Nuestro mundo necesita mejores políticos, empresarios, científicos, artistas, profesores, médicos e ingenieros, y también mejores sacerdotes y religiosos.

La sociedad está en permanente transformación y las circunstancias hacen que esta necesidad sea más apremiante.  Por un lado, la compleja percepción social de la dimensión espiritual; por otro, la dramática disminución del número de personas que dedican su vida al estado religioso, explica -en alguna medida- la situación actual. Es evidente que cada vez son menos quienes sienten el deseo de ser sacerdote, religioso o religiosa.

¿Por qué antes sí y ahora no? ¿Son especie en extinción? ¿La sociedad ya no los necesita? ¿A los jóvenes de hoy no les van la oración y el servicio? ¿Dios se olvidó del hombre?

La vocación es la inclinación por un estado de vida o profesión, que puede manifestarse a lo largo de toda la vida; se construye de forma permanente e implica descubrir quién soy, cómo soy y hacia dónde quiero dirigir mi vida. En el caso de los sacerdotes y religiosos, es la inspiración con que Dios hace un llamamiento especial: “No sois vosotros los que me habéis elegido, sino yo el que os he elegido a vosotros”. (Jn. 15, 16).

Dentro del plan de Dios, hay distintos llamados o vocaciones en la libertad del amor, porque cada vida es vocación. San Juan Bosco, gran maestro, decía que: “Los que sienten en su corazón el deseo de abrazar este estado de perfección y de santidad, pueden creer que tal deseo viene del cielo porque es demasiado generoso y está por encima de los sentimientos de la naturaleza”.

Entre las alternativas vocacionales ha de estar la opción religiosa como una forma abierta de realización de los anhelos, intereses, gustos y aptitudes. Es una posibilidad de vida feliz.

Presentar esta alternativa es responsabilidad y misión de los colegios católicos, pero principalmente de las familias católicas de cuyo seno habrán de surgir nuevos y mejores sacerdotes, religiosos y religiosas que vivifiquen a la Iglesia y a la sociedad.

Esto lo sabía muy bien la Madre Trinidad, fundadora de las Esclavas de la Santísima Eucaristía y de la Madre de Dios, quien dedicó gran parte de su vida a fomentar esas vocaciones: “para hacer fecunda la misión altísima de acercar a Dios las almas inocentes de los niños, con abundantes frutos para todos”.

 

 

 

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