La depresión no es solo la enfermedad más extendida en nuestra civilización, sino que es su mal característico, advierte Tony Anatrella, jesuita francés, psicólogo social y psicólogo consultor de la Santa Sede, en el libro llamado “La Sociedad Depresiva”.

La civilización depresiva ha perdido la capacidad de celebrar la vida, el amor y los vínculos. Sus fiestas son solo una huida del aburrimiento.

A diferencia de los pueblos de antaño, que disfrutaban más porque sentían alegría por las cosas sencillas, en la medida en la que ha aumentado el nivel de vida, el confort y las posesiones, se ha producido un nuevo tipo de fiesta que no es una celebración de la vida sino una fiesta de evasión, de la que el hombre sale aburrido y abrumado para recluirse de nuevo en las cosas, sin encontrar ya la alegría en los vínculos.

Viktor Frankl decía que el hombre necesita tener un sentido último y cuando lo pierde, se dan los procesos psicológicos y neurológicos que lo sumergen en la depresión. Ya Platón y Aristóteles determinaron que la felicidad no está en las cosas, el dinero, el bienestar, el placer, la fama, el poder ni la gloria. Solo un bien de su misma naturaleza puede hacer feliz al ser humano, porque la felicidad se encuentra en el amor recíproco; no basta que ame a los demás si no es amado por ellos.

Esa red de vínculos que conforman la felicidad supone la existencia de la virtud, porque si las personas no son virtuosas, la amistad se corrompe por el egoísmo. Entonces, esa relación, lejos de convertirse en el origen de la felicidad, es fuente de explotación del egoísta o un pacto de intereses entre dos egoístas.

Aristóteles hizo todo un tratado para establecer que la virtud es necesaria para amar al otro sin egoísmo. Como Platón, dio mucha importancia a la templanza en el uso de los bienes y a la fortaleza ante los males. Ellos no sabían por qué la virtud del hombre se corrompe dando lugar a la Acedia (tristeza por el bien) que experimenta la persona incapaz de alegrarse por el bien principal: sus vínculos con los otros y con Dios.

Hemos ido perdiendo los vínculos interpersonales para instalarnos en una especie de autismo cultural, donde las personas valoran más a las cosas que a sus congéneres y tienen dificultad para relacionarse. Podemos ser muy hábiles en el manejo de la tecnología, pero tenemos menos comunión con los demás. Ese tipo de comunicación y forma de relacionarnos no establecen vínculos profundos.

Cuántas veces hemos escuchado la “Parábola del hijo pródigo”, en la que el hijo menor se aleja de la casa del padre porque no aprecia la vinculación con él, partiendo en busca de otros bienes que no son los principales. Su intento termina en un fracaso que lo hace volver aunque no se siente digno. El padre, que lo está esperando, le devuelve la confianza y reanuda el vínculo con él. En realidad, el hijo vuelve por necesidad. Todavía no es el amor del padre lo más importante en su corazón. Por su parte, el hijo mayor se enoja por los bienes dilapidados por el hermano, lo que significa que él no permanece allí por amor al padre sino por otros motivos; de otro modo se habría alegrado con la alegría del padre.

Esta parábola nos enseña que ninguno de los hijos tenía como bien principal el vínculo amoroso; ambos necesitaban de sanación porque ponían las cosas por delante del amor. Lo primero es amar al Padre –Dios– sobre todas las cosas y sin eso, todas las dichas terrenas no alcanzan para dar la felicidad al hombre.

Esa sabiduría elemental se ha perdido en esta cultura de la acedia, que se aparta cada vez más de Dios. No sabemos alegrarnos con el amor del Padre y con la condición de hijos; abandonamos la relación con Él para buscar la felicidad en otras cosas y en caminos que no llevan a la vinculación. Quizá muchos nos hemos quedado con el Padre, pero ¿estamos atesorando el vínculo filial paterno como lo esencial en nuestra vida o albergamos algunas imperfecciones en esa vinculación?

Dice Juan Pablo II que la paternidad de Dios encuentra una primera resistencia en el dato oscuro pero real del pecado original: esa duda que la serpiente inculca a Eva de que Dios es egoísta y no quiere darnos los bienes; esa desconfianza de la que nos habla el mito de Prometeo Encadenado, que tiene que robar a los dioses celosos el don del fuego. “Esta es la verdadera clave para interpretar la realidad de nuestra cultura: que el hombre tiene miedo de Dios, miedo a la religión y a la revelación de Dios; el pecado original no es solo la violación a una voluntad positiva de Dios, no es solo la desobediencia, sino la motivación detrás de la desobediencia, la desconfianza que tiende a abolir la paternidad de Dios”.

A esta cultura que no busca la felicidad en el amor a Dios y a los hermanos, el Papa Benedicto XVI le dice: “Dios es Amor, no tienes por qué temerle”. La caridad se realiza en la verdad revelada por Nuestro Señor Jesucristo: Dios es Padre, todos somos hermanos. Una fraternidad sin padre es una utopía revolucionaria que históricamente no condujo a nada ni logró hacer más fraterna una cultura descrita por algunos ideólogos como: “La relación entre los hombres es la dialéctica del amo y del esclavo: te domino o me dominas”; que establece entre las personas una relación de miedo o rivalidad, de oposición, lucha y predomino, y esto se proyecta hacia Dios. Esta cultura teme ser dominada por Dios, y se ha apartado –incluso intelectualmente– de la importancia del amor.

Dios es Amor y es capaz de cambiar nuestra vida desde ahora.
A Dios ya lo tenemos, pero hay mucho más que esperar de Él: la ciudad de Dios no se realiza plenamente ahora; se están uniendo en el cielo los que aquí han vivido la primacía del amor en su vida, los que han puesto por delante los vínculos y no las cosas, una ciudad de la que quedan excluidos quienes han puesto las cosas por delante de las personas y de los vínculos.

¿Qué es el infierno, sino la decisión de vivir alejado de Dios para la eternidad?

 

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