Al discutir sobre sexo, hagamos a un lado las etiquetas y regresemos a los hechos.

De acuerdo con el Centro de Control de Enfermedades de los Estados Unidos (CDC), “los HSH –Hombres que tienen Sexo con Hombres– representan aproximadamente el 2 % de la población, y el 61 % de las infecciones por VIH se dan en ese grupo”. ¿Por qué el CDC usa el término HSH? Porque las acciones hablan más claro que las palabras: El comportamiento es un mejor indicador o pronosticador del riesgo de enfermedad que los términos con los que se autoidentifican las personas.

Con la superabundancia verbal contemporánea corremos el riesgo de perder el contacto con el significado real de los hechos y los objetos. Si dijeran “hombres gay”, podríamos deslizarnos sin problema hacia nuestros prejuicios. Pero HSH es un “hecho”, no un adjetivo.

Para ser intelectualmente honestos, debemos capturar la verdad detrás de la interpretación y el prejuicio. Por ejemplo, algunas personas enmarcan el debate sobre los matrimonios del mismo sexo como un ataque a los valores tradicionales, orquestado por un lobby gay que intenta ganar la afirmación pública de su estilo de vida. Otros ven el mismo debate como un bulldozer homofóbico basado en convicciones religiosas que pisa los derechos humanos básicos de una minoría victimizada.

Los grupos que promueven los valores tradicionales rechazan el término “homofobia”, mientras que la “minoría victimizada” define la “homofobia” de manera demasiado general: para este grupo no existen argumentos racionales que puedan evaluar negativamente las orientaciones sexuales, por lo que consideran que cualquier afirmación que pueda ser interpretada como crítica, está derivada de prejuicios irracionales y respuestas emocionales.

• ¿Cómo encontrar la verdad? Prestando atención a las palabras que utilizamos. Un lenguaje tan cargado de emociones e intenciones es peligroso para los pensadores serios, por lo que es mejor no usarlo en absoluto. Porque entonces estaríamos lidiando con juicios, interpretaciones y etiquetas, no con la realidad.

• ¿Cómo se debe nombrar a la brutalidad de quienes abusan psicológica, verbal o físicamente de personas inocentes por causa de su orientación sexual?  Muchos usarían el término “homofobia”. Sin embargo, se aplica la misma etiqueta sobre una persona que simplemente piensa que no es bueno para los hombres tener sexo con hombres, o sobre alguien que cree, más allá de sus propias preferencias, que el matrimonio como institución no debe redefinirse para incluir a parejas del mismo sexo. El poder de esa sola palabra, “homofobia”, ha sido un arma significativa en el debate sobre el matrimonio homosexual.

La palabra fue inventada en los 60’s por el psicólogo George Weinberg para desafiar la visión imperante que definía la homosexualidad como un desorden psicológico. Weinberg logró voltear la forma de ver las cosas al inventar un término con la connotación psico-médica de una “fobia”, para luego argumentar que la hostilidad hacia la homosexualidad es un problema psico-social. Aunque la etiqueta “fobia” sugiere enfermedad mental, el propio Weinberg cae en la confusión al definir la “homofobia” como un “mero prejuicio” del cual debemos buscar los motivos subyacentes.

El profesor Gregory Herek argumenta que la invención de la palabra “homofobia” ha sido un hito, un parteaguas en el debate público, pues ha desempeñado dos importantes funciones:

1. Establecer en la mente de la sociedad heterosexual el supuesto central de que el problema de la homosexualidad no está en las personas homosexuales, sino en las heterosexuales que son intolerantes con los hombres gay y las mujeres lesbianas.

2. Cristalizar las experiencias de rechazo, hostilidad e invisibilidad que las personas homosexuales experimentaron hasta mediados del siglo XX.

Inventar una etiqueta que connote prejuicio y enfermedad empodera a la víctima para que esta sea capaz de identificarse y levantar la voz en contra de tantos comportamientos como pueda llegar a abarcar el término, según las interpretaciones que se le den.

Pero ¿es justo aplicar la misma etiqueta a quienes simplemente tienen diferentes creencias acerca de la naturaleza y la moralidad de la homosexualidad, pero que nunca pretenderían ridiculizar ni atacar a los homosexuales, que a aquellas personas que los agreden, ofenden o discriminan? Barrer parejo con el peyorativo “homofóbico” implica que cualquiera que llegue a una conclusión que entre en conflicto con la visión preestablecida de la homosexualidad, es culpable –hasta en grados remotos– de contribuir al clima que fomenta la violencia, la hostilidad y el rechazo.

Incluso criticar el uso del término “homofobia” es potencialmente homofóbico, porque le resta poder a esta etiqueta para describir e identificar instancias infinitas de prejuicio y enfermedad. Esta postura no permite separar de manera legítima los cuestionamientos éticos y filosóficos de las acciones y actitudes maliciosas.

Propongo una solución radical a esta confusión: Arranquemos las etiquetas y retornemos a los hechos. Después de todo, qué es la “homosexualidad” sino una palabra inventada hace mucho tiempo con el propósito expreso de hacer más fácil hablar de la realidad, pero que hoy en día puede definir cosas muy diferentes: un comportamiento, una idea, una interpretación, una ideología, un movimiento histórico, una bandera cultural…

Cuando una palabra distorsiona y confunde más de lo que transmite, no se gana nada con su uso. Sigamos el ejemplo de la CDC y utilicemos palabras que se ajusten a los hechos que deseamos describir. Si queremos referirnos a hombres que tienen sexo con hombres, digamos “hombres que tienen sexo con hombres”, en vez del convenientemente confuso término “homosexualidad”. Si queremos referirnos a mujeres que tienen sexo con mujeres, hagámoslo tal cual. Si nos referimos a la gente cruel, mezquina y malintencionada que se mofa, insulta, abusa o agrede a personas inocentes con cualquier excusa, habrá que describirlas como lo que son con todo detalle.

Esta es sin duda la mejor manera de evitar afiliaciones tribales y escollos interpretativos alrededor de este tema que parece haber cobrado vida propia. La simple disciplina de ajustarse a términos claros con significados transparentes, pueden salvarnos en una batalla cargada de confusión y emociones, librada por tantas personas como interpretaciones de la realidad pueden existir.

Hemos alcanzado un punto donde la terminología apunta hacia las identidades personales, las agendas socio-políticas y la manipulación de la cultura, más que a las acciones, los hechos y los objetos reales. No caigamos en la trampa semántica. No solo para evitar caer en argumentaciones desgastantes e inútiles, sino para eludir interpretaciones dañinas y falsas.

Compartir