Cómo rayos nos llegó la fe a los mexicanos? ¿Cómo pudo arraigar el cristianismo precisamente en unas culturas que, no obstante su sentida religiosidad, albergaban prácticas tan alérgicas a la ley natural y a la fe como la antropofagia, un belicoso politeísmo cosmogónico o la poligamia y la sodomía? ¿Cómo ocurrió justamente después de la dramática conquista militar española? La fe empezó, “para nosotros”, hace casi 500 años. Fue la fecunda y divina labor de algunos hombres célebres, pocos, y otros muchos héroes anónimos que transmitieron a este rincón del orbe la buena noticia del Hombre-Dios.

La primera Misa en la América continental fue oficiada por Juan Díaz, acompañante en la expedición exploratoria de Cortés (1519). El capitán era ambicioso, pero deseaba con sinceridad llevar la fe al nuevo mundo. El Padre Olmedo, el otro sacerdote de la expedición y partidario de la libre conversión de los indios, atemperaba a Cortés cuando sufría sus locos arrebatos de descabezar tótems para extirpar la idolatría. Don Hernán, inquieto, solicitó a Carlos V en sus Cartas de relación que enviara monjes para evangelizar estas tierras cuanto antes.

En 1523 arribaron con enorme entusiasmo fray Pedro de Gante y dos compañeros más. Este laborioso franciscano orquestaría algunos años más adelante una escuela con más de 600 alumnos, donde los autóctonos aprendían oficios manuales para su sustento. Gracias a la Bula Alias felicis del Papa Adriano VI, los religiosos comenzarían la evangelización sistemática.

En 1924 pisaron las tierras de misión 12 franciscanos con evidente alegoría evangélica, capitaneados por fray Martín Luis de Valencia. Tan marcada era su consigna de pobreza, que al contemplar al desarrapado grupo, ciertos indios comentaban exaltados en náhuatl: “Motolinia, motolinia” (pobres, pobres). Fray Toribio Benavente, al descubrir que con tal expresión se “burlaban” de ellos, decidió acuñar el apodo para su persona, y con tal mote pasó a la historia este misionero e historiador. En 1526 llegaron los dominicos.

Los obstáculos se erguían imponentes. Algunos religiosos murieron por enfermedades y picaduras de insectos. La geografía era desconocida y las distancias, abrumadoras. Debían llegar al corazón de personas cuya depresión, tras ser aplastados en la guerra, estaba a flor de piel. Además, las lenguas de los receptores de su mensaje eran completamente desconocidas. Las conversiones indígenas venían a cuentagotas. Por si fuera poco, varios españoles –cristianos– hacían una contra labor por su doble vida: ya porque fueran despiadados o avaros, ya porque se amancebaran con diferentes indias, mientras los frailes intentaban trasmitir la monogamia.

Pero el árido horizonte se tornó en negros nubarrones cuando llegó tonante la Primera Audiencia, presidida por Nuño de Guzmán; quizá el más execrable gobernante de todo el periodo novohispano. Este tirano, voraz en sus deseos, era completamente ajeno no solo a la causa del Evangelio, también al bien común de sus nuevos gobernados. Permitió la esclavización de los indios y perpetró otras muchas tropelías. Paralelamente a la Primera Audiencia, Carlos V envió a fray Juan de Zumárraga con dos funciones, una espiritual y otra política: sería Obispo de la N. España y protector de los indios. Los encontronazos políticos entre Nuño de Guzmán y Zumárraga no tardaron en aparecer. Un ejemplo dramático ocurrió cuando uno de los frailes, en Misa dominical y a petición de Zumárraga, corrigió desde el púlpito la grave injusticia hispana de promover la trata de indígenas. Un subalterno de Nuño de Guzmán subió al púlpito a media homilía y tumbó al campanudo predicador, para escarmiento de la comunidad religiosa y de los novohispanos. Nuño mandaba azotar a los indios que descubría resguardándose bajo el sayal de Zumárraga. El Obispo intentó comunicar la situación espiritual y política de las nuevas tierras al monarca Carlos V, pero sus epístolas fueron siempre interceptadas.

