron y pude realizar lo que me propuse en un principio.

Al saber que existía un lugar para mí en la Casa del Migrante, empecé a tener una gran dificultad para callar mis emociones. Una sensación de electricidad corría por mi cuerpo como agua de río clara, intensa y constante. La ilusión de conocer tan íntimamente un fenómeno cercano y a la vez tan ajeno a mi vida, como es la migración, hizo que me aventurara en este viaje.

Antes de ir hacia mi destino recibí una plática introductoria acerca de la migración, las causas, consecuencias y peligros que atraviesan los migrantes a lo largo del camino. Y a pesar de que conocía algunos aspectos, no deja de sorprenderme la crueldad con la que son tratados los migrantes. No existe un límite para la creatividad de las personas: ingeniosamente los transforman en mercancía de distintas formas, denigrándolos a tal punto que pareciera que se encuentran despojados de cualquier esbozo de humanidad.

Al llegar a Ixtepec, lo primero que sentí fue un calor que inundaba el aire con su tiranía, sometiendo a todos los presentes al amparo gentil de las sombras. Fue en medio de esa atmósfera como entré en la casa de quien -a partir de esta experiencia- es una de las personas que más admiro: Alejandro Solalinde. Este Padre Jesuita es una figura importante en la lucha por los derechos de los migrantes. Su extraordinaria labor lo ha llevado a denunciar todos los abusos cometidos contra ellos y a presionar a las autoridades para que tomen las medidas necesarias. A causa de su trabajo humanitario, Solalinde ha sido encarcelado y amenazado de muerte en más de una ocasión, pero a pesar de ello, sigue luchando por la justicia y la dignidad de los migrantes.

La Casa del Migrante en Ixtepec es un albergue que ofrece asilo y comida, y está a cargo del Padre Solalinde. Un gran número de centroamericanos viajan sobre un tren que apodan “La Bestia”, como alusión a las historias desgarradoras que suceden en dicho transporte. En incontables ocasiones, por el cansancio, migrantes que viajan sobre el techo del tren se han quedado dormidos, cayendo en las vías y después han sido arrollados por La Bestia, dando como resultado una serie de muertes y amputaciones de brazos y piernas. En mi visita a este albergue conocí a Carlos, un hondureño de 26 años que cayó sobre las vías mientras dormía sobre el techo del tren, por lo cual perdió su pierna derecha. Carlos será devuelto a su país de origen en cuanto se recupere lo suficiente.

Nos avisaron que La Bestia llegaría al día siguiente a Ixtepec alrededor de las 2 PM. Debíamos preparar la casa para los migrantes, por lo cual limpiamos y cocinamos durante toda la mañana para tener todo listo para los nuevos visitantes. Esa noche dormí con las migrantes centroamericanas en un cuarto pequeño y caluroso. Me acosté en la parte de arriba de una litera junto con una amiga mía, a fin de economizar el espacio y que cada migrante pudiera tener una cama. Mirando a través de la ventana, el baile de sombras que me regalaba la luz de la luna y con el canto del tren como música de fondo, comencé a imaginar a las personas que antes de mí se habían recostado sobre el viejo colchón en el que yo estaba: ¿de dónde eran?, ¿cómo había sido su camino?, ¿lo habrían completado?, ¿seguirían vivas?, ¿en qué condiciones vivirían ahora? Sobre todo, me imaginé sus pensamientos. ¿Cuánto se puede descansar cuando sabes que el día de mañana es altamente probable que sufras una violación y tendrás que enfrentar otros mil peligros? ¿Qué sueñan las migrantes? ¿Serán sus pesadillas peores que la realidad?

El tren es el corazón de la casa que con sus latidos marca el ritmo y la vida de este lugar. Llega como un mar furioso con olas de gente que en su vaivén inundan los espacios, para luego desaparecer con la bruma de la mañana. ¡Pobre gente!, esclava de los caprichos de su alma de fierro.

Cada vez que La Bestia llega a Ixtepec, el Padre Solalinde sale a las vías a invitar personalmente a todo aquel que desee refugiarse en la Casa del Migrante. En esta ocasión tuve la fortuna de acompañarlo. Las veces que he tenido la oportunidad de ver alguna obra de arte famosa en algún museo importante, pienso en lo afortunada que soy al tenerla frente a mí para poder analizarla personalmente, ya que mucha gente no puede acceder a ella más que a través de los libros o de fotografías. Presenciar la imagen de los migrantes viajando sobre La Bestia, figura sobre la cual se han creado historias, canciones, fotografías y documentales, fue contemplar la naturalidad de los colores y formas de una obra de arte con el ojo desnudo.

Tuve la suerte de viajar en La Bestia por tan solo unos minutos. Me subí por una de las escaleras laterales y me agarré fuertemente. Mientras estaba ahí pensé en lo diferentes que somos los migrantes y yo, por nuestras vidas, nuestras historias y los motivos por los cuales estábamos ahí. Mis manos y mis sensaciones siguieron sus pisadas por un instante. A pesar de lo improbable que era que nos llegáramos a conocer por las distintas nacionalidades y niveles socioeconómicos, en ese espacio, en ese momento, coincidimos a pesar del contraste de nuestros mundos.

Dentro de la Casa del Migrante pude observar la riqueza de las personas valientes que arriesgan su vida con la esperanza de un mejor porvenir. Los migrantes siguen adelante a pesar de las advertencias. Se les habla de secuestros, extorsiones de los Zetas, asaltos, asesinatos, trata de blancas y violaciones, pero a pesar del miedo siguen en busca de sus sueños. Los migrantes son seres humanos de grandes valores que no buscan otra cosa que una vida digna para ellos y para sus familiares.

Es penoso que millones de personas decidan arriesgar su vida porque las condiciones que ofrecen sus países son tan denigrantes que no existe lugar para el desarrollo. ¿Cuántos migrantes mexicanos y centroamericanos más, tienen que morir, para que valga la pena mejorar las políticas públicas y sociales? ¿No valen sus vidas lo suficiente, como para que pueda importarnos y que reaccionemos ante esta brutal e injusta realidad?

Maite Belausteguigoitia Ibarrola es exalumna del Colegio Miraflores de México generación 2009 y estudia Psicología en la UIA.

 

 

 

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