Estamos cercanos a cumplir 500 años de un acontecimiento focal, narrado con vigor en los anales de la historia: La conquista ibérica de México, principio del verdadero dominio europeo en la América continental. Es el acaecimiento que ha configurado nuestra propia biografía y al que queremos dedicar algunos artículos.  En palabras de León Portilla, “El encuentro de dos mundos”. A diferencia de lo que ocurrió en América del norte con Inglaterra y Francia, donde la visión luterano-calvinista implicó que cepillaran a los indios y destruyeran su cultura, en México este encuentro fue una fusión existencial, cultural y religiosa, del que resultó algo tan exótico como nosotros, los mexicanos.

 

Me gustaría hablar ahora de Cortés, elemento crucial de esta nueva historia. ¿Quién fue en realidad este personaje?, ¿un temerario guerrero, un vehemente evangelizador, un astuto y avariento capitán, un tlatoani (personaje divino) para los autóctonos, un audaz empresario, un insubordinado vasallo? En realidad, todo eso. Los cronistas han dejado pintado en sus deliciosas narraciones a un personaje vivaz y extraordinario, contradictorio hasta el fin y siempre admirable.

 

Por Bernal Díaz del Castillo, el cronista popular y quizá más elocuente, sabemos que Cortés era un hombre muy sobrio, pues “aguaba el vino” para no embeodarse; simultáneamente era un jugador empedernido de naipes. Estudiante salmantino y sanguinario, que amaba por igual la lucha y la poesía. Como empresario, sus dotes fueron inmejorables: arribó paupérrimo a Cuba –incluso compartía indumentaria con dos amigos– pero después de unos años de acertar en sus negocios, pagó toda la millonaria expedición exploratoria a México –muchos empresarios sacarían grandes lecciones al leer su biografía–; y precisamente por eso, Velázquez, mezquino por definición, pensó en él como mano larga de su voluntad.

 

Por el cronista Gómara y por las letras que él mismo refirió a Carlos V, Cartas de Relación, conocemos su sentida religiosidad e ímpetu evangelizador: las jornadas principiaban con una Misa, hasta que se acabó el vino; rezaba y hacía rezar el Ángelus; castigaba bestialmente las blasfemias –todo parece indicar que es a él a quien debemos que en México no se haya replicado esa funesta costumbre lingüística española–; remedando al líder de astures don Pelayo, enarbolaba este estandarte: Amici, sequamur crucem, et si nos fidem habemus, vere in hoc signo vincemus (Amigo, sigamos la cruz y si tenemos fe, verdaderamente con este signo venceremos) y destruía beligerante la idolatría. Y sin embargo, era mujeriego y liviano hasta los tuétanos, lo cual le engendró al final de sus días líos testamentarios. Hijo de las categorías mentales de su tiempo medieval-renacentista, perseguía la fama eterna, ganaba almas para Dios y vasallos para su rey.

 

En cierta ocasión, aprovechando astutamente la mágica superstición de los tlaxcaltecas, quienes creían divinos a los caballos, trajo un fogoso ejemplar a su presencia y para mayor espanto de los indios, simuló conversar con él. Por otro lado, sus dotes de mando, don de gentes y gran persuasión, no tenían parangón. Supo acarrear para su causa aun a quienes parecían más reacios. Incluso conquistó diplomáticamente a Moctezuma; cosa que solo la espectacular imbecilidad de Pedro de Alvarado pudo resquebrajar con un ataque artero a los mexicas nobles, mientras Cortés salía al paso de Narváez. Para nuestra desgracia, la pacífica conquista política se tornó belicosa.

 

Ningún cronista, ni sus más férreos enemigos y críticos, le negaron gran valor. Bravo como el que más, algunas batallas fueron ganadas gracias a un acto solitario e intrépido de su capitán, como en Otumba, cuando después de la ahora llamada “noche triste”, sus derrotadas e indefensas huestes iban a ser rematadas por un ejército de miles de aliados mexicas que arremetían desde el monte, Cortés divisó al jefe de sus adversarios y, resuelto, galopó hasta él, lo quebró y el desconcierto paralizó a los indios, que –como por esquema mental dependían del líder– salieron huyendo. Con ese gesto admirable, Cortés logró tres cosas: salvó el pellejo de su ejército, recobró su prestigió ante los españoles y también su capacidad de negociación con los aliados tlaxcaltecas.

 

¿Qué hubiera pasado si Cortés, en lugar de expedicionar en Honduras, hubiese gobernado la primera audiencia de México con su gran ascendiente, en vez del patético y voraz Nuño de Guzmán?

 

En suma, Cortés es uno de esos personajes que por su ambivalente y contradictoria personalidad provocan animadversión invencible en unos y compleja admiración en otros. Amigo del matiz, prefiero comprender al enorme personaje antes que juzgarlo. Se pueden expresar muchos enfoques sobre Hernán Cortés, cuyos restos pueden visitarse en el primer hospital de la ciudad de México, San Felipe. El estudio comparado es una metodología necesaria, si se quiere hacer justicia al personaje.

 

El Hernán Cortés de Salvador Madariaga es una buena versión española; Cortés, inventor de México de Juan Miralles es una completísima versión mexicana. Ambos, además de ser anecdóticos y con una prosa exquisita, tienen un estudio comparado de los cronistas y un rico aparato crítico. Y para ser franco, la versión de Miralles, un historiador que lleva varios lustros estudiando al personaje, me pareció más completa y sabrosa. Por supuesto, las fuentes originales, tanto españolas como mexicas son siempre recomendables, especialmente Bernal Díaz del Castillo, con su Verdadera historia de la Conquista de la N.E., y el mismo Cortés, con sus Cartas de Relación, dirigidas a Carlos V, ambos libros publicados en Porrúa. Y para tener una Visión de los Vencidos está el texto de León Portilla. Para estudiar la visión inglesa, Krauze recomienda a Walter Prescott (del siglo XIX, también en Porrúa) y a un autor contemporáneo, Hugh Thomas, cuyo afán documentalista, pienso yo, resulta cansino hasta para un lector avezado.

 

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