Mucho se ha discutido de los efectos transformadores de la literatura.

Un estudio reciente de la Universidad de Ohio ha confirmado un hecho sorprendente: los libros sí pueden hacer que las cosas sucedan

Lo que en el papel es pura ficción, en determinadas situaciones puede provocar cambios apreciables en la vida de los lectores. Los investigadores acuñaron el término “toma de experiencias” (experience-taking) para describir el fenómeno por el que una persona puede sentir como propias las emociones, pensamientos y creencias de un personaje.

“La ‘toma de experiencias’ de un personaje puede modificar de forma significativa nuestro comportamiento y nuestra manera de pensar”, afirmó Lisa Libby, coautora del citado estudio y profesora asistente de Psicología en la Universidad de Ohio.

El hecho de que el lector perciba que un personaje es muy diferente a él, ya sea en raza, edad, sexo o circunstancias de vida, evita una auténtica “toma de experiencias”. En cambio, mientras más cosas en común perciba el lector que tiene con un personaje, más posibilidades hay de que se dé una “toma de experiencia”; esto puede afectar su percepción de tal modo, que incluso desarrolle actitudes favorables hacia un determinado grupo que comparta características con el personaje.

La “toma de experiencias” es distinta de la “toma de perspectiva” (perspective-taking), que ocurre cuando la persona intenta empatizar con otras sin perder de vista su propia identidad. “La ‘toma de experiencia’ es más inmersiva”, explica Libby, ya que en tu mente “te reemplazas a ti mismo con el otro”. Esto ocurre cuando la persona es capaz de olvidarse de sí misma, de su autoconcepto y de su propia identidad mientras está leyendo, lo cual puede llegar a afectar tu comportamiento durante un tiempo.

En un fascinante experimento, los investigadores encontraron que la mayoría de los estudiantes universitarios fueron incapaces de vivir una “toma de experiencias” mientras leían dentro de un cubículo donde hubiera un espejo.

Durante otro experimento, varios días antes de las últimas elecciones presidenciales en los Estados Unidos, se les pidió a 82 graduados que leyeran una de cuatro versiones de un cuento corto, acerca de un estudiante que lograba sobreponerse a una serie de obstáculos (averías de coche, lluvia, largas filas, etc.) en su camino a la casilla el día de la elección.

Tras leer la historia, los participantes completaron un cuestionario que medía el nivel de su “toma de experiencias”. Los resultados mostraron que los participantes que leyeron una narrativa en primera persona en la que el protagonista era un estudiante de su misma universidad, registraron el nivel más alto de “toma de experiencias”, y el 65% de este grupo se presentó a votar el día de la elección. En contraste, solo votó el 29% de los participantes que leyeron una narrativa en primera persona donde el protagonista era un estudiante de otra universidad.

Pero entonces, ¿la posibilidad de que algún lector viva una “toma de experiencias” de un personaje menos virtuoso sería motivo suficiente para censurar ciertos libros? ¿Sería posible que la psicopatía de Patrick Bateman —prototipo del yuppie de los años 80-90 que resulta ser un asesino en serie en el libro American Psycho— fuera contagiosa como sus censores temen?

Feroces argumentos se han levantado en Alemania en torno a la posibilidad de que el libro escrito por Adolf Hitler “Mi lucha” (“Mein Kampf”) haya tenido el poder de hacer que la diatriba se convirtiera en realidad, cuando los jóvenes lectores arios “tomaron la experiencia” del nefasto autor. Para estar más seguros, debería estipularse que la lectura de ese libro –y de algunos otros– se haga en cubículos con espejos muy grandes.