Para colmo de males, los franciscanos y los dominicos comenzaron a pugnar entre sí por circunspecciones territoriales. Tan desesperada era la situación en todos los sentidos, que en una carta al monarca, Zumárraga se desahogaba: “Si Dios no provee con remedio de su mano, está la tierra a punto de perderse totalmente” (para la causa del Evangelio). Esa misiva pudo llegar a España gracias a que el Obispo contrató a un emisario especial, quien fundió en un pan de cera la carta y la introdujo en un barril flotante del barco, hasta que pasó el peligro de ser interceptada.

Pero más trascendental que las nuevas estrategias del rey fue la respuesta de Dios. En diciembre de 1531 apareció la Virgen de Guadalupe. Gracias a ella, los indios comprendieron que la predicación de aquellos rudos hombres barbados en torno al Dios encarnado era verdad. Si bien llegan a existir suspicacias que catalogan de mitológica la aparición o la reducen a ingeniosa técnica cristianizadora, lo cierto es que por meras razones humanas –máxime con las agudas circunstancias precedentes–, son inexplicables las conversiones masivas que a partir de ese acontecimiento proliferaron en aquellas culturas, aunadas a la paz social que les siguió. Antes reacios y melancólicos, los indios acudían ahora gozosos a recibir el bautismo. ¡Solo a partir de Guadalupe fue perceptible para ellos la belleza de la fe! Los indios pasaban de una religiosidad de muerte y terrible, a comprender que Dios es amor. Una paz inusitada inundaba su atormentado corazón, otrora pendiente de evitar el colapso del cosmos mediante bestiales sacrificios humanos. Las consecuencias humanizadoras de la fe fueron evidentes.

En 1533 arribaron los agustinos, pero es notable cómo solo a partir de Guadalupe, la evangelización sistemática de las tres órdenes mendicantes comenzó a florar espiritualmente. Tras las multitudinarias conversiones, exploraron mejor las culturas mexicanas, aprendieron sus lenguas autóctonas y confeccionaron catecismos con ese aprendizaje. Se administraron constantemente los sacramentos. Se enseñó la doctrina a los niños, quienes servían de intérpretes para evangelizar a la familia. Escribía el Obispo al emperador: “Sin los frailes intérpretes (conocedores de la lengua), somos falcones en muda”, pero “lo fueran los frailes sin los niños”, apostillaba Motolinía.

Se edificaron hermosos conventos fortaleza con su cruz atrial y sus capillas laterales, se pintaron bellísimos frescos con motivos evangélicos para transmitir la buena nueva a los iletrados, se escenificaron obras teatrales y se engendraron tradiciones: cantos corales, y más tarde, las posadas navideñas y el rompimiento de las piñatas (cuyos siete conos representan los 7 pecados capitales, mientras que los dulces representan la alegría de recibir la gracia sobrenatural para vencerlos). No faltaban anécdotas dramáticas, como el martirio de los niños tlaxcaltecas a mano de su padre pagano, y otras inquietantes, como la de fray “Caldera”, quien sin detenerse ante el limitante del idioma, ilustraba con “pedagogía persuasiva” las inconveniencias del pecado y el fuego eterno, echando a pobres perros al “mero” fuego temporal para espanto de todos.

Gracias a Guadalupe y a la labor de estos hombres, México es un bello ejemplo de inculturación de la fe (con algunos brotes sincréticos); un botón de muestra de cómo la universalidad de la fe puede prender en las más variadas culturas del orbe, potenciando sus bondades y purificando sus vicios. Es un deleite visitar la ruta de conventos fortaleza de Morelos, Tlaxcala y Michoacán.

Libros recomendables sobre la inculturación de la fe en el siglo XVI son los clásicos: “México tierra de volcanes”, del jesuita Schlarmann; “La conquista espiritual de México”, de R. Ricard, del FCE. Para el tema de la Virgen de Guadalupe, evidentemente el “Nican Mopohua”; de Eduardo Chávez, postulador de la causa de canonización de Juan Diego, “La verdad sobre Guadalupe”, ediciones Ruz; uno breve es “El espíritu de la evangelización”, de Santiago Martínez, Ediciones Populares; para ahondar, las crónicas franciscanas de Motolinía, “Historia de los indios en la N. E.”; de Mendieta “Monarquía indiana”, o la “Monarquía indiana”, de Torquemada; todas en Porrúa.

 

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