¿Sabías que la principal causa del bullying es la envidia? Descubre la verdad sobre el pecado más tonto, triste y destructivo.

Ella estaba encantada con su vestido de graduación, hasta que descubrió que el de su amiga era más chic. A él le asombró muchísimo haber obtenido tan alta calificación. ¡Un 8 en lógica era algo formidable! Mas “el gozo se fue al pozo” al enterarse de que el compañero con el que había preparado el examen obtuvo 10.

Esto ocurre a todos los que padecen la manía de no disfrutar el bien propio por envidiar el ajeno. Hay quienes podrían ser felices si ignoraran que existen otros más dichosos.

La envidia es la tristeza por el bien ajeno. Es el pecado triste. Otras faltas, como robar, fornicar, etcétera, reportan algún provecho; mas la envidia es un pecado tonto, se comete sin placer y trae solo tortura.

No tolera el envidioso que haya alguien más alto que él en cualquier sentido, y se propone estirarse hasta alcanzar esa estatura. Entonces se toma mil trabajos innecesarios que lo extenúan, lo enferman. No tiene compasión de sí mismo. Mas si siente que su esfuerzo sería inútil y jamás podría superar la altura del otro, procurará por cualquier medio “achaparrar” a su competidor: lo obstaculizará, murmurará de él, le restará méritos, le hará cuanto daño esté en sus manos.

El que se fatiga solo por querer alzarse hasta la altura del otro, se aborrece a sí mismo, y quien se propone bajar al que está arriba, detesta al otro. Siempre odios. La envidia será la gran destructora porque no tiene entrañas de compasión, es el desamor universal. El psicólogo Adler descubrió que el afán de superioridad es un instinto de más profunda raigambre que el sexual. La Biblia lo confirma: el primer crimen fue motivado por celos: Caín mata a Abel porque le es insoportable su superioridad. Más atrás aún, Lucifer, el querubín supremamente dotado, encabeza la rebelión pues no resiste ser inferior ante el Altísimo. La envidia es la pasión de las pasiones.

El complejo de inferioridad consiste en la vaga sensación de impotencia que invade nuestra vida entera, no a causa del reconocimiento de nuestras limitaciones reales, sino de habernos comparado de muy niños con alguien que juzgamos superior y más apto.

No hay nada más amargo que estar conscientes de nuestras impotencias, por eso la virtud que enfrenta esta profunda verdad, la humildad, es la virtud más difícil. Tenemos que aceptarnos como somos y en vez de enfurecernos con nuestras limitaciones, tenernos paciencia y piedad. Hay que tratar de desarrollar al máximo nuestras facultades, mas no al máximo absoluto, sino a aquel que nos es posible, sin exigirnos cruelmente lo imposible. En eso consiste la humildad. El envidioso, por el contrario, no quiere ser el que es, no se gusta, se rechaza. La envidia es la admiración disfrazada. En el fondo, el envidioso quisiera ser como el envidiado, se odia por no serlo y odia al otro por ser quien es.

“Pero, ¿cómo quitarme la envidia si no está en mis manos impedir que me asalte la tristeza por el bien ajeno?”. Primero, reconciliándote contigo mismo, aceptándote como eres, dando gracias a Dios y gozando lo que tienes. Segundo, prohibiéndote compararte con nadie. Nuestra sociedad exaspera y explota en todos los órdenes esa pasión inicua de competencia y luego se asusta, mojigata, de que el odio reine entre los hombres y entre las naciones. En el teatro universal, todos tenemos un papel distinto y en él debemos ocuparnos. Mejor hagamos de nuestra actuación una obra maestra.

No se trata de superar a nadie, sino de superarse uno mismo. Ese sí es un deber: cada uno compare su yo real con su yo ideal: lo que es, con lo que debería ser, ¡Y deje al prójimo en paz!

 

No tengo por qué correr para ganarle a otro. Tal vez ese otro tenga mucha prisa, yo no, yo voy de paseo. No me entristece si alguien se me adelanta, no me alegro si a alguien dejo atrás.  Ni siquiera me doy cuenta.

 

Extracto del libro “Que mis palabras te acompañen”. Autora: Emma Godoy. Editorial: Debolsillo, Edición Especial.