“La familia, ese lugar en el que las personas son amadas, no por lo que tienen, saben o  hacen, sino simplemente por lo que son”

 Juan Pablo II

 

I. Misión educativa de los padres. Desde su concepción, cada persona está dotada de una dignidad divina por tener la imagen de su Creador (un alma espiritual), pero requiere de la ayuda de otros para lograr su plenitud. La misión de los padres es educar a sus hijos y ayudarlos en su proceso de perfeccionamiento. Cada ser humano es como un diamante en bruto: como tal, tiene un valor infinito pero requiere de la labor de otros, que pulen y tallan –principalmente de los padres– para lograr su brillo y esplendidez[2].

Otras instancias –la escuela, los clubs, la parroquia– pueden colaborar en esta labor educativa. Pero la educación nunca puede ser delegada en éstas ni su colaboración sustituye la labor de los padres, si el objetivo es el fulgor y hermosura de ese diamante que es cada hijo.

Como Dios creó al hombre por amor y para el amor, la principal misión de los padres es educar en el amor; enseñar a los hijos a amar, más que en el tener cosas o en hacer actividades.

 

II. En la escuela del amor. Realmente si alguien –un marciano, por ejemplo– no supiera qué es el futbol y se dispusiera a aprender, comprendería mejor de qué se trata si viera los goles de Maradona o los pases de Zidane, que leyendo una decena de libros de Valdano. De igual manera, la escuela en el amor óptima para los hijos, es el amor de sus padres entre sí. El primer paso en la educación es que los padres, pese a sus mil defectos, luchen por quererse cada vez más.

Son los padres quienes perfuman el ambiente hogareño con el bálsamo del cariño: esa sonrisa paciente dibujada en la convivencia diaria, incluso en las dificultades; esa respuesta amable; el ojo avizor que intuye las necesidades de los otros; aquella atinada reprensión nacida del amor; la esforzada labor cotidiana; en definitiva, ese amor sacrificado que nunca “será noticia en los periódicos”, ni será valorado en las leyes del mercado o del Estado, o en revistas de ciencia, pero constituye la médula dorsal en la edificación de la sociedad sana y se tendrá como perla preciosa en el corazón de los hijos, y ejemplo indeleble para su memoria.

Esto no significa que los padres sean perfectos o que al mirar el camino recorrido, no haya errores –incluso graves– en su vida prematrimonial o en la posterior. Sin embargo, el pecado, la caída, no es la última palabra en nuestra vida. Más importantes son “las levantadas” que deben seguir a cada caída, acompañadas del propósito de ir puliendo esos yerros, contando siempre con la ayuda que Dios brinda a través de la gracia. Los hijos también se dan cuenta si se lucha o no por superar los propios yerros.

III. La familia en una encrucijada. Esta hermosa misión pensada por Dios para los padres, con objeto de una feliz configuración de la humanidad, cuenta en esta época con sus desafíos propios. Es más o menos habitual que ahora ambos padres trabajen, que haya hoyos negros de tiempo perdido en el tráfico o leyes que prescriben el obligatorio transporte escolar. Ello implica que se escurra de las manos el tiempo dedicado a los hijos. Sin embargo, no debemos dejar que las circunstancias “nos coman” y den forma a nuestra vida, y menos aún que se estanquen en el pesimismo conformista.

En cualquier caso, el amor debe anteponer la familia al trabajo. El amor es imaginativo y sabe suplir con generosidad y creatividad para beneficio de los hijos. Se debe procurar pasar un rato más intenso con los hijos –de convivencia real–, un “tiempo de calidad”, más que de apoltronarse todos frente al televisor; no caben las engañosas excusas pensando que con unos pocos minutos “de calidad” se ejerce la labor paternal. La felicidad de los hijos requiere una buena inversión de tiempo, tanto de “calidad” como de “cantidad”.

Dos principios: 1. En la lucha por hacer compatible el binomio trabajo-familia, es preferible hurtar tiempo al trabajo que hurtarlo a los hijos. 2. Hoy por hoy, ambos padres deben colaborar en la edificación del hogar y del clima familiar. Este esfuerzo de los padres por orientar el propio proyecto familiar según la hermosa misión que Dios quiere para ellos, se llama Iglesia doméstica, y es un pilar insustituible del cristianismo.

 

Conviene un plan de acción de sugerencias concretas en pro de la educación familiar:

• Procurar crecer de manera individual, como personas: luchar por incorporar a nuestro ser las virtudes humanas, luchar contra nuestros defectos, poner los propios talentos en servicio de los demás, elevar la propia vida espiritual en el conocimiento y práctica de la fe.

• Mejorar la vida en pareja: ser mejores esposos, vencer la comodidad y el egoísmo, hacer un “nosotros” de los proyectos meramente personales; en definitiva, esforzarse por hacer feliz al cónyuge.

• Crecer como familia: poner el corazón para que la familia sea más armónica y unida, lo cual conlleva el sacrificio de pasar a veces por encima de los propios gustos.

• Meterle cabeza, analizar cada caso con estudiosidad: estudiar cómo se puede ayudar a cada hijo, repasar muchos libros (p. ej., aquellos que explican el desarrollo por edades y sexos, y los de temas clave, como los de educación de la afectividad y sexualidad), asistir a los cursos donde se puedan recibir estos conocimientos[3], conocer el ambiente que rodea a cada hijo, con sus beneficios y peligros, y dar seguimiento a sus amistades.

• No tener miedo a poner límites o a “contrariar” al hijo, sin que se dé tampoco una sobreprotección asfixiante que a la larga provoque un efecto paradójico.

• Influir en la sociedad: contagiar el espíritu de familia a otros matrimonios y familias. No callar cobardemente frente a los ataques, con leyes u otros medios, hacia la familia natural, so pena de un indiferentismo, “que hagan lo que quieran, son libres”, sabiendo que la libertad tiene por objeto el bien personal y el de la sociedad. No somos inmunes frente a la putrefacción social. La pasividad de los buenos horada más el bien común que la energía de las personas con malas iniciativas.

• Promover con otros matrimonios, iniciativas para robustecer a la familia, tanto a nivel cancha como público; crear proyectos para lograr iniciativas en políticas públicas que fortalezcan a la familia, sabiendo que ayudar a la familia es el único camino realista para lograr un rearme ético en la cultura occidental.