Los actos de violencia nunca tienen sentido, no importa cómo se traten de justificar.

Cada uno de los ataques aleatorios ocurridos en el Maratón de Boston asalta nuestra sensibilidad e inquieta cualquier indicio de seguridad que conservemos en nuestra vida diaria. No podemos vivir con miedo, de modo que tan pronto suceden este tipo de cosas regresamos a nuestras actividades cotidianas. ¿Qué otra cosa podemos hacer?

Lo primero que se me ocurre preguntar es: ¿Qué visión tenemos de la humanidad? La semana pasada fue el 50 aniversario de la encíclica “Paz en la Tierra” (Pacem in Terris) del Papa Juan Pablo II, que habla del orden del Universo, del orden en los seres humanos, de derechos, deberes, responsabilidades, verdad, justicia, caridad y libertad. Y de Dios.

El Papa Benedicto XVI seguido advertía a las sociedades modernas que estamos viviendo “como si Dios no existiera”. Eso tiene consecuencias, crean en Dios o no las personas. Ante la ausencia de un código moral, ¿qué valores son mejores que otros?

Pacem in Terris afirma que el fundamento del orden en la sociedad es la verdad, y esta debe hacerse presente a través de la justicia. Necesita ser vivificada y perfeccionada por el amor del hombre hacia sus semejantes, ya que mientras que preserva intacta la libertad, da equilibrio a una sociedad al imprimirle un carácter cada vez más humano.

¿Amar a nuestros semejantes? ¿Cómo lo estamos haciendo? ¿Somos una sociedad con un carácter cada vez más humano?

Ese orden —universal, absoluto e inmutable en sus principios— encuentra su fuente en el Dios verdadero, personal y trascendente. Él es la verdad primera, el bien soberano y, por ende, la fuente más profunda en donde la sociedad humana, si está constituida con propiedad y valora la dignidad del hombre, adquiere su genuina vitalidad y creatividad. Eso es lo que quiso decir Santo Tomás cuando afirmó: “La razón humana es el estándar que mide el grado de bondad de la voluntad humana, y como tal deriva de la ley eterna, que es la divina razón… Por consiguiente, está claro que la bondad de la voluntad humana dependerá mucho más de la ley eterna que de la razón humana.”

Hoy vemos que la comunidad global depende cada vez menos de la ley eterna y cada vez más de una razón iluminada solo por las ideas individuales. ¿Cómo se puede determinar si una ley es justa o injusta? Una ley justa es una normativa hecha por el hombre que cuadra con la ley moral de la ley de Dios. Una ley injusta es una normativa que no está en armonía con la ley moral. Para ponerlo en términos de Santo Tomás de Aquino: una ley injusta es una ley humana que no está enraizada en la ley eterna y en la ley natural. Cualquier ley que eleva la personalidad humana es justa. Cualquier ley que degrada la personalidad humana es injusta.

¿Qué tiene que ver todo esto con la violencia en Boston? La falta de respeto por la vida de los seres humanos, incluso de de niños, mujeres, ancianos, de cualquiera que se encontrara en el área donde explotaron las bombas, de cualquiera que sea el “otro” según aquel o aquellos que perpetraron la masacre para asesinar y mutilar. En el Hospital General de Massachusetts, Alisdair Conn, jefe de los servicios de urgencia, declaró: “Esto es algo que no había visto en los veinticinco años aquí… el nivel de carnicería entre la población civil. Esto es lo que esperamos ver en una guerra.”

El lunes próximo es el aniversario 101 del hundimiento del Titanic.  ¿Cómo se relaciona con la masacre de Boston? Me viene a la mente que así como somos testigos de actos de lesa humanidad, también conocemos testimonios de todo lo contrario: El sacerdote católico Fr. Thomas Byles estaba a bordo del Titanic cuando se fue a pique y le ofrecieron la oportunidad de escapar en uno de los botes salvavidas en varias ocasiones. Se rehusó, determinado a permanecer en la cubierta para administrar los últimos ritos a los pasajeros que no tuvieron oportunidad de salvarse, amarrando su destino al de ellos.

Cosas terribles suceden en el mundo. Pero no podemos vivir con miedo, porque cuando se trata de un acto terrorista, eso es justamente lo que buscan los agresores, y de la magnitud del miedo que generen depende su grado de éxito. Son comprensibles las medidas de prevención que se tomaron tras el ataque en Boston: el espacio aéreo se cerró en áreas clave, el perímetro de seguridad en la Casa Blanca se amplió, la población fue instada a permanecer en sus hogares y hoteles, las universidades cancelaron clases durante al menos 24 horas, etc. Pero eso mismo es lo que los terroristas pretendían.

Mientras los detalles del ataque de Boston se descubren, es fácil para la gente sentir miedo e impotencia, así como demandar a los líderes electos que hagan algo, lo que sea, para mantenerlos seguros. Es fácil pero incorrecto. Lo que necesitamos es enojarnos y empatizar con las víctimas sin sentirnos atemorizados. Nuestros miedos son la victoria de los perpetradores y magnifican el poder de cualquier grupo que esté detrás.  No debemos sentir miedo y menos desamparo. Tenemos todo el poder en nosotros, y hay una cosa que podemos hacer para que el terrorismo no sea efectivo: rehusarnos a ser aterrorizados.

Es difícil, ya que el terrorismo está diseñado precisamente para asustar a la gente fuera de proporción respecto al peligro real que representa. Una cantidad enorme de investigación acerca del miedo y el cerebro nos enseña que tendemos a exagerar las amenazas que son poco comunes, espectaculares, inmediatas, aleatorias, sin sentido, horripilantes y gráficas.

El terrorismo presiona todos nuestros botones de pánico y por esa razón reaccionamos exageradamente. No obstante, nuestros cerebros nos engañan. Aunque los bombazos de Boston acapararán los noticieros durante semanas, debemos analizarlo como lo que es: un evento poco común. Esa es la definición por excelencia de una noticia: algo inusual. En este caso, no hay que perder de vista que es algo que casi nunca sucede en nuestro entorno.

“No tengan miedo” es un mensaje que se repite en la Biblia, aun antes de Jesús. Esas fueron las primeras palabras que pronunció Juan Pablo II tras ser electo Papa a un mundo que no lo conocía.

Nadie puede robarte la paz si tú no se lo permites. Pero para eso tienes que tenerla. La Paz en la Tierra comienza con la paz en tu corazón.

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