El título parece contradictorio, pero es que hay una diferencia entre miedo y temor. El miedo es una manifestación de nuestro instinto fundamental de conservación. Es la reacción ante una amenaza para nuestra vida, la respuesta a un verdadero o presunto peligro: desde el más grande, que es el de la muerte, hasta aquel que amenaza la tranquilidad, la incolumidad física o nuestro mundo afectivo.

Según se trate de peligros reales o imaginarios, se habla de miedos justificados y de miedos injustificados o patológicos. Como las enfermedades, los miedos pueden ser agudos o crónicos.

Los miedos agudos son determinados por una situación de peligro extraordinario, como estar a punto de ser atropellado por un coche o sentir que la tierra tiembla bajo los pies a causa de un terremoto. Estos sustos surgen sin previo aviso y desaparecen al terminar el peligro, dejando quizá un mal recuerdo.

Los miedos crónicos son los que conviven con nosotros y se convierten en parte de nuestro ser. Los llamamos complejos o fobias. Es importante liberarnos de todos estos miedos, entendiendo el carácter relativo, no absoluto, de los peligros que los provocan.

Hay algo de nosotros que nadie ni nada en el mundo puede quitarnos o dañar: para los creyentes, se trata del alma inmortal; para todos, el testimonio de la propia conciencia.

Algo muy diferente del miedo es el temor de Dios. El temor de Dios se aprende; por el contrario, el miedo no tiene necesidad de ser aprendido; la naturaleza se encarga de infundírnoslo.

El sentido del temor de Dios es diferente al miedo. Es un elemento de fe: nace de la conciencia de quién es Dios. Es el mismo sentimiento que se apodera de nosotros ante un espectáculo grandioso y solemne de la naturaleza.  Es el sentirnos pequeños ante algo que es inmensamente más grande que nosotros; es sorpresa y maravilla, mezcladas con admiración. Por ejemplo, ante el milagro del paralítico que se alza en pie y camina, puede leerse en el Evangelio: “El asombro se apoderó de todos, y glorificaban a Dios. Y llenos de temor, decían: ‘hoy hemos visto cosas increíbles’” (Lucas 5, 26). El temor, en este caso, es otro nombre de la maravilla, de la alabanza.

Este tipo de temor es compañero y aliado del amor: es el miedo de disgustar al amado que se puede ver en todo verdadero enamorado, en la experiencia humana. Con frecuencia es llamado “principio de la sabiduría”, pues lleva a tomar decisiones justas en la vida. ¡Es nada más y nada menos que uno de los siete dones del Espíritu Santo (cf. Isaías 11, 2)!

Como siempre, el Evangelio no solo ilumina nuestra fe, sino que nos ayuda a comprender la realidad cotidiana. Nuestra época ha sido definida como una época de angustia (W. H. Auden). El ansia –hija del miedo– se ha convertido en la enfermedad del siglo y es una de las causas principales de la multiplicación de los infartos. ¿Cómo explicar este hecho si hoy tenemos muchas más seguridades económicas, seguros de vida, medios para afrontar las enfermedades y atrasar la muerte?

El motivo es que ha disminuido o totalmente desaparecido en nuestra sociedad el santo temor de Dios. ¡Cuanto más disminuye, más crece el miedo de los hombres! Al olvidar a Dios, ponemos toda nuestra confianza en las cosas de aquí abajo, es decir, en esas cosas que el ladrón puede robar y la polilla carcomer (Cf. Lucas 12, 33). Cosas aleatorias que nos pueden faltar en cualquier momento, que el tiempo carcome inexorablemente. Cosas que todos queremos y que por este motivo desencadenan competencia y rivalidad (el famoso “deseo mimético” del que habla René Girard); cosas que hay que defender con los dientes y a veces con las armas en la mano.

La caída del temor de Dios, en vez de liberarnos de los miedos, nos ha impregnado de ellos. Basta ver lo que sucede en la relación entre los padres y los hijos en nuestra sociedad. ¡Los padres han abandonado el temor de Dios y los hijos han abandonado el temor de los padres! El temor de Dios tiene su reflejo y su equivalente en la tierra en el temor reverencial de los hijos por los padres. La Biblia asocia continuamente estos dos elementos. Pero el hecho de no tener temor alguno o respeto por los padres, ¿hace que sean más libres o seguros de sí los muchachos de hoy? Sabemos que no es así.

El camino para salir de la crisis es redescubrir la necesidad y la belleza del santo temor de Dios. La confianza en Dios es una compañera inseparable del temor. “¿No se venden dos pajarillos por un as? Pues bien, ni uno de ellos caerá en tierra sin el consentimiento de vuestro Padre. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis, pues; vosotros valéis más que muchos pajarillos”.

Dios no quiere provocarnos temor sino confianza. Justamente lo contrario de aquel emperador que decía: “Oderint dum metuant” (“¡Que me odien con tal de que me teman!”). Es lo que deberían hacer también los padres terrenos: no infundir miedo, sino confianza. De este modo se alimenta el respeto, la admiración y todo lo que implica el nombre de “santo temor”.

“No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna”. No debemos tener temor ni miedo de los hombres; de Dios debemos tener temor, pero no miedo.

 

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