En cierto sentido, lo que esperamos al hablar de una auténtica renovación de la Iglesia Católica es una Iglesia simple y directa. Una Iglesia que sea clara en lo que respecta a sus creencias y en lo que espera de sus miembros. Una Iglesia que sea un testigo franco y honesto para el mundo. Una Iglesia que de forma simple y directa traduzca la fe en acción. Y al decir esto, por supuesto, nos referimos a todos los católicos, no solo a los curas y a las religiosas.

Es evidente que el Papa Francisco es un ejemplo de esta simplicidad y llaneza. Y el espíritu de ser claros como el agua está creciendo en las diferentes representaciones de la Iglesia. Como ejemplo está la manera como afirmó el Arzobispo Allen Vignery de Detroit que los políticos católicos que promueven el matrimonio entre personas del mismo sexo no deben recibir la comunión. Las personas que hacen promoción pública de conductas gravemente desviadas de la doctrina Cristiana siempre han estado descalificadas para recibir el sacramento de la Comunión, pero de una generación a la fecha, pocos obispos han sido lo suficientemente directos al respecto.

Los católicos debemos seguir esta línea, comenzando por retomar una devoción muy básica y simple que prácticamente envuelve todo: la devoción a la Virgen, desatadora de nudos por excelencia.

Ser simple y directo no elude el estudio y la reflexión a conciencia. Estos son necesarios para saber en qué cosas debemos ser directos y sencillos. La profunda convicción interna, basada en la confianza en Dios, alimenta de simplicidad y transparencia nuestros pensamientos, palabras y propósitos. Seamos bendecidos con ese regalo.

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