La «fe ciega», hostil a la reflexión y a la ilustración, no es la forma más alta de creer, sino una forma pequeña y deficiente de fe. Por eso hay que estar dispuestos a buscar y a dar respuestas a las preguntas del mundo que nos rodea con una inexorable sinceridad intelectual. Mario Benedetti escribió: “Yo no sé si Dios existe, pero si existe, sé que no le va a molestar mi duda.”

Al pensar en toda la cadena de argumentos que llevan de no creer a creer, podemos no tener muy claro cómo y por dónde comenzar.

La fe es un don, por lo que hay que comenzar por remover los obstáculos que impiden aceptar el regalo de la fe, o puesto de otro modo, crear una suerte de anhelo por la fe, o la expectativa de que a través de ella podemos llegar a la verdad.

El intelecto humano puede conocer la existencia de Dios acercándose a Él a través de un camino que tiene como punto de partida el mundo creado y que posee dos itinerarios: las criaturas materiales y la persona humana. San Pablo afirma: “Porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se los manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa.” (Rom 1.19-20).

Las vías hacia la existencia de Dios se llaman “pruebas”, no en el sentido que la ciencia matemática o natural da a este término, ya que Dios no es objeto de nuestro conocimiento empírico, sino como argumentos filosóficos convergentes y convincentes, que el sujeto comprende con mayor o menor profundidad dependiendo de su formación específica. La riqueza y la inconmensurabilidad de Dios son tales que ninguna de estas vías por sí misma puede llegar a una imagen completa y personal de Dios, sino solamente a alguna faceta de ella: existencia, inteligencia, providencia, etc.

Unas de las más conocidas vías cosmológicas son las célebres “cinco vías” elaboradas por Santo Tomás de Aquino (leer artículo completo en revistamira.com.mx). Estos y otros itinerarios han sido propuestos por diversos autores hasta nuestros días. Por tanto, mantienen su actualidad, aunque para

comprenderlos es necesario partir de un conocimiento de las cosas basado en el realismo (no en ideologías), que no reduzcan el conocimiento de la realidad solamente al plano empírico experimental, de forma que el pensamiento humano pueda ascender de los efectos visibles a las causas invisibles.

Pero el conocimiento de Dios es también accesible a través del sentido común. La mayoría de nosotros percibe un orden moral desde una edad muy temprana, aun sin tener que pensar demasiado. Esta percepción incluye un sentido de lo que está bien y lo que está mal, así como la comprensión de que estamos llamados a hacer lo correcto por parte de un poder más allá de nosotros mismos.

Sin embargo, esta aproximación a Dios solo funciona en aquellas personas que no han cerrado deliberadamente su mente. Si la trayectoria lógica de las impresiones que se tienen de origen no es lo suficientemente pura, se intenta tirar en el sentido opuesto constantemente. San Pablo expresa el problema con franqueza: “Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios.” (Rom 1.20-22).

La ley moral natural es accesible a los hombres de toda época y cultura, aunque su reconocimiento, como en el caso de la existencia de Dios, puede  quedar en oscuridad por el pecado. San Agustín dijo: “Nadie niega a Dios, sino aquel a quien le conviene que Dios no exista”; su interés no se dirigía tanto a probar al ateo que Dios existe, sino a mostrar cómo toda la creación proclama a Dios que el alma puede experimentar en sí misma al Dios viviente. El pecado y las malas disposiciones morales pueden hacer más difícil este reconocimiento.

El espíritu humano manifiesta a Dios. El hombre percibe su singularidad y preeminencia sobre el resto de la naturaleza. Aunque comparte muchos aspectos de su vida biológica con otras especies animales, se reconoce único en su fenomenología: reflexiona sobre sí mismo, es capaz de progreso cultural y técnico, percibe la moralidad de las propias acciones y trasciende con su conocimiento y su voluntad, pero sobre todo con su libertad, el resto del cosmos material. En definitiva, el ser humano es sujeto de una vida espiritual que trasciende la materia de la cual, sin embargo, depende. Desde los orígenes, la cultura y la religiosidad de los pueblos han explicado esta trascendencia del ser humano afirmando su dependencia de Dios, del cual la vida humana contiene un reflejo.

Existen itinerarios que conducen a Dios partiendo de la propia experiencia existencial. Con su apertura a la verdad y a la belleza, con su sentido del bien moral, con su libertad y la voz de su conciencia, con su aspiración al infinito y a la dicha, el hombre se interroga sobre la existencia de Dios. En estas aperturas, percibe signos de su alma espiritual.

La presencia de una conciencia moral que aprueba el bien que hacemos y censura el mal que realizamos o querríamos realizar, lleva a reconocer un Sumo Bien al cual estamos llamados a conformarnos, del cual nuestra conciencia es como su mensajero. Partiendo de la experiencia de la conciencia humana y sin conocer la Revelación bíblica, varios pensadores desarrollaron desde la antigüedad una reflexión sobre la dimensión ética del obrar humano, reflexión de la que es capaz todo hombre en cuanto creado a imagen de Dios.

Junto a la propia conciencia, el ser humano reconoce su personal libertad, como condición del  propio actuar moral. En ese reconocerse libre, lee en sí la correspondiente responsabilidad de las propias acciones y la existencia de Alguien ante el cual ser responsable; este Alguien debe ser mayor que la naturaleza material, y no inferior sino mayor que nuestros semejantes, también llamados a ser responsables como nosotros. La existencia de la libertad y de la responsabilidad humanas conduce a la existencia de un Dios garante del bien y del mal, creador, legislador y remunerador.

En el contexto cultural actual se niega frecuentemente la verdad de la libertad humana, reduciendo a la persona a un animal un poco más desarrollado, pero cuyo actuar estaría regulado fundamentalmente por sus necesidades básicas e instintos naturales; o identifican la sede de la vida espiritual (mente,

conciencia, alma) con el cerebro y los procesos neurofisiológicos, negando así la existencia de la moralidad del hombre. A esta visión se puede responder con argumentos que demuestran la auto-trascendencia de la persona, el libre albedrío que obra también en las elecciones condicionadas por la naturaleza, y la imposibilidad de reducir la mente al cerebro.

En la presencia del mal en el mundo, muchos ven hoy en día una prueba de la no-existencia de Dios, porque si existiera, no lo permitiría. En realidad, esta desazón es también una “vía” hacia Dios. Porque la persona percibe el mal y la injusticia como situaciones dolorosas no debidas, que reclaman un bien y una justicia a la que se aspira. Pues si la estructura más íntima de nuestro ser no aspirase al bien, no veríamos en el mal un daño y una privación.

En el ser humano existe un deseo natural de verdad, de  bien y de felicidad, que son manifestaciones de nuestra aspiración natural de ver a Dios. Si tal pretensión quedara frustrada, la criatura humana quedaría convertida en un ser existencialmente contradictorio, ya que estas aspiraciones constituyen el núcleo más profundo de la vida espiritual y de la dignidad de la persona. Su presencia en lo más profundo del corazón muestra la existencia de un Creador que nos llama hacia sí a través de la esperanza en Él.

Próximo número: La negación de Dios: las causas del ateísmo. El agnosticismo y la indiferencia religiosa.

 

 

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