El pintor surrealista Henri Magritte anticipó nuestra inmersión en el mundo virtual de Internet.

 

 

En 1929, el pintor surrealista belga René Magritte -conocido por cuestionar la relación entre un objeto pintado y uno real, así como por investigar la ambigua relación entre las palabras, las imágenes y los objetos que estas denotan- pintó una pipa que abajo dice: ‘Ceci n’est pas une pipe’ (Esto no es una pipa). Al respecto comentó: “La famosa pipa. ¡Cómo me reprochó la gente por ella! Y no obstante, ¿podrías fumarla? No, es solo una representación, ¿o no? Así que si hubiera escrito en mi pintura ‘Esto es una pipa’, hubiera mentido”.

El artista estableció un punto que aplica a la perfección en nuestra época: una computadora es solo una máquina con un dispositivo destinado a la representación visual de información que, sin embargo, tratamos como si fuera una extensión del mundo real, así como de los objetos y las personas que existen en este.

Como en el cuento infantil de Lewis Carroll “A través del espejo y lo que Alicia encontró allí”, mientras Alicia imagina cómo es el mundo al otro lado del espejo, se sorprende al comprobar que puede pasar a través de este y descubrir de primera mano lo que ahí ocurre, lo mismo hacemos nosotros en Internet. Creemos que lo que vemos en la pantalla es real, cuando la realidad es que solo son las funciones de un ordenador, permutaciones en un sustrato electrónico, reflexiones interactivas en un complejo espejo.

Una computadora no contiene letras; la apariencia de estas es reproducida según las instrucciones recibidas de servidores remotos que configuran la pantalla para que se vea sobre esta un texto aparente. Nada que ver con los trazos de figuras hechas con tinta u otro material sobre una superficie, lo cual implica una acción específica y unos objetos reales. Un ebook no es un texto, no hay nada escrito en él; es un inteligente e intrincado fantasma electrónico que solo existe en una función del dispositivo.

Puede sonar extraño, pero es importante notar la diferencia, igual que comprendemos que poder escuchar la voz de una persona en el teléfono no significa que esta viaje a través del cable, sino que el sonido se convirtió en un impulso eléctrico que al final se transformó de nuevo en ondas sonoras. Lo que escuchamos no es la voz real, sino una reproducción o imitación de esta. Para efectos prácticos, no meditamos en esta compleja realidad cada vez que hablamos por teléfono, confiando en que nada se pierde al pasar de “lo que es” a “lo que parece”.

Pero ¿qué sucede cuando algo sí se pierde? No en las tecnologías simples como el teléfono o la televisión, sino en el complejo mundo interactivo, aparente, virtual, que adorna la pantalla de nuestros dispositivos electrónicos. Lo que se pierde es la apropiada distinción de la realidad. La pantalla es un objeto tangible, no así los múltiples componentes que la coordinan, ni los archivos, videos, imágenes, juegos, objetos y personas que en ella aparecen. Cuando abres una ventana, no estás abriendo una ventana de verdad sino ejecutando una función.

Comprender esto es importante porque los humanos somos “seres” reales -no fantasmas, apariencias o representaciones- que necesitan objetos, relaciones y experiencias igualmente reales para vivir felices y sanos. Somos creaturas increíbles hechas para su completa inmersión en un mundo tangible y sensible. No estamos diseñados para mantenernos día tras día petrificados durante horas en una postura antinatural, con la vista clavada en una pantalla luminosa mientras nuestros ojos la escanean constantemente.

Computadoras, laptops, smartphones, tablets… todos esos dispositivos electrónicos son capaces de formar representaciones tan variadas y significativas que caemos en la trampa de tratarlas como si fueran de verdad. No solo terminamos gastando en ello largas horas, sino que nuestro sentido de la realidad es sutilmente modificado y minado.

La línea entre el mundo real y el virtual es a veces muy borrosa. Hemos adoptado el insidioso hábito mental de tratar a lo aparente como si fuera real. No vemos a nuestros dispositivos como instrumentos, sino como ventanas a un mundo desconocido, a tal punto que dejamos de relacionarnos “en persona” y preferimos hacerlo “en máquina”. Pero parafraseando al sexto patriarca del budismo zen: “no hay ninguna carpeta, no hay ninguna papelera de reciclaje, los objetos virtuales no tienen una existencia independiente; ¿qué es lo que vas a vaciar?”

De igual forma debemos preguntarnos si el tiempo que invertimos en las redes sociales nos sirve para hacer amigos de verdad o para coleccionar “contactos”.  Tal vez sea conveniente desconectarnos con frecuencia del mundo virtual para dedicar más tiempo a apreciar los objetos reales y convivir con personas de carne y hueso.

 

Extracto del artículo “This is not an article”, MercatorNet. El autor Zac Alstin trabaja en el Instituto Southern Cross Bioethics, en Adelaide, Australia.