Los hijos varones, al igual que las mujeres, tienen la obligación de cooperar en las labores hogareñas.

Un hogar sano es aquel en el que todos los miembros se sienten útiles.

Con el pretexto de que los muchachos estudian, los padres se lo echan todo a cuestas. Deberían saber que eso no es una virtud heróica, puesto que están haciendo un grave daño a sus hijos.

Quien ha pasado la primaria, está en edad de hacerse su desayuno.  Aun el varón puede coserse los botones, lavar sus calcetines, tender su cama y otros menesteres, como se estila en los Estados Unidos y en muchos países europeos, además de trabajar para ayudar al menos con los gastos personales extra y no habituarse a “chupar” del padre como un parásito.

Pero algo ocurre en América Latina, y es una de las principales causas psicologicas del subdesarrollo, algo que quita a los hombres seguridad, intrepidez y arrojo: la sobreprotección de los padres.

Esto les crea a los hijos un fondo de desconfianza en sí mismos, el triste sentimiento de que les queda grande la vida y de que nada podrán ser sin asistencia en todo momento de amparo ajeno.

Educar al varón para que se autobaste en sus necesidades, no le resta hombría ni va en detrimento de sus estudios ni de su trabajo en el futuro, pues le afirma el carácter, que es la base de cualquier éxito.

Y no se diga de las chicas estudiantes que salen corriendo sin preocuparse de que dejan tirada la ropa aquí y allá por todo su cuarto; ¡y vuelven a su hogar como a un hotel donde todo se les ha de dar en la mano! Se equivocan los padres si piensan que así van a estudiar mejor sus hijos y que les agradecerán su abnegación.

Por el contrario: hijos servidos, hijos que desprecian a sus siervos. Para ellos el padre no es padre, sino un simple esclavo-proveedor. La madre, una sirvienta. No hay respeto ni veneración por los progenitores. Nadie estima a aquellos seres que se rebajan hasta dejarse pisotear. ¡Y no! A los padres hay que mirarlos hacia arriba. Para ser venerados han de darse a valer y subir de nuevo a su trono.

Yo recuerdo con alegría a mi madre cuando me bajaba los humos, diciéndome: “Tú habrás estudiado mucho, ¡pero yo soy tu madre!”. Como quien dice: “¡Yo soy la reina!”. ¡Y me fue tan grato sentirla siempre muy arriba de mí! Quienes no hayan experimentado ese sentimiento por sus padres, llevan un hueco en un aspecto esencial de su personalidad. Quienes no veneraron a sus padres, en realidad han sido huérfanos.

Los padres deben darse su lugar y hacer sentir a los hijos que son los padres. El hijo solo agradece a un padre, no a un siervo. No se quejen después de la ingratitud de unos seres que no se portarán como hijos; es que no les hicieron sentir que tenían padres.

El que en el hogar todo se les dé y nada se les pida, crea en los jóvenes estudiantes una altanería insoportable. Piensan que todo se les debe y en nada tienen que corresponder. Así se ha formado una casta superior semejante a la de los brahmanes de la India.

Los brahmanes sostienen que son los dueños del universo y que las otras castas están en el mundo solamente para defenderlos y servirlos. De modo parecido es el pequeño universo del hogar: el estudiante es la casta llena de privilegios. ¡Ay, pobre reyezuelo! Recibirá golpes tremendos cuando, saliendo de su imperio, llegue con las mismas exigencias soberanas a otras partes. Allá en la universidad o en la sociedad no es rey sino nadie, uno de tantos. El contraste resulta cruel, y entonces le toman miedo a la vida. Se les va a encoger el alma como antes se les encogió el cuerpo para permanecer en el seno materno, adheridos a un apoyo parasitario. Serán una personas altaneras y cobardes.

Si algún bien quiere hacerse al hijo, será el de capacitarlo para autobastarse. Fortalecerlo para que no tenga que apoyarse en nadie y que pueda ser sostén de los débiles.

Que el joven y la joven se sirvan a sí mismos en casa y ayuden a los demás en quehaceres materiales; eso les quitará la fatiga mental de los estudios. Nada hay como una tarea física para que repose el espíritu.

El ayudar con la carga al padre y a la madre los enseña a pensar en los demás; de otro modo se están criando seres egoístas y explotadores. Muchos lazos de afecto se tienden en el hogar cuando los hijos son comedidos. Con el esfuerzo que les cueste la ayuda que dan, podrán valorar el sacrificio de sus padres. La chica que hace el aseo de su pieza, sabe el trabajo que le cuesta a su madre limpiar la casa entera. El muchacho que busca un empleo para costearse los libros, se da cuenta de la fatiga de su padre para mantener a todos. Solo así se valora el don de los padres.

Es abominable quien ve a todos atareados y no se comide en nada, y se queda sentado viendo trabajar a los demás. A cualquier parte que vaya se hará antipático. Si los padres no han acostumbrado a sus hijos a la solicitud, ni siquiera se les ocurrirá decir: “Deja eso, permíteme hacerlo yo”, con lo que se granjearían dondequiera un ambiente afectuoso. La cortesía es uno de los mejores atractivos de una persona y solo se adquiere practicándola constantemente en el hogar. Y por encima de todo está el peligro de que, por entregarse egoístamente a una carrera, olviden los jóvenes que estamos en el mundo para servir a los otros, y aun así lleguen a despreciar a sus padres, juzgándolos ignorantes y serviles.

¿No crees que muchos padres están haciendo sacrificios por sus hijos, no solo inútiles, sino dañinos para todos?

 

Emma Godoy- Que mis palabras te acompañen. Recupera los valores familiares- Debolsillo. Edición especial.

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