A comienzos de 1979, la Gran Bretaña era un lugar horrible para vivir. Decenas de miles de trabajadores del sector público se fueron a la huelga; los transportistas se rehusaban a entregar sus cargas de combustible para calefacción, forzando el cierre de cerca de mil escuelas; los cadáveres yacían fuera de sus tumbas en Liverpool, luego de que los enterradores depusieran sus herramientas en protesta por no encontrar respuesta a sus demandas.

La agitación industrial a gran escala causada por las demandas sindicales de aumento salarial chocaba con la política de congelarlos que promovía el partido laborista en el poder.

Margaret Thatcher era entonces la líder del partido conservador de oposición. Ella vio que su nación estaba fallando. La estaba destruyendo el poder de los sindicatos, el exceso de gobierno, de endeudamiento y de impuestos, así como la inflación. En el escenario internacional, el comunismo soviético amenazaba el futuro de la libertad en Occidente.

El malestar general se reflejaba a lo largo de una nación impotente: Sir Nicholas Henderson, embajador británico en Francia, apuntó en un comunicado diplomático (que más tarde fue filtrado y difundido): “… el declive de la economía británica en relación con nuestros socios europeos ha sido tan marcado que no solo ya no somos una potencia mundial; sino que no estamos siquiera en primera fila entre los países europeos.”

Hoy, el Reino Unido es una fuerza motriz de la economía mundial, un peso completo en política, una potencia militar y un exportador global de cultura. Ese país estaba muy lejos de ocupar este sitio en 1979. De hecho, se vislumbraba cerca el fin del imperio.

Las políticas que levantaron la trayectoria británica son bien conocidas. El gobierno de la Sra. Thatcher dejó de subsidiar a la industria minera del carbón y otras actividades económicas que eran poco competitivas e ineficientes, las barreras para acceder al mercado de servicios financieros fueron demolidas y las ‘joyas de la familia’ fueron vendidas en una serie masiva de privatizaciones industriales.

En el plano internacional, Thatcher desdeñó de manera repetida la integración a la comunidad económica de Europa (ahora Unión Europea). Se alió estrechamente con los Estados Unidos a través del presidente Ronald Reagan. A pesar de sus orígenes tan distintos, tenían una sorprendente afinidad: la estrella de cine procedente de California y la hija de un abarrotero de Lincolnshire cuya adusta personalidad pública enmascaraba su calidez y amabilidad. Ambos jugaron, junto con el Papa Juan Pablo II, un papel crucial en el suave y pacífico aterrizaje de la Unión Soviética cuando esta se desmoronó (muy distinto de lo que ocurrió en la primavera árabe).

Su apuesta más grande (y golpe de suerte) tuvo que ver con la invasión argentina de las islas Malvinas (Falklands) en 1982. Desde muchas ópticas, la vida en Inglaterra era peor en 1982 que en 1979. De haberse perdido esa guerra se hubiera perdido también la oportunidad de los conservadores de ganar la elección general en 1983. Pero la “Dama de Hierro” triunfó.

El clímax de su victoria, paradójicamente, fue el triunfo aplastante del partido laborista en 1997. El reconocimiento por parte de su sucesor, Tony Blair, de que el centro-derecha debe ser el punto de apoyo de la política inglesa, fue el más grande legado de Thatcher.

Las políticas de la “Dama de Hierro” implicaron costos muy altos: hubo un recorte muy grande en gasto social que contribuyó al aumento del número de personas indigentes. Las relaciones de Inglaterra con el resto de Europa se envenenaron con su intransigencia y hostilidad, a pesar de lo cual la integración europea siguió adelante, aunque a un paso más lento. Estos fueron los factores que precipitaron su caída como líder de su partido y como primer ministro en noviembre de 1990.

Mrs Thatcher abrazó con convicción el liberalismo económico y el libre mercado, pero no fue capaz de ver las consecuencias de la desindustrialización masiva. El costo humano de cerrar las minas de carbón y ‘racionalizar’ la fuerza de trabajo del ferrocarril británico, la industria del gas y otros monopolios fragmentados, fue simplemente enorme.

El índice fenomenal de desempleo en ciudades como Liverpool preparó el camino para la agitación social y la cultura actual de beneficios sociales, y diezmó a las comunidades en los yacimientos de carbón. La incapacidad para amortiguar el golpe y proveer un empleo transitorio a esa gente propició la agitación y la división de la sociedad civil. Los conservadores fallaron al no poder construir una economía fuerte y comunidades sólidas en lo que antes fuera el corazón de aquella industria. Gran Bretaña aún sufre por eso.

El hecho es que existe una vasta franja en el norte del país donde los candidatos del Tory pierden en cada elección porque no hay una oferta de empleo suficiente para que la población emprenda negocios o trabaje fuera del sector público. Dos iniciativas políticas actuales podrían cambiar esto. Una es el programa de escuelas gratuitas del secretario de Educación Michael Gove y su esfuerzo para elevar el nivel educativo. La otra consiste en aprobar las reformas masivas a la seguridad social propuestas por Ian Duncan-Smith, que pretenden modificar el sistema de beneficios de forma que no desincentive el trabajo. No obstante, una buena parte del país no se inclina por la derecha como resultado de no haberse hecho lo suficiente para reinstalar las industrias perdidas en los 80’s.

La fuerza personal de la Sra. Thatcher está claramente representada en las conocidas frases que se le atribuyen. Mi favorita, por lo que vale, es: “Ser poderoso es como ser una dama. Si tienes que decirle a la gente que lo eres, es que no lo eres”. La primera ministra colocó una oración de San Francisco de Asís en la entrada del número 10 de Downing Street en 1979: “Donde haya discordia, ponga yo armonía; donde haya error, ponga yo verdad”.

La Sra. Thatcher siempre se describió a sí misma como una política de convicciones y nadie jamás tuvo duda alguna de lo que ella creía y por qué. Ante el temor actual por la recesión global, esperamos que lleguen más líderes con la visión y el coraje para implementar las reformas necesarias que se necesitan para lograr el crecimiento económico y la creación de empleos estables.

Pero recordemos que todas las citas necesitan un contexto. Una resolución como la que irradiaba la “Dama de Hierro” debe ser atemperada por la sensibilidad necesaria para sopesar todas las consecuencias de las acciones políticas.

Margaret Thatcher no solo lideró sino salvó a su país. Salvó a la Gran Bretaña de la bancarrota. Logró la reducción de los poderes de los sindicatos, la modernización económica, la transformación estructural de Inglaterra y ayudó a darle forma a la historia del siglo XX. El mismo Tony Blair afirma que su tarea consistió en continuar la tarea que ella había comenzado.

Desde 2002 Thatcher sufrió serie de infartos cerebrales y demencia senil. Solo los monarcas reciben un funeral de estado y ella será despedida como tal. Cabe mencionar que entre sus logros personales también cuenta el nunca haber descuidado a su familia. Su marido siempre fue fiel al amor de su vida: Margaret.

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