Nunca faltan. Puede ser una pariente, una amiga cercana, una conocida y hasta alguien que ni fu ni fa contigo y con tu vida, pero que andaba por ahí y de pronto decidió que tenía que intervenir porque YOLO. Y según sus reglas, una tiene que escuchar y acatar.

El asunto es que sienten la necesidad de enmendarte la plana porque ellas saben mejor que tú cómo cuidar y educar a tus hijos. Así que, sin prudencia alguna mediante, suelen soltarte una retahíla de consejos no pedidos, aunque dados de buen corazón. Porque ahí están sus propios hijos de muestra y a ver, tengan la entereza de decirles que no lo han hecho bien.
Me he topado con estas consejeras maternales varias veces en los últimos años y no nos ha ido bien, la verdad. En una ocasión, a los escasos seis meses de vida de la big sister, una de ellas quiso darle comida no autorizada por mí y no saben el San Quintín que se armó. En lo que se refiere a mis hijas suelo imponer mi santa voluntad con toda la buena educación que me es posible. Si la corrección política o las formas sociales se interponen, con la pena las desecho. Que digan misa, pero si el consejo de la tía abuela segunda no concuerda con mi forma de ser o de pensar, no lo tomo y sanseacabó.
Con esta filosofía trastabillé la infancia de mis hijas y me enfrento ahora a la temida adolescencia. Ante la impugnación social por declinar los consejos no pedidos, siempre me respondo a mi misma que aspiro a que mis hijas me reclamen por mis propios errores, no por los errores de los demás. Sobre todo si los consejos derivan de acciones sobre las que hay un acuerdo generalizado, con el argumento de que eso es lo que hacen todos y mejor ni protestar.
Veamos.
En muchas fiestas de los amigos de la adolescente mayor se sirve alcohol porque sus padres piensan que es mejor que se lo tomen delante de ellos a que lo hagan a escondidas. Y de paso que aprendan a beber. Disiento. Tienen 13, 14, 15 años. Si la ley dice que no se debe vender alcohol a menores de edad, a mí no me interesa autorizar ni promover su consumo. Lo mismo aplica para el cigarro. Ya tendrán el resto de su vida, a partir de la mayoría de edad, para probar, experimentar y escoger si quieren el vicio de su preferencia. Por lo pronto tendrán que conformarse con pizza y si acaso manzanita sol, aunque es más probable que les sirva horchata.
La mayoría de las amigas de la adolescente mayor se conducen solas y deciden sus actividades extraescolares sin pedir permiso, sólo avisan. Quesque ya son grandes y tienen que aprender a tomar decisiones. Independientes mis narices. He sabido de madres que desconocían el paradero de sus hijas después del horario de clases, hasta que la chamaca hablaba para decirles a dónde la tenían que ir a buscar. Me quito el sombrero ante la sangre fría con la que trabajan y olvidan que tienen hijos, ya sea por indiferencia o necesidad #VayaUstedAsaber.
En la misma lógica, estos padres y sus hijos consideran los centros comerciales y las salas de cine territorio liberado de la dictadura materna y el espacio natural para empezar a noviar. De nuevo con la pena, pero esto tiene que ser gradual y en función de ciertas concesiones que mi escuincla se vaya ganando, no a lo que sus amigas ordenen porque así es como lo hacen ellas. Iremos recorriendo las filas de atrás hasta que su padre y yo consideremos que sea hora de entrar a otra función o de esperarla afuera. Y en esa decisión aguantaremos la presión y no permitiremos que intervenga nadie más.
 No soy especial ni perfecta. Tampoco soy ejemplo materno para nadie más. Sólo reclamo mi derecho a hacer uso de lo que a mí me funciona. De lo que nos funciona a mi marido y a mí como padres. De lo que funciona en nuestra familia. Y que no necesariamente le tiene que funcionar a alguien más. Esa resignación que oigo frecuentemente en las conversaciones entre padres me ponen muy malita de mi tolerancia. Es que los adolescentes así son ahora. Es que no puedes evitarlo, aunque quieras. Es que de todas maneras lo harán.
Me vale madres. Mi función es hacer lo que mi marido y yo consideramos correcto para nuestras hijas, después de asesorarnos con profesionales del tema. Nos informamos y actuamos con base en nuestra filosofía de vida y al temperamento de las adolescentes. Nos equivocaremos, por supuesto. Pero tendremos la tranquilidad para hacernos responsables de nuestras propias decisiones, sin arrepentirnos de haber desechado lo que nos parezca incompatible con nuestra forma de ser y de pensar.
 Si algo he aprendido en estos años de maternidad es a confiar en mi instinto. Y hoy éste me dice que siempre será mejor lo que funciona en el proyecto de mi familia, que lo que les “funciona” en bola a los demás. Después de eso, sólo me queda apechugar.
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