La palabra agobio me persigue; la oigo a todas horas y cada día en contextos más variados y dispares.

Me dice Doña Eulalia que su hijo Alberto tiene un agobio súper espantoso porque lo han reprobado en siete materias.

 

–     Pero, ¿estudia?

–     Pues… no mucho. Estudiar también le agobia.

–     ¡Vaya por Dios!

Me cuenta Rafa que “rezar le agobia” porque piensa que Dios puede pedirle algo que él no quiere dar, y ¡claro!, más vale no escucharle.

Se agobia Pepe por su novia.

–     ¿Qué le ocurre?

–     Que es agobiante.

Se agobia María Luisa porque come y engorda. Por culpa de Hacienda, se agobia Blas. Y se agobia Patricia, una morena que galopaba ayer en mi colegio detrás de Rodolfo, que es un galán rubio y perdonavidas.

 

–     No corras tanto –le decía–, que me agobias.

Patricia tiene tres años; Rodolfo, cuatro.

Como se ve, la epidemia de agobios es extensa, multiforme y poliédrica. De ahí que sea necesario dedicar a este vocablo al menos veinte líneas más.

El agobio, tal como se concibe entre los alumnos con los que trato, es una especie de tumor maligno, acaso letal, que conviene evitar a toda costa.

Según opinión común, sentirse agobiado o presentir la cercanía de un agobio, es razón más que suficiente para esquivar cualquier compromiso adquirido, para mirar a otro lado, para huir de la quema o para no dar golpe, según los casos.

El fenómeno no es nuevo. Es verdad que el reblandecimiento neuronal del nuevo milenio ha contribuido a extender la pandemia agobiosa por amplios estratos de la sociedad civil, pero también en los felices sesenta vivimos una plaga semejante. Solo que por aquella época, más que de agobios se hablaba de traumas.

 

–     Manolo, han reprobado al niño y está con un trauma horrible.

–     Para trauma el que le voy a hacer yo en el ojo.

Más adelante se pusieron de moda los síndromes que tanto contribuyeron a dar trabajo a los psicólogos. Se habló, por ejemplo, del síndrome depresivo postvacacional (pereza a la vuelta de la playa), del síndrome de la madrugada del lunes (les aseguro que lo he leído) y así sucesivamente.

En resumen y con toda franqueza: estoy de agobios, traumas y síndromes, hasta la mismísima coronilla, y creo necesario recordar a los afectados por tan penosos males, que la vida es esto, que es imposible fortalecer la musculatura de la inteligencia, de la voluntad y del carácter sin plantar cara a los mil obstáculos con que uno se tropieza.

Vivir es enfrentarse con dificultades, sentir en el corazón alegrías y sinsabores, y en esta fragua el hombre puede adquirir fortaleza, paciencia, magnanimidad y serenidad. Es fuerte el que persevera en el cumplimiento de lo que entiende que debe hacer, según su conciencia; el que no mide el valor de una tarea exclusivamente por los beneficios que recibe, sino por el servicio que presta a los demás. El fuerte a veces sufre, pero resiste; llora quizás, pero se bebe sus lágrimas.

En otra ocasión escribí que el hedonismo –en eso estamos– concibe la felicidad como una forma de analgesia. Lo importante es sentirse bien, no sufrir por nada ni por nadie, vivir amodorrados, aletargados; es decir, no vivir. Para esta mentalidad no habría diferencia substancial entre la beatitud de un hombre y la de la amiba, pongamos por caso.

¿Tienes un agobio? ¡Estupendo! Da gracias a Dios por no ser una garza imperial, sino un ser humano con capacidad para tener problemas, y con suficiente energía como para resolverlos y gozarte en la victoria.

No vuelvas la espalda. Afronta el agobio, rómpele el saque, destrózale sus defensas, golpéale donde le duela… Y ten paciencia, que también mañana habrá que luchar… “No os preocupéis por el mañana –dice el Señor–, porque el mañana traerá su propia preocupación.” A cada día le basta su agobio.

 

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