Las sensaciones que uno experimenta al visitar el Museo de Memoria y Tolerancia van de la incredulidad –ante el trato recibido por miles de seres humanos cuyo único crimen fue pensar o ser diferentes– al coraje –porque pudiéndose evitar no se hizo.

 

El genocidio conlleva la total pérdida de respeto por la ley natural y la dignidad ontológica del hombre, y está definido en la Carta de Creación de la ONU como:“Crimen que comprende cualquiera de los actos perpetrados con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso como tal; estos actos comprenden la matanza de miembros del grupo, lesión grave a la integridad física o mental de los miembros del grupo, sometimiento intencional del grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial, medidas destinadas a impedir nacimientos en el seno del grupo, traslado por la fuerza de niños del grupo a otro grupo”.

 

Atroces genocidios se han suscitado en épocas recientes: A finales de los años treinta, un carismático líder con ideas radicales y pocos escrúpulos llegó al poder en un país europeo industrializado y educado, pero desesperado por las condiciones impuestas por países vecinos al perder la I Guerra Mundial. Logró fragmentar a la sociedad con ideas racistas para aniquilar sin remordimiento a distintos grupos, como discapacitados, homosexuales, gitanos, judíos y todo aquel que se opusiera al mal que ahí se gestaba. Cuando el mundo, de forma tardía y negligente, puso un fin a las atrocidades, Hitler y su Alemania Nazi ya habían matado a cerca de ¡12 millones de personas!

 

En la pequeña nación africana de Ruanda, los dos grupos étnicos más importantes, Hutus (mayoritarios) y Tutsis (minoritarios, pero más influyentes), se exterminaron mutuamente durante 1994, muriendo cerca del 20% de la población. El problema se gestó desde la época colonial, cuando las grandes potencias europeas crearon un sistema de castas para controlar a la población. Solo a los tutsis se les permitía estudiar y pertenecer al ejército, lo que originó una bomba de tiempo que en 1960 explotó, causando que la mayoría hutu los expulsara del poder. Los tutsis se exiliaron en Uganda, pero regresaron para retomar el poder en 1990. La gota que derramó el vaso fue el asesinato del presidente Ruandés (hutu) en 1994, del que se culpó a los tutsis, lo que causó un genocidio que duró cien días, en el que murieron entre quinientos mil y un millón de personas. Los rebeldes tutsis tomaron la capital, causando masacres y éxodos entre la población hutu. Al final del conflicto –uno de los más cruentos de la historia, ya que las torturas y los asesinatos fueron realizados a palos o machetazos–, uno de cada tres ruandeses fue desplazado y el 90% de las mujeres mayores de 12 años fueron violadas. A pesar de que la ONU conocía el problema, solo mantuvo ahí una pequeña y mal abastecida fuerza de “peacekeepers”.

 

El pequeño pueblo de Srebrenica en Bosnia-Herzegovina fue testigo de la mayor masacre cometida en suelo europeo después de la II Guerra Mundial. La mayoría serbia culpaba de la desintegración de Yugoslavia a las etnias “traidoras”, por lo que en 1993, la ONU mandó ahí una pequeña fuerza holandesa de 450 soldados y declaró ese poblado y sus alrededores como una “zona segura”, en donde se refugió la amenazada etnia musulmana. Solo se permitía portar armas a los Cascos Azules de la ONU, de modo que la población quedó indefensa cuando al verse rodeada por el superior ejército serbio, el comandante de la guarnición de la ONU, el Coronel Thomas Karremans, rindió la zona segura a cambio de su libertad y la de sus hombres. Ello a pesar de que la ONU contaba con tropas cercanas, superior poder aéreo y el apoyo del mundo. Cerca de ocho mil musulmanes fueron obligados a cavar su propia tumba en el bosque.

 

Debemos mantener en la memoria estos hechos trágicos o estaremos destinados a que se repitan. La clave para romper este ciclo es la comprensión, la solidaridad y la tolerancia, entender que no siempre tenemos la razón y dejar de ver al prójimo como el culpable de todas nuestras desgracias.

 

 

“Para que el mal triunfe, solo es necesario que la gente de buena voluntad no haga nada
al respecto”.

Edmund Burke